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Barcelona.- Queridos cubanos, ¿saben por qué me gusta leer la Biblia? Porque la leí a escondidas… «como un ladrón en la noche». Y no hay como leer una Biblia sin su cura o un Talmud sin su rabino.
Es fantástico encontrarse esa agua en el desierto que es un libro sagrado, sin parafernalias: solo las páginas de líneas en negrita que van hablando y hablando y hablando. Ser ese lector por cuenta propia.
La Biblia me la regaló a hurtadillas un noviete alcohólico que tuvo una de mis hermanas. Fue en Sancti Spíritus, esa mística ciudad del centro de Cuba.
Tendría yo unos 14 o 15 años y aquel granuja era un bicho de bares irreverente.
La historia del hombre también puede ser contada por sus vicios. Por sus adicciones. Los alcohólicos castristas eran tipos lúgubres que se mataban con alcohol, pero matando. El componente suicida de su adicción no les reblandecía el callo de la socialización espontánea. Seguían siendo misántropos.
Por eso, desconfíe siempre de quien bebe escondido y come agazapado.
Ellos bebían porque se sentían culpables, bebían para esconderse y no para socializar. Eran borrachos con botellas debajo de la mesa y cortinas en las ventanas en un mundo tropical, fosforescente, que ellos ocultaban con un trapo de satén barato.
Los curdas anticastristas solían ser los reyes de la extroversión. Eran empáticos, parranderos y alegres.
Era difícil ser el Hombre Nuevo de Guevara y practicar los viejos vicios de la alegría.
Así que el borrachín contrarrevolucionario era, por definición, divertimento, superación, supervivencia.
Era, para quienes amaban los libros, uno de los últimos reductos del héroe romántico: el hombre periférico que detestaba el centro. Rehuía de las camisas de fuerza del poder.
Y así era este «Perlas». Tenía una cicatriz en la nariz —por pendenciero— y se iba de bar en bar, de un doble de aguardiente a dos dobles, a tres dobles de aguardiente… y así, de coronillas en coronillas hasta la curda final.
Nunca le dije a nadie que Sancti Spíritus me encanta. Tiene un puente en arco sobre el río. Nada del otro mundo cuando vives en Europa, pero entre aquellos adoquines y tejadillos de subido escarlata, era un arco etrusco que te llevaba a Roma.
Yo tengo una amiga que me espera en Roma. Me encanta Roma. Y le cuento que hay en mi pueblo, en las montañas de los Pirineos, un famoso arte románico, y se echa a reír.
Porque a veces la felicidad es tener en vena, y parafraseando a Virgilio, que Roma esté en todas las cosas.
Este era un bicho urbanita. Un animal de ciudad. Compraba y curtía pieles a escondidas y luego, creo, fabricaba unas sandalias de cuero bastante rústicas y fuertes. Las vendía, las traficaba —algo de eso— y a cada trago de aguardiente se cagaba en la madre de Fidel y el comunismo.
Hacía un montón de dinero —me di cuenta luego— y no sé en qué carnavales se enrolló con mi hermana. El asunto es que se apareció en mi casa una buena tarde. Lo cual prueba que las leyes de los hombres cambian, pero las de la naturaleza no: solo morimos y matamos por las hembras. Y nos desplazamos hasta el fin del mundo, como hizo «el Perlas» desde Sancti Spíritus o Roma, que tienen un arco etrusco.
¿Pero quién coño no entiende eso?
El servicio militar y las cárceles están llenos de gente que está retenida en contra de su voluntad. Y aunque parezca diferente, el castigo es el mismo: no tienes libertad.
El preso, al menos, habrá «hecho algo»; habrá tenido, al menos, una pantomima de juicio.
El recluta solo cometió el delito de llegar a los 16 años. Y va, como yo ahora, remilgando, dubitativo, nervioso… a la fila donde entregan el uniforme militar, te rapan, te humillan… te someten.
Los sargentos que iban dirigiendo la fila de imberbes me recuerdan a los perros de mi padre.
No sé cómo lo hacía, pero mi padre sacaba de aquellos animales una agresividad brutal contra una parte y un servilismo horripilante hacia la otra.
Estos sargentos hacían exactamente lo mismo. Cuando uno observa la multiplicidad del vasto mundo, se da cuenta de que existen en la naturaleza patrones que se repiten. Hormas, plantillas y formas que son fractales repetidos.
Ocurre también con los comportamientos.
Por eso uno encuentra pájaros con la misma línea aerodinámica de un cetáceo. Setas silvestres en forma de glandes. Y caballitos en el fondo del mar que reproducen en miniatura la antojadiza belleza de los caballos terrestres. Por eso hay también sargentos que son perros.
Al parecer no hay un rasgo humano que no haya puesto Dios en la naturaleza.
Los sargentos ladraban a la fila de reclutas, quienes se presentaban no sin inocencia en medio del aturdimiento del reclutamiento.
Los jefecillos los empujaban. Les ponían nombretes con chanzas y burlas. Y se volvían más agresivos cuando pasaba el coronel, a quien se giraban risueños y le movían la cola, como hacían los perros de mi padre esperando que les tiraran un hueso.
Delante de mí iba un chico que, según escuché, se llamaba Osmel. Y si no recuerdo mal, su apellido era Martínez.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó mirando fijo sus papeles.
—Párese correctamente, militar… y responda alto y claro.
