
Villa Amparo y la memoria de los perseguidos
Por Jorge Fernández Era ()
Valencia.- El 18 de agosto de 2025, los agentes de la Seguridad del Estado que un mes antes me propinaron una golpiza en la Unidad de Policía de Zanja cambiaron sus métodos de tortura hacia otro mucho más refinado: llevarme a la fuerza hacia el cuerpo de guardia del Policlínico de la calle Amenidad, en el Cerro, para que allí me hicieran un «certificado de lesiones». Aseguraban así poner el parche antes de que saliera el grano. Si las consecuencias no fueron nefastas fue gracias al escándalo que armé en la institución médica y a la ética del doctor que se negó a semejante barbaridad.
De aquellos acontecimientos guardo tres recuerdos: el «carnet de identidad» que me dibujó el caricaturista Garrincha ante la desaparición forzada del mío (acción que repitió el DSE en el aeropuerto el día de mi salida de Cuba), el acompañamiento solidario y posterior detención de Lara Croft cuando me citaron para devolverme el documento original, y el poder conocer personalmente en su apartamento al maestro Fernando Pérez, quien me recibió como si me conociera de toda la vida. Hermanos que me acompañan siempre.

Alina volvió a salir antier, como todos los 18. Una vez más los compañeritos de turno la detuvieron e intentaron amedrentarla. Amigos como Miryorly, Leo y Madelyn no desmayan en apoyarla. Todos, de una manera u otra, se exponen a las represalias de un fascismo de izquierda disfrazado de Revolución, similar al de derecha que asesinó a Federico García Lorca el 18 de agosto de 1936, noventa años atrás.
Mi manifestación en apoyo a Alina Bárbara López Hernández la hice ayer en Villa Amparo, el lugar de Valencia donde vivió el poeta Antonio Machado desde noviembre de 1936 hasta abril de 1938, en plena Guerra Civil Española. Allí recibió a personalidades como Pablo Neruda, Rafael Alberti, María Zambrano, León Felipe, Max Aub y Octavio Paz.
El autor de «Cantares», al enterarse del asesinato de Lorca, escribe: «Un pelotón de fieras lo acribilló a balazos, no sabemos en qué rincón de la vieja ciudad del Genil y el Dauro, los ríos que él había cantado. ¡Pobre de ti, Granada! Más pobre todavía si fuiste algo culpable de su muerte. Porque la sangre de Federico, tu Federico, no la seca el tiempo».







