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A veces las voces más pequeñas describen los problemas más grandes

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Hay descubrimientos que nacen en laboratorios. Y otros que comienzan en un baño público.

Nora Keegan era una estudiante de primaria en Calgary cuando empezó a notar algo que los adultos pasaban por alto. Cada vez que un secador de manos de alta velocidad se activaba, los niños se sobresaltaban. Algunos se tapaban los oídos. Otros salían corriendo.

Ella también lo sentía. Un zumbido persistente después del ruido.

Los adultos restaban importancia. “Son ruidosos, así funcionan”. Pero Nora no se conformó con la explicación.

En quinto grado decidió medirlo. Con ayuda de sus padres, ambos médicos, diseñó un experimento. Consiguió equipo profesional de medición de sonido y comenzó a visitar baños públicos por toda Alberta. Bibliotecas. Restaurantes. Escuelas.

Durante dos años reunió 880 mediciones en 44 lugares distintos.

Midió a la altura del oído de un adulto. Y luego se agachó para medir a la altura de un niño. Los resultados fueron claros. Muchos secadores superaban los 100 decibeles a la altura infantil. Algunos alcanzaban niveles comparables a sirenas de emergencia, sonidos que en otros contextos ya están regulados por riesgo auditivo.

El problema no era imaginario. Los niños estaban más cerca de la fuente del sonido. Sus oídos son más pequeños. La intensidad que recibían era mayor.

La solución

Nora no se quedó en la denuncia. Diseñó un filtro simple que reducía el ruido en más de 10 decibeles, demostrando que el problema tenía solución.

Luego escribió un artículo científico. Su primer intento fue rechazado. Lo revisó. Lo corrigió. Y lo volvió a enviar.

En 2019, la revista Pediatrics & Child Health publicó su estudio con un título contundente: Los niños que dicen que los secadores de manos me dañan los oídos tienen razón. Tenía trece años.

No buscaba cambiar la política pública. Solo quería entender por qué dolía.

Su trabajo fue citado por profesionales de la salud y discutido en ámbitos académicos. Todo comenzó porque una niña decidió que su experiencia merecía ser comprobada, no ignorada.

No gritó. Midió. Y al hacerlo dejó una lección sencilla.

A veces las voces más pequeñas describen los problemas más grandes. Solo hay que escucharlas.

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