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Por Carlos Carballido.
En tiempos donde Hollywood parece obsesionado con efectos digitales, agendas ideológicas prefabricadas y protagonistas diseñados para agradar a algoritmos, Train Dreams irrumpe como una rareza casi subversiva. No porque sea ruidosa, sino precisamente porque no lo es y lo más paradójico … producida por Netflix.
Clint Bentley, su director , adapta la novela de Denis Johnson con una sobriedad que roza lo espiritual y rescata algo que el cine contemporáneo había olvidado: la dignidad del hombre ordinario cuya sumatoria fue lo que le dieron grandeza a EE.UU.
Robert Grainier —encarnado por un Joel Edgerton contenido, austero y profundamente humano— no es un héroe al estilo moderno. No redime un país, no derroca un sistema, no libera a la humanidad. Su lucha es más elemental: trabajar, amar, sobrevivir. Y, paradójicamente, es ahí donde la película se vuelve universal. En un mundo saturado de discursos moralizantes y ruidos ideológicos, este retrato de un trabajador del ferrocarril en la América rural de comienzos del siglo XX se siente más auténtico que muchas cintas contemporáneas “comprometidas con la corrección política ”.
El film muestra el tránsito de una época: la expansión del ferrocarril, la tala masiva de bosques, el avance de la modernidad sobre la vida comunitaria y la naturaleza. Pero no lo hace desde la típica nostalgia progresista ni desde la propaganda industrialista; lo hace desde la mirada humana.
Grainier observa cómo el mundo cambia más rápido de lo que él puede comprender, y su respuesta no es rabia militante ni victimismo, sino una mezcla de resistencia callada y aceptación trágica. Esa actitud —que para muchos críticos pasará inadvertida — contiene una virtud clásica: fortaleza sin adornos.
La película funciona también como una meditación sobre la soledad masculina. No la soledad nihilista que el cine indie suele glorificar, sino esa soledad que surge cuando la vida golpea sin clemencia y el hombre debe sostenerse sin perder la cordura ni la rectitud.
Aquí no hay discursos de autoayuda ni deconstructivismo de género. Hay un hombre, su pérdida, su trabajo y la naturaleza que lo rodea. Nada más. Y es suficiente porque se vale vivir de recuerdos, leal a la esposa e hija fallecidas y con un paroxismo tal que te acompaña hasta el último suspiro antes de abrazar la muerte biológica.
Visualmente, Train Dreams es un poema áspero: paisajes amplios, silencios largos, un ritmo que rehúye el vértigo digital.
La cámara parece respetar la modestia del protagonista, como si temiera interrumpirlo. No es casual que la crítica más elogiosa describa la película como “un lienzo íntimo para una vida sin grandezas aparentes”, una frase que resume bien su esencia.
En definitiva, Train Dreams es un recordatorio incómodo para nuestra época: la historia también la sostienen los que no salen en los titulares. Los anónimos, los trabajadores, los que cargan un país sin pedir aplausos. Los que aprenden a vivir con pocas cosas pero con demasiado dolor en el alma.
Y en esa reivindicación silenciosa del hombre común, la película se vuelve más moderna —y más necesaria— que gran parte del cine que presume serlo.
Sigo sin entender por que Netflix la propuso. En otros tiempos podría ganar un Oscar. En estos no creo.