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title: Curitiba, la ciudad que no estaba en los planes
date: 2026-10-12T15:41:07Z
modified: 2026-10-12T15:42:45Z
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excerpt: Cubanos encuentran en Curitiba, Brasil, un inesperado hogar. Descubre sus historias de adaptación, trabajo y la búsqueda de un futuro mejor lejos de la isla.
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featured_image_alt: En la foto, una imagen de la ciudad brasileña de Curitiba
author: Redacción
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_**Entre la nostalgia de la Isla y la necesidad de empezar de nuevo, miles de cubanos han encontrado en el sur de Brasil una alternativa para reconstruir sus vidas. Llegaron buscando oportunidades, encontraron una ciudad de inviernos fríos, puertas laborales que se abren con esfuerzo, sabores desconocidos y una comunidad que crece a golpe de trabajo, solidaridad y memoria.**_

(Texto: Enviados Especiales de El Vigía de Cuba. Fotos: Osmel Ayala Jiménez y Onel Peña)

Curitiba, Brasil.- Hay ciudades que uno elige y otras que terminan eligiéndolo a uno. Curitiba pertenece, para muchos cubanos, a esa segunda categoría. No era necesariamente el destino soñado, ni figuraba entre las primeras opciones de quienes comenzaron a imaginar una vida lejos de la Isla. Durante años, las brújulas de la emigración cubana apuntaron, sobre todo, hacia Estados Unidos; también hacia España, por la lengua compartida y los vínculos familiares, e incluso hacia Rusia, convertida para algunos en una posibilidad laboral o migratoria. Brasil aparecía mucho menos en aquellas conversaciones. Pero las rutas se estrechan, las fronteras cambian, las condiciones de entrada se endurecen y los proyectos que parecían seguros dejan de serlo. Entonces, en el mapa de las alternativas, empezó a cobrar fuerza una ciudad del sur brasileño cuyo nombre no todos sabían pronunciar al llegar.

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Curitiba no es Miami. Tampoco Madrid, ni Moscú. No tiene el mismo mercado laboral que Estados Unidos ni ofrece las mismas expectativas salariales. Está lejos de los grandes relatos con los que tantos emigrantes cubanos han alimentado durante años sus planes de salida. Pero tiene algo que, en determinadas circunstancias, puede resultar más importante que el destino ideal: oportunidades reales para comenzar, un sistema de servicios públicos, posibilidades de regularizar la situación migratoria y una economía urbana en la que el recién llegado puede intentar encontrar un lugar. No significa que la vida sea fácil ni que el éxito esté garantizado. Significa, sencillamente, que para muchos cubanos Curitiba ha dejado de ser una palabra remota para convertirse en una posibilidad concreta.

La ciudad es la capital del estado de Paraná, en la región sur de Brasil, a cierta distancia de la costa atlántica y rodeada por una geografía de mesetas y colinas. Su clima, más fresco que el de buena parte del territorio brasileño, sorprende a quienes llegan desde el calor cubano. Los inviernos pueden ser fríos, las lluvias aparecen cuando menos se esperan y el cielo gris acompaña con frecuencia una vida urbana que transcurre entre autobuses, comercios, parques y barrios residenciales. Según el censo de 2022 del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, Curitiba tenía 1.773.718 habitantes y ocupaba unos 435 kilómetros cuadrados. Es una gran ciudad, con una economía diversificada y una infraestructura urbana que la distingue dentro de Brasil, aunque, como cualquier metrópoli, también tiene problemas y desigualdades. Para el cubano que acaba de llegar, sin embargo, el primer descubrimiento no suele ser una cifra demográfica ni una estadística de desarrollo. Es algo más sencillo: aquí puede haber un trabajo esperándolo, una escuela para sus hijos y una oportunidad de empezar otra vez.

## Una ruta hacia el sur

La llegada de los cubanos a Brasil puede comenzar mucho antes de que aparezca el primer paisaje de Paraná. Según el itinerario descrito por migrantes que han realizado el recorrido, algunos parten desde Guyana y atraviesan el territorio guyanés en dirección a la frontera brasileña. Una vez en el estado de Roraima, en el extremo norte de Brasil, continúan hacia el sur hasta Curitiba. Para algunos, la travesía se hace en vehículos tipo van, con largos trayectos por carretera y conexiones terrestres que permiten atravesar buena parte del país.

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La imagen de una van que va dejando atrás la selva, las fronteras y los kilómetros puede parecer sencilla cuando se cuenta desde el destino. No lo es necesariamente para quien la vive. Cada viaje depende de sus circunstancias, de los recursos disponibles, de los documentos y de las condiciones de tránsito. No existe una única ruta seguida por todos los cubanos, ni todos llegan de la misma manera. Pero, en esas historias, se repite una idea: la emigración comienza mucho antes de encontrar empleo o alquilar una habitación. Empieza cuando una persona decide abandonar lo conocido y se entrega a un trayecto cuyo resultado no puede controlar por completo.

Al llegar a Curitiba, el viajero descubre que todavía le falta una parte considerable del camino. Hay que encontrar alojamiento, entender el idioma, conseguir documentos, aprender a utilizar el transporte público, buscar trabajo y resolver las necesidades más elementales. En ocasiones, el primer contacto con la ciudad se produce a través de otro cubano que ofrece una orientación, un número de teléfono o la dirección de alguien que quizá pueda ayudar. En otras, es una iglesia, una organización social o una oficina pública la que abre la primera puerta. La red de compatriotas, todavía reciente en comparación con otras comunidades migrantes, se ha convertido en una herramienta decisiva para quienes llegan sin conocer el terreno.

