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El secreto de los puertos romanos: una reacción química que desafía al tiempo

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El hormigón marino romano es un ejemplo notable de la ingeniería avanzada de la antigua civilización romana que sigue sorprendiendo a los expertos.

La durabilidad de sus estructuras portuarias, como las de Ostia Antica, se debe a una reacción química única que ocurre entre la ceniza volcánica, la cal viva y el agua de mar.

Esta reacción genera cristales de tobermorita de aluminio y phillipsita que crecen dentro de las microfisuras del hormigón, sellándolas y reforzando la estructura con el tiempo.

La técnica de construcción romana incluía la mezcla en caliente de cal viva con ceniza volcánica, lo que generaba «clastos de cal» que permitían una reacción de autocuración constante.

Además, los ingenieros romanos utilizaban encofrados estancos de madera para verter la mezcla puzolánica, que fraguaba bajo el agua.

Aunque la magnetita es un mineral común en las arenas volcánicas y rocas ígneas utilizadas por los romanos, no hay evidencia científica que respalde su uso controlado para generar campos magnéticos que estabilicen partículas ferrosas.

En su lugar, la durabilidad del hormigón romano se debe a la formación de cristales raros que se fortalecen con el agua de mar.

El proyecto ROMACONS ha identificado los minerales clave responsables de la durabilidad del hormigón marítimo romano, que incluyen silicatos y zeolitas.

La comprensión de estas técnicas y materiales puede inspirar nuevas soluciones para la construcción moderna y la preservación de estructuras históricas, datadas en más de 2.000 años atrás. (Tomado de Historia y Civilizaciones del Mundo Antiguo)

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