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Por julia Elena Jareno Varcarcel

Después de pasar tantos años desapercibida, que a veces hasta yo llegué a pensar que los tuneros no éramos parte del mapa de la isla, parece que por fin estamos dando señales de vida. O más bien… señales de muerte.

Violencia, robos, vandalismo, pandillas y ahora unas cifras de violencia sexual que ponen a Las Tunas muy por encima de la media nacional. En 2025, la tasa de violencia sexual judicializada fue de 7,57 por cada 100.000 mujeres, frente al 4,19 nacional. Y tampoco salimos bien parados en las estadísticas de muertes de mujeres a manos de parejas o exparejas. ¡Pero qué orgullo, oye! ¿No que éramos la sociedad más segura, educada y protegida del continente?

Aquí parece que algunos tienen permiso para todo: quitarle la vida a una mujer, a un hombre, agredir, robar, formar pandillas o sembrar el terror en un barrio… ¿Pero mirar torcido al jefe de sector? ¡Jamás! ¿Tener un conato con la secretaria del Partido? ¡Eso sí que no, compañero! Más fácil es ir arrebatando vidas como quien deshoja una margarita: «Me quiere… no me quiere… vive… no vive».

¿Y qué hace la policía?

¿Y la PNR? Bien, gracias. ¿Y tú? Porque si no es para perseguir a alguien que hizo un cartel contra la dictadura, o para buscar al que tuvo la osadía de decir una verdad en voz alta, parece que mejor no los molestemos. El combustible está caro y movilizar una patrulla cada vez que a un «machito» de los de hoy se le ocurre que una mujer es de su propiedad debe ser un lujo que el país no puede permitirse.

Y yo aquí, como Arjona: «El problema no es que mientas, el problema es que te creo». Porque al final, en Cuba, el problema es el problema: que nos han vendido durante décadas la imagen de una sociedad segura, educada y protegida, mientras la realidad de los barrios cuenta otra historia.

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