«Hace cuatro años y medio aquí casi no había cubanos», cuenta el humorista Onel Peña, uno de los residentes consultados para este reportaje. La frase tiene la sencillez de una observación cotidiana, pero encierra una transformación. «Ahora es habitual escucharlos por la calle, oír a la gente hablando cubano. Por cada cuadra puedes encontrar varias casas donde viven compatriotas».

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La percepción de ese crecimiento tiene respaldo en los datos migratorios. En el primer trimestre de 2025, según cifras del Observatorio de las Migraciones Internacionales citadas por la Alcaldía de Curitiba, ciudadanos cubanos presentaron 576 solicitudes de refugio en la ciudad, y representaron el 93 por ciento del total registrado en ese período. En todo Brasil, los cubanos formularon 9.467 solicitudes durante los mismos tres meses, el 52 por ciento del total nacional. Esas cifras se refieren a solicitudes, no al número total de cubanos residentes, y tampoco permiten conocer por sí solas cuántas personas permanecieron definitivamente en la ciudad. Pero ofrecen una medida clara de la intensidad que adquirió este movimiento migratorio.

Curitiba ya no es solamente un punto de llegada para personas que buscan resolver una urgencia. Para muchos, se ha convertido en un lugar donde construir una nueva vida, traer a los padres, criar a los hijos y pensar en el futuro sin saber todavía si ese futuro será definitivo.

## Los papeles y la posibilidad de empezar

En la vida de un emigrante, un documento puede ser mucho más que una tarjeta guardada en la cartera. Puede significar la posibilidad de firmar un contrato laboral, abrir una cuenta bancaria, alquilar una vivienda o demostrar ante una institución que su presencia en el país está amparada por un procedimiento legal. Por eso, regularizar la situación migratoria ocupa un lugar tan importante en las conversaciones de los cubanos que llegan a Brasil.

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El sistema brasileño contempla diferentes vías de regularización y protección, entre ellas la solicitud de reconocimiento de la condición de refugiado, cuando corresponde. La solicitud no equivale automáticamente a que el refugio haya sido concedido, pero el marco legal reconoce derechos a quienes solicitan protección y establece garantías frente a la devolución en las condiciones previstas por la legislación. Los procedimientos, los documentos y los derechos concretos dependen de la situación de cada persona.

La posibilidad de trabajar legalmente es uno de los elementos que más valoran los recién llegados. También lo es acceder a servicios públicos y comenzar a construir una historia laboral verificable. Para alguien que procede de una economía en la que las limitaciones materiales han reducido durante años las expectativas personales, poder firmar un contrato, recibir un salario y abrir una cuenta bancaria puede representar una forma tangible de recuperar el control sobre su propia vida.

Los testimonios describen una sensación de alivio cuando los trámites iniciales quedan resueltos. La persona deja de depender exclusivamente de conocidos, favores o empleos informales y empieza a moverse dentro de un sistema que, con todas sus dificultades, ofrece caminos reconocibles. No desaparecen los obstáculos, pero estos comienzan a tener nombres concretos: aprender portugués, mejorar la calificación profesional, encontrar una vivienda más cómoda o conseguir un empleo mejor remunerado.

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Brasil no elimina de golpe la incertidumbre del emigrante. La transforma. Y para quien ha pasado demasiado tiempo viviendo entre la escasez y la imposibilidad de planificar, esa transformación puede ser el primer signo de una vida distinta.

## El primer empleo y el valor del salario

En Curitiba, una de las puertas de entrada al mercado laboral son las grandes cadenas comerciales, los supermercados, las tiendas de ropa, las ferreterías y otros establecimientos que necesitan personal para reponer mercancías, atender al público, organizar almacenes y realizar tareas de apoyo. En los relatos de los cubanos aparecen nombres como Condor y otros grupos del comercio local, junto con anuncios de empleo que circulan de teléfono en teléfono y de grupo en grupo.

El primer trabajo no siempre tiene relación con la profesión que se ejercía en Cuba. Quien fue técnico, maestro, administrador o trabajador especializado puede encontrarse colocando productos en estanterías, limpiando un local, atendiendo una caja o descargando mercancías. Esa distancia entre lo que se fue y lo que se hace puede resultar dolorosa, especialmente para quienes invirtieron años en formarse. Pero también puede convertirse en una estación de paso: el empleo que permite pagar el alquiler, comprar comida, reunir documentos y aprender el idioma mientras se busca algo mejor.

«Hay bastante trabajo en los mercados y en las tiendas», explica un residente cubano. «Los salarios no son de los más altos, pero tienes un ingreso y, en muchos empleos, beneficios que ayudan bastante».

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En sus cálculos cotidianos, los trabajadores no miran únicamente el salario que aparece en la nómina. Algunos empleadores ofrecen vales o tarjetas de alimentación y ayudas para el transporte, condiciones que pueden marcar una diferencia importante en el presupuesto mensual. Un testimonio menciona ingresos cercanos a los 1.700 reales, complementados con beneficios de alimentación que pueden oscilar, según el empleo, entre 400 y 900 reales. Son cifras orientativas aportadas por residentes, no un salario medio de Curitiba ni una escala común a todos los trabajadores. Los importes varían según la empresa, el puesto, la jornada, los descuentos y las condiciones del contrato.

