
El hombre que no pudo decir su nombre
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Un día de 1911, un hombre hambriento y exhausto apareció cerca de un matadero en California. Nadie sabía quién era. No podía decir su nombre porque, según la tradición de su pueblo, otro debía presentarlo. Pero ya no había nadie más. Era el último. Lo llamaron Ishi, que en su lengua significa simplemente «hombre». Y así pasó a la historia.
Ishi pertenecía a los yahi, un pueblo que la expansión de los colonos había prácticamente borrado del mapa. Él y los suyos habían vivido escondidos durante años, evitando el contacto con la sociedad que los había diezmado. Cuando los encontraron, los antropólogos lo llevaron a la Universidad de California. No como un invitado, sino como un espécimen vivo. Durante cinco años, fabricó herramientas, contó historias y se convirtió en la atracción del museo.
La universidad lo estudió, lo grabó en cilindros de cera y lo exhibió como el «último indio salvaje». Pero nunca fue realmente libre. Cuando murió de tuberculosis en 1916, pidió ser incinerado según sus tradiciones. Kroeber, su protector, pidió que no le hicieran una autopsia. Se la hicieron igual. Le extrajeron el cerebro y lo enviaron al Smithsonian, donde permaneció más de ochenta años.
Durante décadas, su cuerpo descansó en un cementerio, pero su cerebro estuvo encerrado en una caja. No fue hasta el año 2000 que, gracias a la presión de las comunidades indígenas, el Smithsonian devolvió los restos. No hubo ceremonia pública, ni museo, ni curiosos. Los llevaron a un lugar secreto, cerca de donde había vivido, y los enterraron en paz.
Ishi no fue el último de su pueblo, porque los yana no desaparecieron del todo. Pero fue el último en ser tratado como una pieza de museo. Su historia no es la de un hombre salvaje, sino la de una civilización que convirtió a un ser humano en una colección y tardó noventa años en devolverle lo que nunca debió haberle quitado.



















