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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Las ojeras de Miguel Díaz-Canel son ya un paisaje habitual en la televisión cubana. No son las ojeras de quien trasnochó por amor o por vicio, sino las del que ha perdido el sueño por el miedo. Flaco, demacrado, con la mirada cansada de quien ha dejado de creer en sus propias palabras, el presidente impuesto muestra en cada aparición pública el rostro de un hombre que sabe que el suelo tiembla bajo sus pies.
No es para menos. Está en el punto de mira de Donald Trump, ese león que ya ha devorado a Maduro y que ha prometido que el castrismo será el próximo en caer. Y mientras tanto, en La Habana, los rumores corren como pólvora: Raúl Castro y su familia, los que realmente mandan, estarían dispuestos a usarlo como moneda de cambio para negociar su propia salida con sus tesoros intactos.
El mayoral, como lo llaman en los corrillos del poder, sabe que es prescindible. Lo sabe porque lo ha visto todo antes. Vio cómo Fidel descartó a viejos camaradas cuando dejaron de ser útiles. Vio cómo Raúl marginó a ministros y generales que un día creyeron tener el futuro asegurado. Y ahora siente que le ha llegado el turno.
No es un militar, no es un hombre de armas, no tiene una base de poder propia. Es un funcionario que llegó a la cúspide por obra y gracia del anciano de 94 años, y ese anciano, por razones de supervivencia familiar, podría entregarlo sin pestañear. Las conversaciones con el entorno de Marco Rubio, que se filtran una y otra vez, no incluyen su nombre. El Cangrejo, el nieto de Raúl, es el que aparece en las fotos, el que negocia, el que recibe a los emisarios de Washington. Díaz-Canel es, en el mejor de los casos, un espectador. En el peor, el precio que los Castro están dispuestos a pagar por su impunidad.
Pero hay algo peor que la traición: la soledad. Díaz-Canel sabe que no puede confiar en nadie. No en sus ministros, que compiten por ser los primeros en saltar del barco. Ni en sus guardaespaldas, que rinden cuentas al Cangrejo. No en los generales, que ya han empezado a mirar hacia otro lado.
En este país de micrófonos ocultos y cámaras invisibles, hasta su propio colchón puede estar escuchando. Ha encontrado micrófonos en la ducha, ha visto cámaras que no deberían estar ahí, ha aprendido que en el palacio presidencial la intimidad es un lujo que no puede permitirse. Las conversaciones con su esposa, Lis Cuesta, han pasado de ser palabras susurradas a notas escritas en pequeños papeles que luego rompen y echan al inodoro. Así se gobierna Cuba hoy: con el miedo metido en los huesos.
El miedo, claro, no es nuevo en él. Díaz-Canel nunca ha sido un hombre valiente. En su juventud, cuando los estudiantes se enrolaban en cualquier pelea en las calles, él estaba en los despachos de la Unión de Jóvenes Comunistas, haciendo carrera, acumulando favores. Cuando otros arriesgaban, él calculaba.
Nunca fue de los que se mojan, de los que ponen el cuerpo, de los que enfrentan. Es un pusilánime, de esos que prometen morir de viejos en la cama, sin sobresaltos, sin heroísmos. Pero la historia, como los Castro, no consulta los deseos de sus marionetas. Y ahora, a los 66 años, ve cómo el final se acerca de una manera que nunca imaginó.
Los ejemplos están frescos en su memoria. Nicolás Maduro, el aliado que creyó tener el poder absoluto, fue sacado de su palacio por fuerzas especiales estadounidenses y ahora espera juicio en Nueva York. En Rumania, Nicolae Ceaușescu, el dictador que también creyó que el pueblo lo amaba, fue juzgado y fusilado en la Navidad de 1989.
Díaz-Canel mira esos espejos y no le gusta lo que ve. Sabe que en la cúpula hay quienes ya han empezado a preparar su futuro sin él. Sabe que los militares, esos que siempre han sido el verdadero poder en Cuba, están buscando acomodo en la nueva era. Y sabe que si mañana Trump decide que es el momento, no habrá quien lo defienda.
Por eso sus ojeras. Por eso su mirada agotada. Y por eso ese gesto de quien ya no cree en lo que dice, pero sigue diciéndolo porque es lo único que sabe hacer. El mayoral, el administrador de la ruina, el funcionario que soñó con una jubilación tranquila, ha descubierto que el poder que creyó tener era solo un préstamo. Y los dueños del préstamo, los Castro, están a punto de cobrarlo.
En las fotos que guardan de las reuniones secretas, él no aparece. En las negociaciones con Washington, su nombre no se menciona. Y en los planes de futuro de la familia -de la familia Castro-, no hay un lugar para él.
Mientras tanto, sus ojeras se hacen más profundas, su mirada más perdida, su silencio más elocuente. Porque al final, en este país de lealtades frágiles y traiciones calculadas, el mayoral ha entendido lo que muchos antes que él: que en el castrismo, los peones se usan mientras sirven. Y después, se descartan. Como siempre. Como siempre será.