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Las tuberías del Gerald Ford

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Por Datos Históricos

La Habana.- 2017. La marina de Estados Unidos botó el portaaviones más avanzado de su historia. Un gigante de acero de más de 330 metros de largo, capaz de transportar decenas de aviones de combate y a más de 4.600 tripulantes. Su nombre: el USS Gerald R. Ford (CVN‑78).

Costó alrededor de 13.000 millones de dólares y representa la nueva generación de poder naval de la United States Navy. Tiene radares avanzados, sistemas electromagnéticos para lanzar aviones y reactores nucleares capaces de alimentar la nave durante décadas.

Pero hay un detalle inesperado. Uno muy humano. Los baños.

Durante una misión en el Mediterráneo, el gigantesco portaaviones tuvo que detenerse cerca de Creta por un problema sorprendentemente simple: el sistema de alcantarillado se bloqueaba con frecuencia.

Con miles de personas viviendo a bordo, la cantidad diaria de residuos es enorme. Cuando las tuberías se obstruyen, partes enteras del barco pueden quedar fuera de servicio.

Desbloquear el sistema no es tan sencillo como parece. Según fuentes navales, cada operación puede costar hasta 400.000 dólares, porque requiere técnicos especializados, herramientas específicas y detener temporalmente ciertas áreas del buque.

El problema no fue un incidente aislado. El USS Gerald R. Ford ya había sufrido retrasos y dificultades técnicas en distintos sistemas desde su entrada en servicio, algo relativamente común en plataformas militares completamente nuevas.

Sin embargo, este caso llamó la atención por la ironía. Un portaaviones diseñado para dominar los océanos… afectado por algo tan básico como las tuberías.

Los ingenieros explicaron que el sistema de bombas y tuberías se diseñó con estándares que terminaron siendo insuficientes para el número real de tripulantes y el uso intensivo diario.

Solucionarlo requiere modificaciones complejas dentro de un barco que funciona como una pequeña ciudad flotante.

Aun así, el Ford sigue siendo una de las plataformas militares más avanzadas jamás construidas, pero este episodio dejó una lección curiosa. Incluso las máquinas más sofisticadas del planeta —capaces de lanzar aviones a cientos de kilómetros por hora— siguen dependiendo de algo muy simple: que el agua corra.

Y que las tuberías… no se tapen.

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