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Por Yeison Derulo
La Habana.- El Gobierno de La Habana ahora dice que quiere limpiar la ciudad. Y para eso impulsa un proyecto de inversión extranjera que, según informaron en una reunión en el teatro del Ministerio de la Industria Alimentaria, pretende mejorar la recogida y manejo de los desechos sólidos en la capital.
Lo cuentan con fotos, con entusiasmo y con presidentes de consejos populares agradeciendo por adelantado. Como si el problema de la basura en La Habana hubiera nacido ayer y no fuera el resultado de décadas de ineficiencia, abandono y promesas recicladas.
Según la información oficial, en una primera fase se pondrán en marcha todos los camiones y contenedores disponibles, se incorporarán equipos de lavado y se evaluará la frecuencia de recogida. Es decir, harán lo que debieron hacer siempre. Lo más curioso es que el proyecto lo impulsa un señor desde Portugal, mientras aquí, en la Isla, llevamos años conviviendo con montañas de desperdicios en cada esquina. ¿De verdad hacía falta “colaboración extranjera” para organizar rutas, reparar camiones y colocar más contenedores? El problema nunca fue técnico. Fue de gestión, de prioridades y de corrupción enquistada.
Hablan también de multas, fiscalización estricta y una ordenanza territorial que definirá obligaciones para la población y las empresas. Como si el ciudadano de a pie fuera el principal responsable del desastre. Claro que hace falta educación cívica. Claro que hay mipymes que dejan cajas de pollo regadas por doquier. Pero el Estado ha tenido el monopolio absoluto de Comunales durante más de 60 años. Si hoy La Habana parece un vertedero a cielo abierto, no es por culpa exclusiva del vecino que tira una bolsa fuera del contenedor, sino de un sistema que se acostumbró a no rendir cuentas.
Prometen además un cambio salarial para los trabajadores de Comunales y exigen eficiencia porque el 50 % del gasto anual se va en combustible. La pregunta es sencilla: ¿a dónde ha ido ese combustible todos estos años? Porque mientras los camiones no pasaban, el diésel desaparecía como por arte de magia. Y ahora, como si descubrieran el agua tibia, nos hablan de control y eficiencia. La segunda fase, la del tratamiento de desechos sólidos, solo llegará si la primera funciona. Es decir, nos venden una esperanza condicionada, como todo en este país.
Y para rematar, aclaran que todos los medios y equipos seguirán siendo del Estado, incluso los nuevos que se adquieran. Ahí está la clave. Se abre la puerta a la inversión extranjera, pero el control no se suelta. Se aplaude la colaboración, pero no se permite una verdadera descentralización ni competencia real. Mientras tanto, en redes sociales la gente habla de educación ciudadana, reciclaje, vincular mipymes eficientes. Hay ideas. Hay voluntad. Lo que no ha habido es un gobierno capaz de gestionar con transparencia y sentido común. Ojalá La Habana recupere la limpieza que merece. Pero si no cambian las estructuras que han provocado el desastre, lo único que se va a reciclar aquí es el discurso.