Por Oscar Durán
La Habana.- Un viernes santo en Cuba ya no tiene el silencio solemne de otros tiempos. La isla se levanta con el mismo peso de siempre: apagones, colas interminables y una sensación de cansancio colectivo que se respira en cada barrio. Mientras en otras partes del mundo la jornada invita a la reflexión religiosa, aquí muchos cubanos lo viven como otra estación del calvario cotidiano.
Algunos intentan aferrarse a la tradición. Van a la iglesia, encienden una vela o se sientan a escuchar la liturgia con un recogimiento que mezcla fe y resignación. Pero incluso en esos templos donde se habla de esperanza, la realidad se cuela por las puertas abiertas: la gente reza por un hijo que se fue del país, por un familiar enfermo o simplemente por poder comer con dignidad la próxima semana.
Otros pasan el viernes santo como pueden, resolviendo la supervivencia diaria. Hay quien se levanta temprano para hacer una cola por el pan, quien sale a inventar algún dinero o quien revisa el refrigerador esperando encontrar algo que alcance para el almuerzo. En una isla donde todo escasea, la espiritualidad muchas veces queda atrapada entre la necesidad y el agotamiento.
También está el cubano que se sienta en la puerta de su casa a conversar con los vecinos. Allí, entre historias y quejas, se repite la misma pregunta que ronda la cabeza de muchos: ¿cuánto más se puede resistir así? Cada día parece traer una noticia peor que la anterior, como si el país estuviera atrapado en una especie de viernes santo interminable.
Al final, lo que hace un cubano en viernes santo es lo mismo que hace el resto del año: resistir. Algunos lo hacen con fe, otros con humor y muchos con una mezcla de ambas cosas. Todos cargan, de una manera u otra, con una cruz que cada día parece un poco más pesada.
Aun así, al caer la noche, siguen esperando que después de tanto dolor llegue, alguna vez, la resurrección.
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