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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Durante más de seis décadas la dictadura comunista ha sostenido su poder sobre dos pilares: la mentira y el miedo. Y el miedo tiene uniforme. Hoy, cuando Cuba vive su hora más oscura, es imprescindible señalar a quienes ejecutan la represión cotidiana contra un pueblo indefenso. No por odio, sino por justicia histórica.
Yo acuso a la policía cubana de haber vendido su alma a la tiranía.
La acuso de haber cambiado la protección del ciudadano por la obediencia al verdugo, de haber sustituido la ley por la orden política y el honor por migajas.
La policía no nació para servir a un partido ni para custodiar una ideología fracasada. Nació para proteger al pueblo. Sin embargo, en Cuba se ha convertido en el brazo armado de una mafia política que gobierna sobre una nación destruida.
En Cuba no existe Estado de derecho. No hay división de poderes, ni tribunales independientes, ni elecciones libres, ni prensa libre. Por tanto, la policía no sirve a la ley porque la ley no existe. Existe la voluntad del Partido Comunista.
El policía no responde a la Constitución, responde al Comité Central. No responde a un juez, responde a un burócrata. No responde al pueblo, responde a una casta privilegiada.
Cuando golpea a un manifestante pacífico no cumple un deber, comete un crimen. Cuando encarcela a un joven por gritar “Libertad” no impone orden, secuestra un derecho. Y cuando allana una casa sin orden judicial no investiga, aterroriza. Eso no es policía. Eso es esbirro.
El 11 de julio de 2021 quedará inscrito como el día en que un pueblo hambriento decidió perder el miedo. Miles salieron a la calle sin armas, sin violencia, sin odio. Solo con hambre, dignidad y desesperación.
¿Y qué hizo la policía? Golpeó, arrastró, encerró, torturó, fabricó delitos, montó juicios sin garantías y condenó a jóvenes a décadas de prisión por cantar el himno nacional.
Ese día la policía eligió bando y eligió mal. Eligió defender a un régimen que destruyó la economía, pulverizó la moneda, arruinó la agricultura, convirtió el salario en miseria, obligó a emigrar a millones y condenó a los ancianos a buscar comida en la basura. Eligió proteger a una cúpula que vive en mansiones, viaja en aviones privados, come en restaurantes prohibidos para el pueblo y manda a sus hijos a estudiar al extranjero. Y eligió reprimir a su propia gente.
El policía cubano no es hijo de ministros ni heredero de privilegios. Viene del barrio, sufre apagones, hace colas interminables, no alcanza con su salario, no puede viajar, no puede elegir, no puede opinar. Es pueblo.
Pero cuando se pone el uniforme para golpear al pueblo deja de ser víctima y se convierte en cómplice. Nadie puede alegar ignorancia después de 66 años de ruina. Nadie puede esconderse detrás de órdenes cuando se pisotean derechos humanos. La historia no absuelve a los verdugos, los documenta.
Cayó la Gestapo. Cayó la Stasi. Y cayó la KGB soviética. Cayeron las dictaduras militares. Cayó el apartheid. Cayó el muro de Berlín. Caerá también la dictadura cubana.
Y cuando caiga no habrá refugio en el uniforme ni excusas en la obediencia. Cada golpe quedará registrado. Cada abuso será recordado. Porque cada víctima tendrá nombre. Cada verdugo tendrá rostro.
Aún están a tiempo
Este no es un llamado al odio. Es un llamado a la dignidad. El policía cubano todavía puede elegir. Puede negarse a reprimir, a golpear, a perseguir. Puede ponerse del lado correcto de la historia.
Porque la patria no es un partido ni una ideología. La patria es su pueblo. Y el pueblo ya despertó.