La diferencia entre recibir dinero y recibir también una ayuda para comprar comida puede ser decisiva para una familia que empieza desde cero. Si parte de los gastos básicos queda cubierta por un beneficio laboral, una porción mayor del salario puede destinarse al alquiler, la electricidad, el teléfono o el envío de ayuda a los familiares que quedaron en Cuba.

El transporte es otro factor. En una ciudad extensa, poder desplazarse hasta el lugar de trabajo sin asumir todo el costo de los viajes permite organizar mejor la economía familiar. Para el recién llegado, esos detalles terminan adquiriendo una importancia que desde fuera puede parecer menor. Pero emigrar consiste, en buena medida, en aprender a sumar de otra manera.

El salario puede ser modesto y el trabajo, agotador. Aun así, muchos cubanos encuentran en esa primera nómina una diferencia esencial: la posibilidad de hacer planes que no dependan únicamente de lo que ocurra mañana.

## Uber: el automóvil como herramienta de trabajo

Hay otra ocupación que aparece una y otra vez en las conversaciones de la comunidad: conducir para plataformas de transporte. Algunos residentes calculan que una parte importante de los cubanos que viven en Curitiba trabaja o ha trabajado como conductor de Uber. No existen, en la información reunida para este reportaje, datos que permitan confirmar ese porcentaje, pero la actividad ocupa un lugar visible en la experiencia migratoria local.

«Yo llevo tres años y medio haciendo Uber», cuenta Onel Peña. «Si no tienes carro, puedes alquilar uno y empezar a trabajar. Para algunas personas, termina siendo una alternativa mejor pagada que el empleo de un mercado».

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El automóvil se convierte así en algo más que un medio de transporte. Es una herramienta de trabajo, una inversión y, en ocasiones, la primera gran meta económica de una familia. Quien logra conducir durante suficientes horas puede obtener ingresos superiores a los de ciertos empleos de entrada, aunque debe descontar el alquiler o la financiación del vehículo, el combustible, el mantenimiento, los seguros y las comisiones de la plataforma. La cantidad que queda al final del mes depende de muchas variables y no puede medirse únicamente por lo que aparece en la aplicación.

Aun con esas reservas, la posibilidad de generar ingresos por cuenta propia resulta atractiva para quienes buscan cierta flexibilidad o necesitan combinar el trabajo con otras obligaciones. La misma fórmula aparece entre migrantes de otras nacionalidades, incluidos venezolanos, que han encontrado en las plataformas digitales una vía para incorporarse al mercado laboral.

El oficio también tiene su aprendizaje. Hay que entender las calles, comunicarse con los pasajeros, conocer las zonas de mayor demanda y acostumbrarse a una jornada en la que las horas trabajadas no siempre se traducen en el dinero esperado. La ciudad se aprende desde el volante, viaje tras viaje, mientras el conductor descubre barrios que al principio solo eran nombres en una pantalla.

Para algunos, Uber es una solución temporal. Para otros, una ocupación estable. Para casi todos los que lo consideran, representa una manera de convertir un recurso —el tiempo, la capacidad de conducir, un vehículo disponible— en una oportunidad de ingreso.

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## El portugués: la llave que abre otras puertas

La posibilidad de trabajar sin dominar plenamente el idioma ayuda a muchos recién llegados a dar los primeros pasos. Pero esa ventaja tiene límites. A medida que una persona intenta ascender, cambiar de empleo, acceder a puestos cualificados o crear una empresa, el portugués deja de ser una asignatura pendiente y se convierte en una necesidad.

«Si quieres crecer y conseguir un empleo mejor, tienes que hablar portugués», resume un cubano residente en Curitiba.

La frase podría parecer obvia, pero para quien llega de una isla hispanohablante encierra una paradoja. El portugués parece cercano, muchas palabras se reconocen y la comunicación inicial puede apoyarse en gestos y semejanzas. Sin embargo, entender una conversación entre brasileños, completar una entrevista laboral, atender a un cliente o interpretar un documento administrativo exige algo más que intuición.

La Alcaldía de Curitiba ha ofrecido cursos de portugués dirigidos a migrantes y refugiados, mientras distintas instituciones y organizaciones sociales promueven actividades de integración. En 2025, el municipio informó de la existencia de cursos de lengua para personas migrantes de distintas nacionalidades, además de iniciativas de acogida y orientación. Para muchos cubanos, aprender el idioma significa no depender siempre de otro compatriota que traduzca, explique o acompañe.

El idioma también modifica la relación con la ciudad. Permite comprender mejor las normas del trabajo, conversar con los vecinos, participar en reuniones escolares, acudir a una consulta médica sin tanta inseguridad y construir amistades que no se limiten a la comunidad cubana.

Con el tiempo, las palabras nuevas dejan de ser una barrera y comienzan a formar parte de la vida diaria. El emigrante aprende a pedir, explicar, reclamar, bromear y, finalmente, a sentirse menos visitante.

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No siempre pierde el acento. Tampoco necesita hacerlo. La integración no consiste en borrar la procedencia, sino en adquirir las herramientas necesarias para participar plenamente en la sociedad que lo recibe.

