Escuchar este artículo
Audio en proceso de generación.

Por Hermes Entenza (9

«En el año 1965 cincuenta y dos pastores de la Convención Bautista de Cuba Occidental, fueron injustamente encarcelados con sanciones de hasta veinte años de prisión política, acusados de colaborar con el gobierno norteamericano».

El libro sagrado yace en el rincón de la celda, sucio e hinchado por la humedad. Su cubierta negra, imitación de piel, conserva el sudor de las manos. Un velo de atemporalidad lo cubre en ese destino que cambió de golpe cuando lo trasladaron con violencia desde el púlpito de la Iglesia Bautista al calabozo de la Prisión Provincial. Sus dueños escudriñan las blandas páginas donde guardan escondidas las postales y fotos del tiempo de buena la lid misionera. Hay oscuridad en el recinto y en esos tres corazones que se empeñan en sobrevivir, buscando la esperanza en la escritura.

Josías, el pastor más joven, tiene las manos cuarteadas por los muchísimos meses de duro bregar envasando cemento. Perdió su anillo de compromiso una tarde de lluvia, cuando el teniente Gomar lo fustigó delante de todo el penal. Creen que la perra Laica, la más fiera celadora de la prisión, se lo tragó en aquella jornada de dolor.

-¿No eres hijo de Dios?- Gritó el teniente. – Pues dile que te salve-.

Josías no lloró a pesar de los insultos, y por su rostro solo corrió el agua de la lluvia mezclada con cemento gris y la baba del animal.

Los reclusos callaron. Nunca antes han tenido de compañeros de presidio a tres religiosos. Ni siquiera saben si Dios existe, pero aseguran que allí, en medio del campo pedregoso y con una perra despiadada como Laica, no lo van a encontrar.

Argelio y Magdiel, los otros dos pastores, miran al joven inquieto desesperarse en la celda. Es sábado en la tarde y saben que no tendrán visita en largo tiempo. Una caja de latas de carne rusa ha desaparecido del almacén hace ya más de diez días, y el teniente Gomar, después de investigar y hacer el informe preliminar, ha decretado que ellos son los culpables.

De nada ha valido que expliquen que robar no forma parte de su modus vivendi. Uno de los tres tendrá que cargar la culpa, y será llevado al amanecer al presidio más terrible, allá en la costa oriental, donde se dice que sobrevivir es un reto.

– Ustedes son los únicos presos políticos del penal. Son los culpables, no tengo dudas. Tienen toda la noche para que uno confiese por la buena, de lo contrario, los tres serán llevados a Oriente, y la van a pasar mal, muy mal-.

El teniente no anda con bromas. Sabe que será una noche dura para los religiosos, y eso lo consuela. Lleva días preocupado por una visita que se ha vuelto recurrente desde que los pastores llegaron al penal. Antes solo trataba con la delincuencia regular, pero desde que llegaron estos sancionados por hechos políticos, tiene sobre su cabeza los ojos de la comandancia. Eso lo jode y lo preocupa.

Es de Santa Clara. Cuando la Revolución se gestaba, estuvo a punto de caer preso en el barrio Dobarganes por su afán de peleas con las pandillas de la zona. Fue circulado por la policía, pero la suerte lo ayudó, y días antes de ser apresado se marchó al Escambray. Sin mucho tiempo para pensarlo dos veces, se enroló en la lucha y entró en La Habana triunfante con los rebeldes. Su vida cambió, ahora luce los grados militares, y tiene a sus órdenes el penal provincial, cargado de reclusos comunes y peligrosos, además de estos tres malditos presos políticos que le quitan el sueño.

Llega la noche. La prisión está en silencio. Todos saben de los tres hombres que en breve tendrán que confesar cuál de ellos será el que viajará al fin del mundo.

Argelio es el mayor. Su congregación en La Habana ha hecho lo imposible por ayudar a la familia numerosa que lo vio partir hace dos años. La iglesia en pleno lo espera con impaciencia y reclama su puesto como guía espiritual. Él lo sabe; conoce hasta dónde puede llegar el amor de sus feligreses. Recuerda aquellos días del seminario, cuando el rector le vaticinó un fructífero ministerio pastoral debido a sus conocimientos de las Sagradas Escrituras y su vocación por horadar en los problemas de la gente.

También tiene las manos agarrotadas por el cemento y las horas de trabajo en la granja de su nueva casa. Experto como es en la interpretación bíblica, se reconoce como un ser que limpia su alma día a día, en aras de un futuro mejor. Quisiera estar siempre alerta, vigilando los pasos de sus dos hermanos de batalla, pues comprende que la juventud es fuerte pero demasiado impulsiva, y no sabe cómo acabaran sus compañeros en este via crucis que parece eterno.

