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Por Anette Espinosa ()
La habana.- Si algo prueba la separación del arquitecto Abel Tablada de la Torre como profesor de la CUJAE es que el régimen cubano no tolera ni la crítica más mesurada, ni siquiera cuando viene de quien viene. Porque Abel no es, ni de lejos, el crítico más feroz del castrismo.
Tablada no está en las listas de presos políticos, no ha encabezado protestas, no ha llamado a la desobediencia civil. Es un hombre que ha opinado desde la mesura, desde el respeto, desde el tono de quien todavía cree que se puede dialogar con el poder. Y aún así, lo han sacado del aula. El mensaje es claro: aquí no se permite pensar. Ni un poquito.
La familia de Abel es, por decirlo suavemente, incómoda para cualquier represalia. Su hermana, Johana Tablada, es viceministra del Minrex y una de las voces más duras del régimen en defensa de la dictadura. El espos de ella fue nombrado recientemente embajador en México, en una misión que los analistas definen como «de contención» para asegurar los flujos de petróleo que mantienen a flote al castrismo tras la caída de Maduro.
Su madre, Margarita de la Torre, fue durante décadas profesora de psicología en la Universidad de La Habana. Su padrastro, Manuel Calviño, es un viejo conocido de la televisión cubana, con un programa donde Marx nunca faltó a la cita. Y aún así, a Abel lo separan de las aulas.
Encima de eso, Abel es gay. Pertenece a ese grupo que el gobierno dice proteger, al que presume de incluir, al que llena de discursos en los eventos del ICRT mientras la realidad es otra. Pero cuando uno de los suyos se atreve a discrepar, la «protección» se esfuma y aparece la mano dura. Porque la diversidad sexual es un adorno para las tarimas internacionales, no un derecho que se respete en la vida real. Abel lo ha comprobado en carne propia.
El mensaje del régimen no podría ser más claro: no importa quién seas, no importa cuán cerca esté tu familia del poder, no importa si tu hermana es viceministra o si tu padrastro tiene un programa en la televisión nacional. Si críticas, te separan. Si opinas, te marginan. El círculo de confianza no existe. Solo existe el poder, y el poder no admite ni la más mínima desviación de la línea. Sandro Castro, el nieto consentido de Fidel y Dalia Soto del Valle, puede darse el lujo de burlarse del sistema porque lleva el apellido que abre todas las puertas. Para el resto, para los mortales, la regla es el silencio.
Lo que le ha pasado a Abel Tablada no es un caso aislado. Es un aviso para todos los docentes de Cuba, para todos los que todavía creen que se puede ejercer la crítica desde la academia, desde la mesura, desde el amor a la patria. No se puede. La dictadura no entiende de matices. No entiende de revolucionarios de familia ni de víctimas del sistema que todavía confían en cambiarlo desde dentro. Solo entiende de control, de silencio, de obediencia. Y mientras sigan teniendo el poder de separar a un hombre de sus alumnos por pensar distinto, seguirán demostrando que el único cambio posible en Cuba es el que ellos no pueden controlar.