## El negocio propio: un pedazo de Cuba en otro país

En una panadería, una barbería, una pequeña dulcería o un restaurante, la emigración adquiere otra dimensión. El cubano deja de ser únicamente alguien que busca trabajo y se convierte en alguien que intenta crearlo. Para quienes disponen de ahorros, experiencia comercial o apoyo familiar, abrir un negocio puede ser una forma de conquistar autonomía y dejar de depender exclusivamente de un salario.

En Curitiba han surgido emprendimientos vinculados a la comunidad cubana: establecimientos de comida, pequeños comercios y servicios personales que circulan en las redes sociales y se anuncian entre compatriotas. Algunos ofrecen productos familiares; otros se adaptan a los gustos brasileños y construyen una clientela que va más allá de la comunidad migrante.

Entre esos proyectos aparecen panaderías, restaurantes de comida cubana, barberías, salones de manicure y otros negocios que responden a necesidades cotidianas. También hay iniciativas relacionadas con la pizza y la repostería, algunas impulsadas por cubanos que han encontrado un espacio para convertir su experiencia en una actividad propia.

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«Si llegas con algún capital y quieres emprender, aquí puedes intentar montar tu negocio», explica uno de los residentes. «Hay locales que se pueden alquilar y una comunidad que empieza a conocer los productos cubanos».

La frase no significa que abrir una empresa sea sencillo. Al alquiler del local se suman los permisos, las obligaciones fiscales, las compras iniciales, el equipamiento, la contratación de personal y la necesidad de conocer las reglas comerciales brasileñas. Un negocio puede prosperar, pero también puede fracasar. La diferencia suele depender de la preparación, la demanda, los costos y la capacidad para adaptarse a un mercado nuevo.

Aun así, cada emprendimiento tiene un valor que supera el número de trabajadores que emplea. Es una señal de permanencia. Quien invierte en un local, compra equipos, organiza un inventario y construye una clientela comienza a relacionarse con la ciudad de otra manera. Ya no solo pregunta qué puede obtener de ella, sino qué puede ofrecerle.

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El negocio propio también permite que la cultura viaje. Una receta aprendida en una cocina familiar, un dulce preparado para una fiesta o una manera particular de sazonar los alimentos puede convertirse en una pequeña empresa. En esa transformación, la nostalgia encuentra una utilidad práctica.

## Arroz, frijoles y la cultura del maíz

Hay migraciones que se explican con documentos y cifras. Otras se entienden mejor sentándose a la mesa.

En Brasil, el arroz y los frijoles forman parte de la alimentación cotidiana de millones de personas. Para el cubano recién llegado, esa combinación tiene algo de familiar, aunque las formas de cocinarla, los condimentos y las costumbres alrededor de la comida sean diferentes. Es uno de esos encuentros culturales que no necesitan traducción: dos pueblos pueden reconocer un ingrediente común y, al mismo tiempo, descubrir que cada uno tiene su manera de prepararlo.

La cocina brasileña también tiene una relación importante con el maíz. Entre sus preparaciones está la pamonha, un alimento elaborado tradicionalmente con maíz y que puede prepararse en versiones dulces o saladas. Para un cubano, la comparación con el tamal resulta casi inevitable, aunque no sean exactamente lo mismo. El tamal cubano suele incorporar condimentos y otros ingredientes que le dan un sabor particular; las recetas brasileñas responden a tradiciones regionales propias.

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«Aquí hay mucha cultura del maíz», comenta un residente. «Los brasileños comen arroz y frijoles como nosotros, pero las cosas cambian cuando llegas a la cocina. Nosotros estamos metiendo también nuestra manera de hacer la comida».

La frase contiene una pequeña historia de integración. No se trata de que una cultura sustituya a otra, sino de que ambas se encuentren. El cubano descubre alimentos nuevos y aprende a cocinarlos; el brasileño prueba platos que quizá nunca había conocido. En una ciudad que recibe a personas de distintos países, la gastronomía se convierte en una forma amable de conversación.

Los restaurantes cubanos pueden ser lugares de encuentro para quienes añoran la comida de casa, pero también espacios donde los brasileños se acercan a otra cultura. Una bandeja de arroz, frijoles, carne condimentada o un plato preparado al estilo cubano puede activar recuerdos de reuniones familiares, cumpleaños, domingos y celebraciones que continúan existiendo en la memoria aunque la distancia impida repetirlas.

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En la emigración, cocinar no es únicamente alimentarse. Es conservar una forma de pertenencia. Y cuando un plato cubano empieza a circular por las mesas de Curitiba, la isla deja de ser solamente un recuerdo privado para convertirse en una presencia compartida.

## La red invisible de la solidaridad

Ningún proceso migratorio se sostiene únicamente con el esfuerzo individual. Detrás de quienes consiguen empleo, alquilan una vivienda o abren un negocio suele existir una red de personas que ayudaron en los primeros días. A veces se trata de un familiar o un amigo; otras, de un compatriota que lleva más tiempo en la ciudad y sabe dónde buscar trabajo, cómo llegar a una oficina o qué documentos conviene preparar.