Tiene en sus manos dos cartas. Una de su esposa contándole sucesos en la iglesia y los pormenores del cumpleaños de su hija, y otro papel arrugado que recibió de las manos de las esposas de sus compañeros en la última visita. Grandes y nerviosas letras en el centro de la hoja dicen: Cuídalos.

«Son pruebas que nos manda Dios» Les insiste diariamente a sus protegidos. Pero sabe que a veces la duda es un ángel de la muerte, y trae al alma bombardeos imposibles de describir, y si falla la fe, todo se hunde.

Las rejas son negras, y el piso de cemento sin pulir le da un extraño cansancio a los pies. Cuando su esposa le cortaba las uñas mientras él acostado chillaba de placer, pensando en futuras campañas de evangelización, sabía que no podría existir un mundo mejor. Dormía acariciándole los cabellos a su amada. Eran tiempos hermosos, piensa mientras observa las manos temblorosas de Magdiel y la voz entrecortada de Josías. Son como sus hijos.

Magdiel es el más sanguíneo. Antes de estudiar en el Seminario Bautista, fue boxeador. Pasó muchas penurias para poder llegar a saberse un hombre de fe. Vagó por las calles de Matanzas hasta que entró a la iglesia una noche de navidad. Allí lo recibió Argelio y lo guió por los caminos de la santa palabra hasta convertirlo en un seminarista sui generis, cargado de energía y conocimiento para lidiar con los jóvenes de la congregación.

– Bueno, vamos a comenzar- Le dice a sus compañeros. – Tenemos una dura misión. Hay que resolver este problema y decidir qué vamos a decirle a Gomar cuando llegue el momento. Los tres sabemos que somos inocentes, pero si hay que escoger quién se irá, debemos decidirlo ahora.

Está casi a oscuras el penal. Hoy nadie ha cantado canciones de amor. Muchos reclusos los miran fijamente y los saludan con cariño. Han sido buenos trabajadores, a pesar de no tener entrenamiento lo han hecho bien. Solo Magdiel está en forma y los ayuda siempre en los peores momentos, cuando la fuerza se les va. Siendo ellos los únicos cristianos que trajeron a esta prisión, de los cincuenta y dos pastores desperdigados por las cárceles de la isla, no se sienten solos, tienen muchos presos comunes que los ayudan y los comprenden.

Josías ha intentado armar un grupo de fieles entre los condenados, pero han sido infructuosos sus esfuerzos, hasta que entendió que a pesar de la prohibición de dar cultos, hay un empeño mayor que será siempre hacer el bien, y eso lo entienden perfectamente todos en el penal.

El Teniente Gomar es un hombre duro, pero en el fondo es un ser vivo; será cuestión de tiempo que vea las cosas diferente, y el trato para con ellos sea mejor.

Alguna vez Josías le enseñó los compases para componer canciones. Eso fue un buen comienzo. Intentó transcribir algunos boleros antiguos y le mostró los primeros pasos para componer. En su iglesia en Consolación del Sur tiene un coro de veinte voces bien afinado. Sueña con un gran concierto en el templo El Calvario de la capital, y promover la música sacra. Todos saben que en el fondo, si en un momento de su vida Gomar pudiera mostrar amistad o compasión por alguno de ellos, será por Josías, pero no hay que apurarse, pues el teniente lleva días fatales. Pero es real que cuando el sol ha sido matador, y el cemento parte la piel, agravándose la situación por la falta de agua potable, Josías canta muy bajito canciones e himnos cristianos, y todos han visto en el rostro de Gomar una pequeña y volátil chispa de simpatía o admiración por el temple del pastor.

Ninguno de los tres duerme. Esperan el amanecer con ansias. Saben que la discusión será feroz, pero ya tienen una decisión.

Se toman de las manos cuando llega la claridad del día. Han comenzado los sonidos habituales del mundo despertándose, los gallos cantan, y el sonido lejano de los calderos dice que la cocina ya es un hervidero.

El teniente Gomar los sorprende despiertos y en pie frente a la reja. Él tampoco ha dormido. El calor, los mosquitos y la preocupación por la visita de inspección que llegará en pocas horas lo han tenido en vela.

– La vida es una mierda-. Piensa cuando abre la reja. Ahí están los tres firmemente parados. Lanza una bocanada del tabaco sobre ellos.

– Les traerán café en breve.

– Muchas gracias teniente-.

– Bueno, ya estamos aquí. ¿Me van a decir quién fue el cojonú que se robó la carne rusa? El conduce estará listo en la tarde. Ajústense los pantalones y díganme quién fue para que vaya recogiendo sus cosas. Los escucho-.

