Italia, de la gloria a la ruina: Capello llora y la federación calla

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Por Yoyo Malagón ()

Madrid.- Señores, contengan el llanto, que Italia ha vuelto a hacerlo. O mejor dicho, no lo ha vuelto a hacer. Por tercera vez consecutiva. Tres. El país que inventó la defensa en bloque, que nos dio catenaccio, líbero y el mejor Mundial de la historia (1982, que conste), se ha quedado otra vez en casa mirando cómo otros se reparten el pastel.

Y Fabio Capello, que no es un cualquiera, ha soltado la artillería pesada con unas declaraciones que deberían escocerse en la mismísima Federación Italiana. «No he podido dormir en toda la noche», confesó. Y uno lo imagina, en pijama, dando vueltas en la cama, viendo pasar las eliminatorias por televisión como un hincha más. Italia, queridos, está de luto.

Lo de «tragedia deportiva» se le queda corto. Porque una cosa es que te elimine un gigante en los penaltis, que ya sería para matarse. Otra es que te mande a casa Bosnia-Herzegovina.

Bosnia, país con cuatro habitantes y medio campo de fútbol te empata en Sarajevo, te gana en penales y te deja con los crespones puestos. Y Capello, que no es de los que se muerden la lengua, sentencia: «Es de lo peor que le ha pasado al fútbol italiano en su historia reciente». Y ojo, que la historia reciente italiana tiene episodios para echarse a temblar, pero esto… esto ya es costumbre.

La Federación y el mal de fondo

El veterano técnico, que sabe de esto porque jugó con la Azurra de 1972 a 1976 y luego recorrió medio mundo, ha hecho lo que nadie en Italia se atreve: señalar con el dedo. «Aquí no dimite nadie, y eso es lo más preocupante. El primero que debería asumir responsabilidades es el presidente de la federación, junto a toda la cúpula directiva».

Y es verdad, porque la federación italiana tiene la habilidad de desaparecer después de cada fracaso como si fueran espectros. Nadie dimite, nadie explica, nadie pide perdón. Simplemente, se toman un café, cambian de traje y esperan a que llegue la próxima eliminatoria. Para perderla.

Lo peor no es el resultado. Lo peor es que nadie sabe cómo arreglarlo. Capello, que fue seleccionador de Inglaterra y Rusia, lo ha dicho claro: «Hay que sentar a expertos, analizar lo que está pasando y empezar una reconstrucción desde la base. El problema no es solo de resultados, es estructural».

Pero claro, para reconstruir desde la base, hace falta querer hacerlo. Y en Italia, la base está podrida. Las canteras no producen, los técnicos no se renuevan, los dirigentes viven de las rentas de un pasado que ya es prehistoria. Mientras tanto, en la Serie A, los equipos se llenan de extranjeros y los jóvenes italianos se pudren en los banquillos.

Gattuso y la necesidad de que alguien explique

Y luego está lo de Gattuso. El exfutbolista, aquel que se partía la cara en el campo, ha salido a decir que es «un desastre». Pero lo ha dicho con esa cara de póker que pone cuando ve que el partido se le escapa. Porque Gattuso, como muchos, mira a la federación y no ve a nadie.

Y tiene razón. La Federación Italiana de Fútbol, esa que debería liderar la reconstrucción, parece más preocupada por la próxima votación que por el desarrollo del juego. El resultado: un país futbolero, de esos que cuando gana se para el tráfico, ahora se queda en casa mirando el Mundial por la tele. Y encima pagando suscripciones para ver a otros.

Capello, que a sus 79 años sigue teniendo más claridad que todos los dirigentes juntos, ha dejado un mensaje para la esperanza. Aunque la esperanza, en Italia, es un artículo de lujo. «Va a ser muy difícil levantarse de esto», ha dicho. Y tiene razón. Pero ha añadido: «confío en que sirva para iniciar una verdadera renovación».

Ojalá. Pero mientras la federación siga siendo un club de notables, mientras los técnicos sigan siendo los mismos de siempre, mientras nadie dimita y nadie explique, Italia seguirá en esta noria de la vergüenza. El próximo Mundial, si no arreglan esto, será el cuarto. Y entonces, ni Capello con sus sueños podrá dormir. Porque Italia no está de luto. Italia, sencillamente, ha dejado de existir en el mapa del fútbol que importa. Y eso, queridos, es peor que un Mundial perdido. Es una generación perdida.

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