En Curitiba, los testimonios destacan también la colaboración de iglesias y organizaciones comunitarias. Algunas ayudan con alimentos, ropa y calzado; otras orientan a los recién llegados, difunden ofertas de empleo o conectan a las familias con servicios sociales. No todas las instituciones ofrecen lo mismo ni pueden responder a todas las necesidades, pero su intervención puede aliviar la vulnerabilidad de quienes llegan sin recursos suficientes.

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«Aquí, cuando saben que eres cubano, muchas personas se ofrecen para ayudarte», cuenta uno de los entrevistados. «Te dicen dónde hay trabajo, te dan una mano y, a veces, incluso te ofrecen algo para que puedas empezar».

El mismo residente recuerda haber recibido propinas de hasta 250 reales. No es una experiencia que pueda generalizarse, ni representa un ingreso habitual para todos los trabajadores, pero sirve para ilustrar una percepción que aparece en varios relatos: la de haber encontrado personas dispuestas a ayudar sin exigir demasiado a cambio.

La solidaridad no elimina los prejuicios ni garantiza que todos los encuentros sean buenos. La experiencia de cada migrante depende de su entorno, de sus condiciones personales y de las relaciones que consiga construir. Sin embargo, quienes describen Curitiba con afecto suelen mencionar la disposición de algunos brasileños a orientar, compartir información o facilitar el primer contacto con un empleo.

«El brasileño es bueno», dice el entrevistado, antes de añadir una comparación que provoca una sonrisa: «Aunque también es escandaloso, como nosotros. Las motos, la cerveza, los churrascos…».

En esa observación se mezclan la simpatía y el reconocimiento. El emigrante empieza a descubrir que las diferencias culturales no impiden encontrar semejanzas, y que una ciudad desconocida puede volverse familiar a través de pequeños gestos.

## La salud y la escuela: derechos que cuentan

Para una familia que llega desde Cuba, encontrar trabajo no es la única preocupación. Hay niños que deben incorporarse a la escuela, adultos que necesitan atención médica y personas mayores que pueden requerir medicamentos o seguimiento de enfermedades crónicas. La posibilidad de acceder a los servicios públicos forma parte de la evaluación que una familia hace de su nueva vida.

Brasil cuenta con el Sistema Único de Saúde (SUS), un sistema público que garantiza el acceso a la atención sanitaria también a migrantes, solicitantes de refugio y refugiados. La atención se organiza a través de diferentes niveles, desde los centros de salud de atención primaria hasta los servicios de urgencias y hospitales. La disponibilidad, los tiempos de espera y los procedimientos pueden variar según la unidad y la necesidad médica.

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«Hay que esperar, a veces hay cola y las cosas no siempre son rápidas, pero tienes acceso a la salud pública», explica un cubano. «Puedes ir al centro de salud de tu zona y, según el caso, recibir consultas, hacerte análisis o conseguir atención especializada».

El testimonio expresa una experiencia personal, no una garantía de que todos los tratamientos o medicamentos estén disponibles de inmediato. El acceso a los servicios, la continuidad de la atención y la entrega de medicamentos dependen de la evaluación médica, de los protocolos del sistema y de la disponibilidad correspondiente. En el caso de las enfermedades crónicas, la inscripción en el servicio de salud y el seguimiento regular permiten organizar el tratamiento y obtener las recetas que correspondan.

La escuela representa otro punto de apoyo. Los niños migrantes tienen derecho a la educación pública, y la legislación brasileña contempla su acceso a la enseñanza obligatoria incluso cuando existen dificultades documentales. La adaptación, sin embargo, puede exigir paciencia. Los pequeños tienen que aprender portugués, comprender nuevas rutinas y construir amistades, mientras sus padres aprenden a comunicarse con los maestros y a entender el funcionamiento del sistema escolar.

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En algunos hogares, los hijos avanzan en el idioma con una rapidez que sorprende a los adultos. Se convierten en traductores ocasionales, ayudan con las tareas y empiezan a sentirse parte de una generación que crecerá con referencias cubanas y brasileñas al mismo tiempo.

El acceso a la universidad también forma parte de las expectativas de las familias. Brasil tiene instituciones públicas y privadas, pero el ingreso a las universidades públicas suele depender de procesos competitivos y requisitos específicos. Para los jóvenes cubanos, estudiar puede significar una nueva oportunidad, aunque también exige dominar el idioma, preparar pruebas y, en algunos casos, resolver el reconocimiento de estudios anteriores.

La educación y la salud no borran las dificultades económicas, pero aportan algo esencial: la posibilidad de que el futuro de los hijos no quede limitado por las mismas circunstancias que marcaron la vida de sus padres.

## La ayuda social y sus límites

En las conversaciones de los cubanos aparecen referencias a la Bolsa Família, a las ayudas para la compra de alimentos y a los programas de asistencia destinados a las familias de bajos ingresos. Para quienes llegan en una situación económica precaria, estas políticas pueden representar un respaldo importante durante el proceso de adaptación.

Pero conviene distinguir entre el derecho a solicitar asistencia y la concesión efectiva de una ayuda. La Bolsa Família no se entrega automáticamente a todo inmigrante que se registre en Brasil. Su acceso depende de los requisitos del programa, de los ingresos familiares, de la inscripción en el Cadastro Único y de la evaluación correspondiente. Las cantidades también varían según la composición del hogar y las reglas vigentes. Otros beneficios, como los apoyos relacionados con el gas, tienen sus propios criterios y procedimientos.