Los tres pastores sonríen.

– Usted sabe desde el fondo de su corazón, Teniente Gomar, que ninguno de nosotros es capaz de cometer un robo. Eso téngalo siempre claro, pero sabemos que la única solución está en hallar un culpable. Aquí está nuestra declaración. Fuimos los tres. Nos hemos comido las latas de carne. Tenemos hambre; hemos sufrido la tentación al entrar al almacén y encontrarnos con esa inmensa cantidad de alimentos. Lo asumimos. Estamos prestos a firmar la declaración oficial para que nos conduzcan en breve a la prisión de Oriente.

– Vaya mierda esta-. Murmura el teniente con una sonrisa en los labios. – Así que en vez de uno, voy a salir de los tres de un solo tiro. No puedo dejar de decirles qué comemierdas son. ¿No se dan cuenta de que la prisión de Oriente es como ir a la tumba? Dos de ustedes se podrán salvar y será menos el sufrimiento familiar. No sean bobos. Miren reclusos, no me caen ni regular. No soporto los presos políticos, no soporto la religión, pero hoy, por primera vez les digo que elijan entre ustedes a uno, solo uno.

– Le damos las gracias por su consejo, Teniente Gomar, pero si escogemos a uno de nosotros, va a estar claro que es un ladrón, pero si vamos los tres, habrá quien dude de la veracidad del robo. Ya está decidido Teniente, nos vamos los tres.

Gomar baja la cabeza. Por primera vez en su vida no sabe qué decirle a esos hombres raros, sancionados a largas condenas y sin entender ni siquiera los misteriosos hilos que un día propiciaron que ellos estuviesen parados frente a él en una celda.

– No se hable más. En breve serán conducidos a mi oficina para levantarles el acta. Preparen sus cosas, esta tarde se van pa Oriente-.

Es una linda mañana de domingo. No es día de visitas. El penal provincial se mueve lento. Todos descansan en el único día tranquilo de la semana. A un guardia de la posta central se le escapa un tiro y el teniente se sobresalta en su camastro. «Qué carajos las cosas que me suceden a mí, coño» Lee las sanciones de los tres pastores y se fuma otro tabaco Bauzá, sórdido e inseguro.

Dos presos limpiaron su oficina. Detrás del buró hay un mapa inmenso de Cuba y frente a él, entre los papeles, una botella de ron llena de casquillos de balas de AKM. Es la única pieza que adorna el lugar que ahora le parece demasiado sobrio y aburrido.

Parados, con el uniforme azul con la P amarilla en la espalda, limpios, los tres pastores están prestos a declarar.

– Miren-. Les dice en buena forma. – Yo sé que ustedes no han robado nada, pero no me queda más remedio que armar todo este circo. Hay cosas que son del carajo y que vienen de arriba. No tengo forma de arreglarlo.

– No se preocupe teniente-. Le contesta Argelio. –Proceda a levantar el acta. Somos culpables-.

El secretario, sentado en su pequeña mesa, recibe el dictado y teclea en su Remington. La oficina se ha llenado de oficiales y sargentos que observan en silencio.

Solo falta la firma de los tres pastores para comenzar a mover la conexión que los llevará a Oriente. En el patio está el carro y los guardias que iniciarán la travesía.

El Teniente Gomar no sabe si despedir a los reclusos con un saludo cordial dándoles la mano, o mandarlos a la mierda soberanamente. Han sido días muy jodidos. Hay descontento en el penal, pero eso no le importa mucho, pues sabe que en par de días, todo será olvidado.

De un tirón saca de la máquina de escribir el acta y se la ofrece a los tres.

– Ya el transporte está listo. Firmen de una vez y terminemos esta jodienda-.

Argelio es el primero que la alcanza. Justo en el instante que va a firmar, es interrumpido por la voz melódica de Josías.

– Teniente Gomar, ¿No ha notado usted un cambio en el carácter de Laica?-

– ¿Y eso qué tiene que ver, recluso?

– Ella se ha ido comiendo la carne lentamente, yo se la di. Lo hice para calmar su hambre, que es la causa de su fiereza. Yo robé la caja de carne rusa, cada noche le daba una a su perra. Ahora somos más felices, ella y yo. Si no me cree, revise en el aljibe de la enfermería, allí, en el fondo, están las latas llenas de piedras. Rompa esa declaración. Yo me hago responsable de todo. Yo solo partiré a Oriente. Quiero que me dejen llevar este libro negro que ha estado conmigo siempre, es lo único que les pido. Creo que todos estén de acuerdo, menos Laica, claro-.

Publicado en el libro «Bañando Japonesas».

Comparte esta noticia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *