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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- En Cuba, desde hace días, sacar dinero del banco se ha convertido en una odisea kafkiana. La norma no escrita, pero férreamente aplicada en muchos lugares del país, dice que por persona solo se entregan 500 pesos cubanos. Quinientos pesos. Menos de un dólar al cambio informal de la calle. Con eso no compras ni un cartón de huevos, ni un litro de leche, ni un paquete de galletas. Pero es lo que hay.
El sistema bancario cubano, ese mismo que el gobierno nos vendió como la panacea de la modernidad, ha decidido que los ciudadanos solo pueden acceder a una miseria de su propio dinero. Mientras tanto, en la calle, todos los que venden algo exigen efectivo. Porque la transferencia, ese invento de la llamada digitalización, no la acepta ni el que vende galletas caseras. O ese menos que todos.
Lo más sangrante del asunto es que la cosa no es pareja. Los jubilados, esos que han dado su vida trabajando y ahora reciben una pensión que da pena, tienen un trato diferente. A ellos, de un solo golpe, les entregan los tres o cuatro mil pesos de su mísera jubilación.
Claro, es una cantidad tan ridícula que ni siquiera merece ser racionada. Pero para el resto, para el cubano de a pie que tiene sus ahorros en el banco porque no le queda otra, la cosa es distinta. Quinientos pesos y a esperar otro día, otra semana. Otra quincena. Otro mes. A ver si así, con esa asfixia lenta, el gobierno consigue que la gente gaste por transferencia, que todo quede registrado, que el control sea total.

Y luego están los privilegiados, los que siempre encuentran la manera de saltarse las reglas. Los dueños de mipymes, esos que tienen contactos, que pagan por debajo del techo a los directivos bancarios o simplemente engrasan la mano del cajero de turno, sacan la cantidad que les da la gana.
NO es un invento mío, me lo dijo una trabajadora del Banco Metropolitano de Marianao, harta, harta de ver cómo su jefe les da instrucciones: «a estos sí, a estos no». Y mientras tanto, la gente hace cola bajo el sol, bajo la lluvia, bajo la impotencia, para recibir sus quinientos pesos y escuchar la misma frase de siempre: «no hay más, vuelva mañana».
La digitalización, esa palabra bonita que el gobierno usa para vendernos la moto, no ha sido más que una cortina de humo para esconder la falta de efectivo. El problema, que antes era del Banco Central, que no imprimía billetes porque no tenía cómo, que no distribuía, que no planificaba, ahora es nuestro. Porque el dinero está en la cuenta, sí, pero no se puede tocar.
Está ahí, en una nube digital, inaccesible, burlándose de nosotros. El gobierno se lavó las manos. «Nosotros te lo pusimos en el teléfono, ahora resuélve». Y así, la gente se las ingenia como puede, pagando comisiones, haciendo trueques, endeudándose, porque el efectivo, ese papel que parece devaluado, es el único que vale en la calle.
Las colas en los bancos son el nuevo paisaje urbano. Caras de angustia, de desesperación, de rabia contenida. Madres que necesitan pagar el transporte, padres que tienen que comprar la comida, ancianos que no entienden de códigos QR ni de transferencias.
Todos esperando su turno para escuchar que no, que hoy no hay. Y mientras tanto, los gerentes, los directivos, los que tienen contactos, pasan por la puerta de servicio y sacan fajos de billetes como si nada. Porque en este país, las reglas son para los de a pie. Para los que no tenemos un amigo en el banco, un conocido en el gobierno, una coima que ofrecer.
Al final, la digitalización no ha sido más que una excusa para controlar, para asfixiar, para humillar. El gobierno nos dijo que era modernidad, que era progreso, que era el futuro. Y lo que nos dieron fue un sistema donde tienes dinero pero no puedes tocarlo, donde el efectivo es un lujo, donde las colas son eternas y las explicaciones, inexistentes.
La pregunta es simple: ¿de qué sirve tener plata en el banco si no puedes sacarla? La respuesta, también simple: de nada. Absolutamente de nada. Pero en Cuba, hasta la nada hay que agradecerla.