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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Uno pensaría que cuando en Cuba se apagan las luces, se apagan para todos. Pero resulta que no. Resulta que hay quienes siguen viendo claro, muy clarito, porque el gobierno tiene el detalle de alojarlos en hoteles donde los generadores rugen como si no hubiera un mañana. Mientras el resto del país aprende a cenar a oscuras -si encuentra con qué-, los invitados de lujo gozan del privilegio de no enterarse del apagón. Así funciona la solidaridad en la isla: de pupilo levantado y nevera enchufada.
Y hablando de solidaridad, vaya fauna se ha dado cita en La Habana. Gente que viene a respaldar al gobierno, pero al gobierno, no al pueblo. Porque al pueblo, con tres horas de luz y la paciencia hecha jirones, nadie les ha preguntado si está de acuerdo con tanto discurso vacío mientras los niños se acuestan sin ventilador. Pero claro, si vienes a apoyar a los que mandan, te dan corriente y te sientan en la mesa buena. Es el precio de la coherencia: la tuya, que no la nuestra.

El exvicepresidente español Pablo Iglesias, por ejemplo, ha hecho de las suyas. Viene a la isla, posa con la banderita, habla de dignidad y se aloja donde el único corte de luz es el del pelo. ¿No será que la Revolución tiene dos caras, una para los de fuera que aplauden y otra para los de dentro que aguantan? Porque no es lo mismo ser solidario desde un hotel cinco estrellas que ser solidario desde un barrio donde la comida se pudre en la nevera muerta.
Hay que tener mucha jeta para predicar resistencia desde el colchón de espuma viscoelástica mientras el pueblo la resiste de verdad, con el sudor pegado al cuerpo y el termómetro por las nubes. Pero así es la izquierda caviar, tan fotogénica como inconsciente. Vienen a dar lecciones de moral revolucionaria sin pasar una sola noche a oscuras. Y el gobierno, tan contento, les pone la alfombra roja mientras la alfombra eléctrica se la llevaron hace meses.

Uno se pregunta: ¿qué clase de solidaridad es esa que no comparte el sacrificio? ¿Qué tipo de invitado acepta ser tratado como príncipe mientras sus anfitriones dejan al resto del país a la intemperie? Porque si realmente vinieran a apoyar al pueblo, lo primero que harían sería negarse a entrar en un hotel con luz donde el pueblo no puede ni entrar. Pero el gesto, se sabe, es lo de menos. Lo importante es la foto, la declaración, el titular.
Al final, el gobierno cubano y sus visitantes solidarios se parecen más de lo que creen: los unos mantienen el lujo para unos pocos mientras apagan la luz de todos; los otros disfrutan del lujo mientras dicen defender a todos. Una pareja perfecta. La doble moral, esa que tanto critican cuando la ven en otros, aquí la ejercen con pasión cubana. Y mientras tanto, en los barrios, la gente sigue esperando que alguien, por fin, les devuelva el interruptor.