Leyó algo con intriga delante de Osmel y se volvió hacia un oficial que estaba detrás con una graduación más alta. Creo que era mayor.
Osmel miró a ambos lados y hacia atrás, como leyendo el paisaje. Nos miramos brevemente y él apartó rápido la vista para vigilar al sargento que seguía cuchicheando con el otro.
—¿Cuál es la intriga? —le pregunté en un susurro. Y él me balbució:
—Soy cristiano…
Maldita sea. ¿Cómo he olvidado el nombre de aquel granuja de mi cuñado? Era un tipo increíble.
En una de esas visitas a mi hermana, enseguida notó que yo también era entusiasta de detestar a los comunistas.
Una vez, por alguna razón, fui con mi madre al hospital de Santa Clara a un turno médico y, como nos sobraba el tiempo, fuimos a parar a Sancti Spíritus a visitar a mi hermana, que vivía con el Perlas en esa ciudad.
Como era de esperar, mi madre y mi hermana se quedaron hablando y poniéndose al día de los chismes y asuntos familiares un buen rato.
«El Perlas», en una de esas, me dice:
—Chama, vámonos a dar una vuelta, que nosotros no estamos para esto. Y nos largamos.
El tipo vivía en una casa bastante graciosa, de madera y tejas, en la misma calle de la estación que como en casi todas las ciudades viejas de Cuba tenía un nombre y los vecinos la llamaban por otro.
Cuando se enteró de que era mi primera vez en la ciudad, se sintió un cicerone importante.
—Primero vamos a darnos un palo de ron en La Taberna… y ahí te enseño el Yayabo. Después vamos al Rincón… y al Asturiano…
El Perlas hablaba de la ciudad como quien se va despidiendo. No sé si era porque sabía que se estaba matando él o que estaba feneciendo ella. Entraba a los bares donde todos lo conocían y se hacían bromas en códigos extraños.
Rápido comprendí que aquellos borrachines solo bebían y hablaban mal del comunismo, lo cual me llenó de una inmensa certeza.
Me hacía pensar que yo no estaba equivocado.
Volvimos medio borrachos como a las cuatro de la tarde. A esa hora mi mamá y mi hermana nos esperaban con un cuenco de chicharrones.
Y el Perlas sacó otra botella de ron Caney, por supuesto, y algo más de comer.
A Osmel, el sargento lo llamó aparte. Le preguntó si era cierto que tenía «creencias religiosas», como decía su expediente, y Osmel le respondió:
—No, señor. Yo creo en Cristo Rey, mi Señor… y solo Él es dueño de mi existencia.
El sargento, chapucero como todos los sargentos, titubeó y no encontró palabras. Prefirió no insistir en el caso, rehuyendo parecer ridículo.
—Toma —me dijo—, y me alcanzó una máquina eléctrica de cortar el cabello enchufada a una pared.
—Córtale el pelo al cero y cuando acabes que él te lo corte a ti.
Osmel y yo nos quedamos estupefactos. A la humillación de cortarnos el pelo había que sumarle el hecho de que tuviéramos que hacerlo nosotros mismos.
La percepción era que sería solo la primera de una larga lista de vejaciones.
Ya en el tren que nos llevaba de Sancti Spíritus a Cienfuegos, cayendo la noche, vi que mi madre estaba dormida a mi lado.
Saqué la Biblia que me regaló el Perlas y la abrí por donde él me había dicho que empezara.
—No se la enseñes a nadie —me dijo—. Y empieza por aquí.
Abrió el libro, me mostró una página doblada, lo volvió a cerrar y me lo puso en la mano.
—Te va a hacer falta —me dijo. Y nos dimos un abrazo.
Para no cargar con la Biblia entera, que era un libro prohibido, preferí pasar a mano el capítulo que el Perlas me había recomendado.
Mi hermana me contó que el Perlas había estado preso en la prisión de Nieves Morejón por un delito de desacato político.
La parte que me recomendó fue la carta que san Pablo apóstol, preso y a punto de ser ejecutado en Roma, le envía a Timoteo, su discípulo preferido.
El día que nos hicieron cortarnos el pelo, la llevaba transcrita en un bolsillo.
Ya pelados al rape, a mí me permitieron pasar y a Osmel lo dejaron detenido, junto a otros oficiales que habían venido a buscarlo.
Me di cuenta de que me había quedado con su gorra cuando le cortaba el pelo.
Saqué la nota bíblica escrita a mano… y la escondí en el dobladillo interior de por la parte de la visera. Le hice una seña y me marché.
Al Perlas nunca más volví a verlo. Luego de mil percances de alcohólico, con mi hermana, volvió a caer preso… y finalmente se lo llevó una cirrosis temprana.
A Osmel lo encontré tres o cuatro años después, en unos carnavales.
Estábamos los dos muy cambiados. Él estudiaba Medicina y yo Periodismo.
Me llamó aparte y me puso las manos en los hombros:
—Oye, hermano, qué grande lo que me dejaste aquella vez en la gorra. Llevo años queriendo decírtelo. Hasta me lo he aprendido de memoria:
…»También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres»…
Y ahí lo interrumpí.
—¡Timoteo 3, 1-17! —le dije.
Hoy quiero creer que hemos llegado a «los postreros días» de la dictadura en Cuba. Que no tendremos que leer ningún libro escondido nunca más. Mantengan la alegría y la calma.
Estos son tiempos perversos y difíciles de manejar.