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Lo mismo ocurre con los programas de vivienda. Minha Casa, Minha Vida contempla la participación de extranjeros que cumplan las condiciones establecidas, entre ellas los requisitos de situación migratoria y elegibilidad aplicables a cada modalidad. No basta con llegar a Curitiba para recibir una vivienda o acceder automáticamente a financiación favorable.

Aun con esas condiciones, el hecho de que existan programas sociales y vías institucionales para solicitarlos constituye una diferencia importante para quienes llegan sin una red familiar amplia. El sistema no elimina la necesidad de trabajar ni garantiza que todas las solicitudes sean aprobadas, pero puede ofrecer protección a quienes cumplen los requisitos y atraviesan una situación de vulnerabilidad.

Para el emigrante, aprender cómo funciona esa red es otra parte del proceso de integración. Hay que informarse, presentar documentos, acudir a las oficinas correspondientes y comprender que los derechos sociales se ejercen dentro de procedimientos concretos.

La esperanza, en este caso, necesita acompañarse de información correcta. Una ayuda puede aliviar una etapa difícil; no debe confundirse con un ingreso garantizado para toda persona recién llegada.

## Los padres, la vejez y el deseo de reunirse

Hay una emigración que no aparece en las estadísticas de empleo ni en los anuncios de alquiler. Es la que ocurre cuando alguien comienza a preguntarse cómo traer a sus padres.

Después de estabilizarse, algunos cubanos empiezan a pensar en la reunificación familiar. Quieren que los mayores puedan vivir cerca, recibir atención, compartir el día a día con los hijos y dejar de depender de llamadas telefónicas para saber cómo están. Esa aspiración, común en muchas comunidades migrantes, adquiere un significado especial para quienes llevan años separados de sus familiares.

En Curitiba, algunos residentes cuentan que sus padres han llegado después de ellos y que han encontrado maneras de organizar su vida en Brasil. Uno de los entrevistados menciona el caso de un amigo cuyos dos progenitores llevaban ocho o nueve meses en el país. Según su relato, ambos habían comenzado a recibir una prestación asistencial.

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La precisión importa: no se trata de una jubilación automática por haber alcanzado determinada edad. Brasil cuenta con el Beneficio de Prestação Continuada (BPC), una prestación asistencial destinada, bajo condiciones específicas, a personas mayores de 65 años y a personas con discapacidad que se encuentren en situación de vulnerabilidad económica. No exige haber contribuido previamente a la seguridad social, pero sí cumplir los criterios de elegibilidad, residencia y evaluación establecidos. La situación de los extranjeros debe examinarse conforme a las reglas aplicables y a su documentación.

Para una familia que consigue reunir a sus mayores, el cambio puede ser enorme. La ayuda económica, cuando corresponde, permite cubrir parte de las necesidades básicas; la convivencia reduce la distancia afectiva y facilita el acompañamiento cotidiano.

Sin embargo, trasladar a los padres también exige tomar decisiones difíciles. Hay que resolver dónde vivirán, qué atención médica necesitan, cómo se adaptarán al clima y al idioma, y qué ocurrirá con los familiares que permanezcan en Cuba. La reunificación no borra la separación de la tierra natal: desplaza sus preguntas.

En muchas familias, el proyecto migratorio deja de ser una aventura individual y se convierte en una reorganización de varias generaciones. Los hijos buscan oportunidades; los padres esperan reunirse; los abuelos intentan encontrar tranquilidad; los nietos crecen en una cultura que quizá terminarán sintiendo tan propia como la de sus antepasados.

## La casa, el crédito y la idea de quedarse

Al principio, la vivienda suele ser una solución provisional: una habitación alquilada, un apartamento compartido, un lugar cedido por un conocido o un pequeño espacio donde acomodarse mientras aparece el primer empleo. Con el tiempo, algunos comienzan a pensar en una casa propia.

En los testimonios recogidos para este reportaje, el crédito aparece como una de las diferencias que más llaman la atención a quienes proceden de Cuba. En Brasil, los bancos y las entidades financieras ofrecen distintas modalidades de financiación, pero el acceso depende de los ingresos demostrables, el historial crediticio, la documentación, las deudas existentes y las condiciones de cada producto.

«Aquí puedes empezar a construir un historial», explica un residente. «Si trabajas, cobras tu salario y cumples con tus pagos, puedes aspirar a un crédito. Pero tienes que ir paso a paso».

La posibilidad de financiar un automóvil, adquirir determinados bienes o solicitar un préstamo para vivienda cambia la relación con el futuro. En lugar de esperar a reunir todo el dinero antes de comprar, una persona puede estudiar opciones de financiación y asumir compromisos a plazos. Eso no significa que el crédito sea gratuito ni que siempre convenga utilizarlo: los intereses, las cuotas y los riesgos deben calcularse con cuidado.

También existe el programa Minha Casa, Minha Vida, que facilita el acceso a la vivienda a personas y familias que cumplen los requisitos correspondientes. Los extranjeros pueden participar en determinadas condiciones, siempre que satisfagan los criterios de elegibilidad y regularidad migratoria aplicables. La compra de una vivienda, sin embargo, requiere planificación, documentación y capacidad económica; no es una consecuencia automática de residir en el país.

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Para muchos cubanos, la idea de comprar una casa representa algo más profundo que una operación financiera. Es una señal de arraigo. Significa comenzar a imaginar el futuro en un lugar que, al principio, solo parecía una escala inesperada.

