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Por Alice Freeman (Abogada)
Miami.- Hay una grabación de unos doce minutos. En ella, un hombre con uniforme verde olivo habla sin titubeos sobre cómo se ordenó derribar dos avionetas en 1996. Cuenta detalles, nombres, momentos. Ese hombre es Raúl Castro. Y lo que dice en esa cinta no es una hipótesis ni una posibilidad: es la descripción de una cadena de mando que terminó con cuatro pilotos muertos en el estrecho de la Florida.
La fiscalía de Florida ha reabierto el caso. James Uthmeier, el fiscal general del estado, lo anunció esta semana con una frase que no admite medias tintas: «Cuando haya agravios contra ciudadanos de Florida, tanto bajo leyes estatales como federales, los responsables deben rendir cuentas». Son treinta años después. Pero en asuntos de asesinato, el tiempo no es un salvoconducto.
El derecho estadounidense tiene una figura que siempre ha fascinado a los guionistas de series y a los abogados penalistas: la extradición forzosa no necesita tratado cuando se trata de crímenes de sangre contra ciudadanos americanos en aguas internacionales.
Hay precedentes, sí. El más conocido es el de Humberto Álvarez-Machain, el médico mexicano secuestrado por la DEA en 1990 para ser juzgado en Estados Unidos por la muerte de un agente. La Corte Suprema lo permitió. Dijo que un tratado de extradición no es la única vía.
Uno se imagina la escena. No es una ucronía: es un proceso que ya ha comenzado con una confesión grabada como prueba. El abogado Erick Cruz lo dijo claro: «La grabación se puede usar, es testimonio, es prueba real». Lo que antes era una sospecha sostenida por familias y exiliados, ahora tiene la forma de un archivo de audio donde la voz del acusado narra el crimen. No hay mejor prueba que esa.
La comunidad cubana en Miami ha esperado tres décadas. Marcel Felipe, del Museo Americano de la Diáspora Cubana, habló con Uthmeier la semana pasada sobre la viabilidad de encausar a Castro. El fiscal se mostró interesado. Y este miércoles llegaron los primeros resultados: la investigación reabierta, el expediente otra vez sobre la mesa. No es poca cosa en un estado donde la política hacia Cuba ha oscilado entre el olvido y la presión.
Lo que ocurre ahora es que el tiempo y la justicia se han puesto de acuerdo. La grabación existe. Las víctimas tenían nombre: Armando Alejandre Jr., Carlos Costa, Mario de la Peña, Pablo Morales. Y Raúl Castro, aquel hombre de verde que habló sin saber que sus palabras viajarían treinta años para sentarse delante de un fiscal, sigue ahí, en la isla, esperando quizá que el mundo olvide. Pero el mundo, a veces, tiene mala memoria para olvidar.