
El triste dilema de una cucharada de aceite
Joaquín Artiles
Santa Clara.- Me paro frente a la meseta. Allí estaba el pomo de aceite de soya luciendo su desconocida marca, CoRall. En el fondo del recipiente apenas se puede ver un poquito de aceite, casi una cucharada. Respiro profundo… y la peste de algún animal muerto en las fauces de Basi me da náuseas. Respiro normal y llevo el pomo hasta mi campo visual de +250.
Miro el poquito de líquido. Es apenas un tinguaro, lo que en el Sistema Internacional de Unidades se denomina como una crica. Me paso la mano por el pelo, me lo embarro de grasa y, luego de balbucear un par de palabrotas, me lanzó al difícil escollo de decidir
Gracias a una mano hermana, a mi derecha tengo escogido un poco de frijoles negros y a la izquierda un tubito de picadillo de pollo. Debo acotar que este último ha sido ganador del récord Guinness al alimento más consumido de manera consecutiva por una misma persona. Pero eso será otra historia.
En los anales de la historia, pocos personajes ilustres se han visto en semejante encrucijada. Esa lágrima lipídica no daba para ambos platos. El ahí pelado me lanzó un lapidario «decídete ya, mijito». Qué coño sabrá ese ajo chileno lo que representa este momento.
Miro al aceite con los ojos aguados y un leve puchero. Él me mira con sorna, con descaro, con altanería. Se burla de mí, el muy cabrón. Le doy vueltas para que se relaje y me dice: «No comas más mierda muchacho. Si no tienes dinero, pues echa todo el ajo y ya veré como lo sofrío».
Ahí empezó la protestadera y la discusión. Los frijoles… que si el picadillo es condimentado y él no. El picadillo que eso era mentira, que él no sabe a pollo ni a nada y que, si es de pollo, debe ser de la cresta. Tuve que ponerme durito y mandarlos a callar. Tomé el pomo y eché aquel embarró en l sartén y, cual Rey Salomón, decidí compartir el ajo embarrado de aceite para cada uno. ¡Triste decisión! Los frijoles no saben a hierba y el picadillo siguió siendo una mierda.



















