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Por Fernando Martín

La Habana.- Si a Silvio Rodríguez le dieron una AKM, entonces aquí hay que empezar a repartir fusiles como si fueran panes en la última cena. ¿Dije panes? En un país donde no hay ni pan, ni aceite, ni dignidad, lo más lógico es armar a los fieles del sistema. Esa es la Cuba de hoy: una isla que se cae a pedazos, pero que todavía tiene tiempo para montar el show de siempre, el circo ideológico donde los privilegiados reciben símbolos de poder mientras el pueblo hace colas interminables para sobrevivir.

La escena es grotesca. Un trovador, ícono del discurso oficialista, recibiendo un arma de guerra como si fuera un reconocimiento cultural. ¿Qué sigue? ¿Un tanque de guerra para Raúl Torres? ¿Mejor por qué no nos dan un poco de comida para defendernos del hambre? Aquí el enemigo no es externo, no es una invasión, no es una amenaza militar. El enemigo es interno, y se llama miseria, abandono y cinismo institucionalizado.

Entonces uno se pregunta, con toda la mala leche del mundo: ¿por qué él sí y yo no? Si la lógica es armar al “comprometido”, al “revolucionario”, entonces hay millones de cubanos que deberían estar en la lista. O mejor dicho, si de verdad esto fuera un país serio, nadie debería estar recibiendo un AKM mientras los hospitales no tienen ni jeringuillas. Pero Cuba nunca ha sido un país serio; ha sido un teatro, y los actores principales siempre tienen privilegios.

Lo más indignante no es el arma en sí, es lo que representa. Es la desconexión total entre la élite y la realidad. Es el mensaje subliminal de que hay ciudadanos de primera y de quinta. Es la confirmación de que el sistema premia la lealtad ciega mientras castiga el pensamiento crítico. Al que protesta, al que reclama, al que se cansa, a ese no le dan un fusil: a ese le dan una celda.

Y así seguimos, viendo titulares absurdos mientras el país se desmorona en cámara lenta. Algunos aplauden, otros se indignan, y la mayoría simplemente sobrevive. Que quede claro algo: en una nación donde un artista recibe un arma y un niño no tiene leche, el problema no es el fusil. El problema es todo lo demás. Y eso, por desgracia, no lo resuelve ni un AKM ni mil canciones.

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