La vivienda propia no es la única medida del éxito migratorio. Hay quienes prefieren alquilar, quienes necesitan ahorrar durante años y quienes todavía no saben si permanecerán en Brasil. Pero la posibilidad de plantearse esa meta revela un cambio: la ciudad comienza a ser algo más que el sitio donde se trabaja. Empieza a convertirse en el lugar donde uno podría echar raíces.

## El frío, el ruido y las pequeñas costumbres

Curitiba también se aprende a través de las diferencias más pequeñas. El clima obliga a buscar ropa más abrigada; los horarios y las rutinas del trabajo modifican la vida doméstica; el portugués transforma las conversaciones y las bromas. Los cubanos descubren que hay cosas que se parecen a las de la Isla y otras que exigen una adaptación más lenta.

El ruido, por ejemplo, parece un idioma compartido. «Los brasileños también son escandalosos», dice uno de los entrevistados, con la familiaridad de quien ha encontrado una semejanza inesperada. «Las motos, la cerveza, los churrascos…».

En esa enumeración hay una sonrisa. El emigrante descubre que la vida cotidiana de los demás tampoco está hecha únicamente de grandes diferencias culturales. Hay celebraciones, reuniones familiares, música, vecinos que conversan, personas que disfrutan de la comida y del encuentro. Algunas costumbres cambian; otras se reconocen de inmediato.

Pero la adaptación no ocurre igual para todos. Hay quien encuentra amigos pronto y quien tarda meses en sentirse acompañado. Algunos prefieren reunirse con compatriotas; otros buscan construir relaciones fuera de la comunidad cubana. Los más jóvenes suelen aprender el idioma con rapidez, mientras los adultos pueden experimentar una mayor inseguridad al comunicarse.

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También está la nostalgia, que no siempre aparece como tristeza visible. A veces se manifiesta en una llamada larga, en una receta que alguien intenta reproducir, en la necesidad de escuchar una canción conocida o en la costumbre de preguntar por personas que hace tiempo no se ven.

El emigrante puede aprender a vivir en Curitiba sin dejar de ser cubano. No necesita escoger entre las dos identidades. La vida, en realidad, suele encargarse de mezclarlas.

## Una comunidad que empieza a reconocerse

Cuando una comunidad migrante crece, cambia la forma en que sus integrantes se relacionan con la ciudad. Al principio, cada recién llegado intenta resolver sus necesidades de manera individual. Después aparecen los contactos, los grupos de mensajería, los anuncios de empleo, las celebraciones, los pequeños negocios y los espacios donde las personas empiezan a reconocerse.

Los cubanos de Curitiba están construyendo esa trama. Las panaderías y los restaurantes pueden convertirse en lugares de encuentro; las barberías, en centros improvisados de conversación; los grupos digitales, en una bolsa informal de trabajo y ayuda. Un anuncio de empleo puede circular por decenas de teléfonos. Una familia que encuentra un apartamento puede orientar a otra. Quien ya conoce los trámites puede acompañar al recién llegado para que no tenga que descubrirlo todo por su cuenta.

Es una infraestructura invisible, hecha de información y confianza. No sustituye a las instituciones ni resuelve todos los problemas, pero reduce la soledad de los primeros meses.

La comunidad también cambia con el tiempo. Los recién llegados de hoy encuentran a quienes llegaron antes y pueden preguntarles cómo consiguieron trabajo, qué dificultades tuvieron o qué errores conviene evitar. Los que llevan años en la ciudad comienzan a recordar sus primeros días y descubren que las cosas que ahora parecen normales fueron, en otro momento, obstáculos considerables.

El crecimiento, sin embargo, no significa que todos compartan las mismas expectativas. Algunos quieren quedarse de forma permanente; otros mantienen la mirada puesta en Estados Unidos, España u otros destinos. Hay quienes han conseguido estabilidad y quienes todavía viven al día. La comunidad no es un bloque uniforme: es una suma de historias que avanzan a ritmos distintos.

Lo que sí parece unirlas es el deseo de vivir con mayor seguridad económica, acceder a servicios que funcionen y tener margen para tomar decisiones personales. En definitiva, poder organizar una vida sin que cada paso dependa de una emergencia.

## Curitiba no es Miami, y esa también es la historia

Conviene regresar a la comparación con la que muchos empiezan. Curitiba no es Miami. Quien llegue esperando los salarios estadounidenses, las mismas posibilidades de consumo o la presencia de una comunidad cubana construida durante décadas puede encontrarse con una realidad muy diferente.

Brasil tiene sus propias dificultades: desigualdades sociales, empleos mal remunerados, trámites, barreras lingüísticas y costos que pueden absorber una parte considerable del ingreso. Curitiba tampoco es una ciudad perfecta ni está libre de inseguridad, problemas de vivienda o dificultades en los servicios públicos. La experiencia de un migrante depende de su empleo, su familia, su situación documental, sus recursos y el barrio donde logre establecerse.

Pero comparar no significa descalificar. Una ciudad puede ofrecer menos ingresos que otra y, aun así, proporcionar oportunidades valiosas para una familia concreta. Puede permitir que alguien consiga un empleo formal, que sus hijos asistan a la escuela, que una persona enferma reciba atención pública y que, con el tiempo, un pequeño negocio encuentre clientes.

