Por Datos Históricos
La Habana.- Miguel Hernández no murió solo en una prisión. Murió sabiendo que, afuera, su esposa y su hijo apenas tenían pan y cebolla para sobrevivir.
Había luchado del lado republicano durante la Guerra Civil española. Al terminar la contienda intentó huir a Portugal, pero fue detenido. Primero fue condenado a muerte. Después le cambiaron la sentencia por treinta años de cárcel. No llegó a cumplirlos. La enfermedad, el encierro y el abandono acabaron con él en la prisión de Alicante, el 28 de marzo de 1942.
Tenía apenas 31 años. Pero lo más desgarrador no fue solo su final. Fue lo que ocurrió antes.
En cautiverio recibió una carta de su esposa, Josefina Manresa. En ella le contaba que solo tenía pan y cebolla para alimentarse junto a su pequeño hijo. De ese dolor nació Nanas de la cebolla, uno de los poemas más conmovedores de la lengua española.
No nació de la calma. Nació del hambre, de la impotencia y del amor de un padre que no podía abrazar a su hijo, pero todavía podía escribirle.
Por eso Miguel Hernández sigue conmoviendo tanto.
Porque no dejó solo versos.
Dejó una prueba de que incluso en la miseria más honda, todavía puede sobrevivir la ternura.
A veces la poesía no nace para embellecer la vida, sino para resistirla.
Y pocas veces eso quedó tan claro como en la voz de un hombre que, perdiéndolo casi todo, todavía encontró palabras para amar.
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