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Por Yeison Derulo
Morón.- Miguel Díaz-Canel apareció en redes sociales para dar lecciones de civismo después de lo ocurrido en Morón. Con tono solemne explicó que entiende el malestar del pueblo por los apagones, pero que la violencia y el vandalismo no serán tolerados. Hasta ahí, la muela de siempre: el gobierno reconoce el problema, culpa al “bloqueo energético” y advierte que la paciencia del poder tiene límites. Lo curioso es que estas declaraciones salen de la boca de un sistema político que nació, precisamente, de la violencia.
Cuando uno revisa la historia oficial de la revolución cubana aparecen personajes como Frank País, elevado hoy a la categoría de héroe nacional. País dirigía el llamado movimiento de Acción y Sabotaje, una estructura que colocaba bombas, organizaba sabotajes y promovía acciones violentas contra Fulgencio Batista. Para la narrativa revolucionaria aquello fue valentía, sacrificio y lucha patriótica. Para cualquier manual de orden público, sin embargo, era exactamente lo que hoy el gobierno llama vandalismo.
Ahí es donde aparece la gran contradicción. Cuando la violencia servía para tumbar a Fulgencio Batista era un acto heroico; cuando surge del desespero de un pueblo que lleva años viviendo entre apagones, hambre y promesas incumplidas, entonces se convierte en delito imperdonable. La historia, al parecer, cambia de significado dependiendo de quién tenga el poder en ese momento.
Nadie con dos dedos de frente puede defender la destrucción gratuita o el caos en las calles, pero tampoco se puede ignorar el contexto que empuja a la gente a ese punto de desesperación. Un país donde faltan alimentos, donde la electricidad se va durante horas interminables y donde las autoridades responden siempre con discursos y amenazas, termina acumulando una presión social que tarde o temprano explota.
Por eso las palabras de Díaz-Canel suenan tan huecas. La revolución que hoy gobierna se construyó sobre acciones que en cualquier otro contexto serían calificadas como sabotaje y violencia política.
Ahora, cuando el descontento toca a su propia puerta, pretende imponer una moral distinta: la de los que ayer pusieron bombas y hoy se escandalizan cuando alguien golpea una cacerola en la calle.