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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- En el “incidente” de Cayo Falcones no hubo sorpresa alguna. Quien conozca mínimamente la naturaleza del régimen cubano sabe que estos episodios no aparecen por generación espontánea ni por descuido operativo. La dictadura lo conocía, lo permitió y colaboró en su fabricación y ejecución. Lo demás es escenografía.
No es la primera vez que el poder en Cuba fabrica actos de violencia para luego presentarse como víctima, activar resortes emocionales y manipular a la opinión pública internacional. Es un método viejo, probado y perfeccionado: provocar, sacrificar, dramatizar y luego culpar al enemigo externo. El terrorismo, cuando conviene al relato, deja de ser un crimen para convertirse en herramienta política.
Las palabras de Díaz-Canel (tres semanas antes del atroz crimen) no fueron una advertencia, fue un descuido, una confesión de la que hoy debe estar arrepentido; “conocemos de planes”. Cuando un Estado dice que conoce planes y aun así los “descubre” solo después de los muertos, no hay muchas opciones posibles; es cómplice. La dictadura cubana ha demostrado, durante más de seis décadas, que incompetente no es cuando se trata de controlar, infiltrar y manipular.
Esto, por cierto, no es ningún secreto para Estados Unidos. Washington conoce perfectamente cómo opera el régimen cubano, cómo infiltra, cómo empuja, cómo deja correr los acontecimientos cuando necesita una crisis. Lo que muchos no entendemos (y ya es hora de decirlo con claridad) es cómo se permite que la dictadura actúe y opere con tanta impunidad dentro del territorio estadounidense, reclutando, provocando, empujando a jóvenes hacia escenarios que terminan sirviendo únicamente a los intereses del enemigo.
Porque aquí hay otra verdad incómoda que no se debe esquivar; los jóvenes caídos y heridos pudieron haber estado movidos por un sentimiento patriótico real. Nadie niega eso. Pero el patriotismo no justifica la entrega ciega de la vida, y mucho menos para beneficio directo del régimen que dice combatirlos. La vida no se regala, y menos aún cuando el sacrificio es utilizado como utilería en un teatro sucio y calculado.
Ver declaraciones de Díaz-Canel: (https://www.facebook.com/reel/1664006908294335)
Este texto quiere servir también como advertencia a los incautos, a los tontos útiles, a quienes no leen las señales, no entienden los silencios, no sospechan de las coincidencias demasiado perfectas. La dictadura cubana no tiene reparo alguno en eliminar físicamente a personas si eso le sirve para construir un relato. Nunca lo ha tenido. Pensar lo contrario es ingenuidad peligrosa.
Cayo Falcones no fue un accidente ni una sorpresa. Fue un episodio más en una larga historia de autoagresión política, de manipulación emocional y de desprecio absoluto por la vida humana. Y ya va siendo hora de llamarlo por su nombre, de poner un alto y de dejar de permitir que este régimen siga ensayando su teatro sangriento con total impunidad.
Porque aquí la pregunta no es qué pasó. La pregunta es por qué se sigue permitiendo que pase.