Comparte esta noticia

Por Omar Pérez

San Juan.- Cuando Yoan Moncada se paró frente a los micrófonos en Puerto Rico y dijo que es libre, la frase sonó bien, incluso elegante para una conferencia de prensa. Pero la libertad, si se habla de Cuba, casi siempre viene acompañada de una historia incómoda.

Moncada no llegó a las Grandes Ligas por la puerta de la normalidad. Tuvo que escapar de la isla para poder jugar en el mejor béisbol del mundo. Y ese simple acto —buscar su futuro— fue suficiente para que su nombre desapareciera de los medios oficiales como si nunca hubiese existido.

En su natal Cienfuegos ocurrió lo mismo que ha pasado con decenas de peloteros cubanos que decidieron tomar otro camino. El silencio. La censura. Durante años, pronunciar el nombre de Moncada en la prensa oficial era casi un pecado ideológico.

Los mismos periódicos que hoy celebran su presencia en el Clásico Mundial evitaron mencionarlo mientras brillaba en las Grandes Ligas. Para el aparato propagandístico del régimen, Moncada era entonces un desertor, una palabra que en Cuba se usa como etiqueta para borrar trayectorias completas.

Pero el tiempo pasa y, cuando conviene, la memoria oficial se vuelve increíblemente flexible. De pronto, el pelotero que estuvo borrado de los titulares aparece como figura central del equipo nacional. Los mismos que lo ignoraron ahora lo presentan como símbolo de orgullo deportivo. Es el tipo de giro que en Cuba no sorprende a nadie: primero te condenan al silencio y luego te convierten en bandera cuando la situación lo exige.

Ahí es donde entra el oportunismo de siempre. Pavel Otero, por ejemplo, no dudó en catalogar a Moncada como el líder del equipo Cuba que participa en el Clásico Mundial. La frase, más que un elogio deportivo, parece un ejercicio de conveniencia política. Hablar hoy de liderazgo resulta fácil cuando durante años se evitó mencionar siquiera el nombre del pelotero.

Por eso la libertad de la que habla Moncada tiene algo de paradoja. Es libre, sí, porque pudo construir su carrera lejos de las limitaciones de la isla. También es un recordatorio de cómo funciona la narrativa oficial cubana: primero te borran y después te recuperan cuando conviene.

En ese juego de silencios y celebraciones tardías, el béisbol termina siendo solo una excusa para revelar algo mucho más profundo: la facilidad con la que el poder decide quién existe y quién no dentro de la historia del deporte cubano.

Deja un comentario