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«No es Estados Unidos», resume uno de los residentes. «Pero aquí puedes trabajar, hacer tus papeles, progresar y tratar de construir algo. Hay oportunidades».

Esa percepción no debe confundirse con una promesa universal. Lo que para una persona representa una mejora puede no ser suficiente para otra. Hay emigrantes que consiguen estabilidad pronto y otros que atraviesan dificultades prolongadas. Algunos logran emprender; otros encadenan trabajos de entrada. La experiencia migratoria nunca es una línea recta.

Lo importante es que Curitiba ha entrado en el horizonte de muchos cubanos no porque se haya convertido en un paraíso, sino porque ofrece una combinación de posibilidades que merece ser considerada. A veces, el destino que no estaba en los planes termina siendo el que permite dar el primer paso.

## La vida que continúa al otro lado del mar

En Cuba quedan padres, hermanos, hijos, amigos y casas donde todavía se conserva una parte de la vida anterior. La distancia no elimina esas relaciones; las transforma. El teléfono se convierte en puente, las videollamadas sustituyen algunos encuentros y las remesas ayudan a cubrir necesidades que el emigrante no puede atender de otra manera.

La familia que se instala en Curitiba puede comenzar a disfrutar de una mayor estabilidad, pero esa mejoría convive con una preocupación permanente por quienes permanecen en la Isla. Hay noticias que alegran el día y otras que lo desbaratan. Una enfermedad, una avería, la falta de dinero o un problema familiar pueden devolver al emigrante a la sensación de estar lejos cuando más necesita estar cerca.

También existe la pregunta sobre el regreso. Algunos imaginan volver algún día; otros no saben si podrán hacerlo; otros comienzan a construir una vida que hace cada vez más difícil pensar en una mudanza definitiva. No hay una respuesta única. El vínculo con el país de origen puede mantenerse durante décadas, incluso cuando la residencia, el trabajo y los hijos ya pertenecen a otra sociedad.

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Los niños que crecen en Brasil tendrán sus propios recuerdos de Cuba, construidos a partir de las historias de sus padres, las visitas que puedan realizar y los sabores que encuentren en casa. Para ellos, la Isla puede ser una herencia afectiva antes que una experiencia cotidiana. Serán brasileños en muchas de sus costumbres y cubanos en una parte de su historia familiar.

Esa mezcla no tiene por qué vivirse como una pérdida. También puede ser una forma de continuidad. Las culturas no permanecen inmóviles cuando las personas se desplazan: viajan con ellas, se adaptan y encuentran nuevas maneras de expresarse.

En Curitiba, el cubano que prepara un plato de su tierra, abre una barbería, conduce un automóvil por las calles o acompaña a su hijo a la escuela está haciendo algo más que sobrevivir en otro país. Está construyendo una vida con materiales nuevos y recuerdos antiguos.

## La ciudad que no estaba en los planes

Quizá esa sea la paradoja más humana de esta historia. Muchos cubanos no pensaron en Curitiba como su destino principal. La ciudad apareció cuando otras posibilidades se estrecharon, cuando las rutas imaginadas dejaron de estar disponibles o cuando la necesidad de salir se volvió más urgente que el lugar al que se quería llegar.

Y, sin embargo, en esta ciudad del sur brasileño algunos han encontrado empleo, han abierto pequeños negocios, han aprendido portugués, han reunido a sus padres y han empezado a pensar en una casa propia. Otros continúan buscando su sitio, haciendo cuentas, enviando currículos y aprendiendo a moverse por una sociedad que todavía no conocen del todo. Todos forman parte de una comunidad que se reconoce cada vez más en sus calles, sus comercios y sus conversaciones.

No es una historia de éxito sin fisuras. Es una historia de adaptación, con sacrificios, dudas, logros modestos y esperanzas que deben renovarse cada día. La emigración no convierte automáticamente la incertidumbre en bienestar ni borra las dificultades que una persona arrastra desde su país de origen. Pero puede abrir caminos que antes parecían cerrados.

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Curitiba no promete resolver la vida de nadie. Ofrece, a quienes consiguen abrirse paso, un escenario donde intentarlo. Un empleo, una escuela, un curso de portugués, una consulta médica, una iglesia que comparte alimentos, un vecino que indica dónde se necesita personal o un compatriota que enseña cómo empezar un negocio pueden parecer cosas pequeñas. Juntas, sin embargo, forman la arquitectura cotidiana de una nueva existencia.

Tal vez, dentro de algunos años, quienes hoy llegan a la ciudad recuerden sus primeros días con la misma mezcla de asombro y humor con que los cuentan quienes llevan más tiempo. Quizá entonces otros cubanos encuentren en sus historias la orientación que ellos necesitaron al principio.

Porque las ciudades no se convierten en hogar el día en que uno llega, ni cuando aprende a pronunciar sus calles. Se convierten en hogar cuando uno empieza a reconocerlas, cuando tiene a quién llamar, dónde trabajar, dónde sentarse a comer y alguien que lo espera al final de la jornada.

Para muchos cubanos, Curitiba fue una alternativa que no estaba en los planes. Hoy, para algunos, empieza a ser algo más difícil de conseguir y mucho más importante que un destino: un lugar donde la vida, después de tantos cambios, vuelve a tener la posibilidad de comenzar.

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