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Por Neilán Vera

Ciego de Ávila.- Hoy la libra de arroz estaba a 360 pesos, 40 más que la última vez que compré, hace 15 días. En otras partes de la ciudad de Ciego de Ávila ya está a 370, 390 y hasta a 400, así que pude considerarme afortunado y le pagué al vendedor lo que me pidió.

No importa lo que digan en Cuadrando la Caja: comer arroz en Cuba es mucho más que un capricho gastronómico. Es un hábito enraizado desde nuestra época colonial, forma parte de nuestras costumbres alimentarias y, en estos momentos, por mucho que estemos a tres pasos de volver a las flechas y al taparrabos, ninguno de nosotros se imagina dándose un atracón de casabe todos los días. Simplemente no nos da la gana.

Por eso, conseguir arroz forma parte de las rutinas de cualquier familia cubana. En mi caso, lo hago cada dos semanas, y he notado un patrón numérico en esas compras: siempre que abro la jaba frente al saco lleno hasta la boca de granos blancos, la libra es 40 o 50 pesos más cara que la ocasión anterior. Puede parecer una bobería, pero no cuando se multiplica por 10 o 15 libras en cada compra, y descubres, por ejemplo, que el dinero con el que antes comprabas el café, ahora debes usarlo para completar el pago del arroz.

Ese incremento de los precios de los productos es lo que se denomina inflación. A veces se habla de este fenómeno económico en términos muy académicos, formales, pero nadie como el cubano de a pie puede dar la mejor definición posible: inflación es cuando tienes miedo de que un día el dinero no te alcance para comer.

Siguiendo esta matemática de bodeguero, como me diría una amiga, para los últimos días de diciembre la libra de arroz debe estar alcanzando los 500 pesos, o sea, el 15 % del salario mínimo en el país. No obstante, todos sabemos que quizá esté mucho más cara, porque en fin de año la gente siempre quiere comer un poquito mejor, y en tales circunstancias, nuestros revendedores y mipymeros nos aplicarán su Ley de la Oferta y la Demanda; es decir, pondrán el precio que les dé la gana y nosotros seremos libres de comprar o dejar de comer. Simple. Simplísimo. Y si quieres discutir, no faltará la explicación de que «eso es el mercado, amigo», porque si algo tienen de sobra nuestros negociantes es la labia.

Por supuesto, además de arroz, uno debe comprar otras cosas en el mes: algo de frijoles, vianda, azúcar, condimentos, aceite vegetal o grasa animal, plato fuerte, carbón para cocinar, jabón, desodorante, pasta dental… Y eso es solo una parte de los gastos mensuales de un hogar.

Algunos podemos asumir, por el momento, esos precios; pero muchos cubanos ya no pueden escapar de la extrema pobreza, porque el salario no les alcanza o porque cobran una jubilación de miseria; gente que convive a diario con las desgracias cotidianas, con la frustración, con el hambre, con la precariedad. Son los marginados, los olvidados, los perdedores, los excluidos, los humildes que estaban llamados a ser el alma de una revolución con ellos, por ellos y para ellos. Pero eso ya es historia.

En la crudeza de esta Cuba del 2026 no hay espacio para las ilusiones ni la fe en el futuro. No puede haberlo. Solo existe una incertidumbre enorme, que le sale a uno de las vísceras, le sube por toda la espina dorsal y se le incrusta en las sienes. Esa preocupación constante, esa asfixia existencial, ese cansancio viejo, esa desconfianza, terminarán teniendo una expresión política violenta. No será hoy ni mañana, pero ocurrirá, porque no se le puede pedir al pueblo comprensión, sacrificio y austeridad, cuando el pedido viene de personas en posición de privilegio o cuando lo único que se le promete a este país, curtido en el rigor de la espera, es dignidad y soberanía.

La dignidad es solo una palabra vacía, abstracta, desgastada, si no trae consigo la satisfacción de las necesidades básicas de las personas. La soberanía, sin participación popular real y efectiva, no pasa de un chiste de mal gusto, porque significaría que sobre nuestro cuello no presiona una bota yanqui, sino el zapato lustrado y caro de una élite de burócratas, militares y empresarios privados cubanos; y a un cuello casi estrangulado le da lo mismo si la suela que lo aplasta es criolla o Made in USA. La dignidad y la soberanía no significan nada ante el plato de comida vacío o frente al pequeño fondaje de agua en los tanques y los cubos de una casa.

Decía algunas líneas más arriba que el descontento terminará teniendo una expresión política violenta, pero la realidad es que ya esa expresión está desarrollándose, y cualquiera que camine por las calles cubanas lo percibirá. Quizá el problema es que quienes necesitan convencerse de esa tensión popular casi no se bajan del carro y, claro, desde vehículos y oficinas climatizados, se deja de ver y de escuchar mucho.

En estos momentos el dirigente que no sepa, no pueda o no le interese resolver las principales preocupaciones del pueblo no debería estar en una responsabilidad de dirección. Que entregue el cargo y se haga a un lado. No lo digo yo, lo han sugerido ciertos políticos nuestros, que de incapacidad y falta de ánimo saben mucho. Pero nada: siguen aferrados a cuatro prebendas y al estatus de jefes, aunque su trabajo, o lo que sea que hagan en tantas reuniones, no se traduzca en una mejoría de las condiciones de vida de la gente o al menos en garantizar que las cosas no se pongan peor de lo que ya están. Como vi los otros días en un meme: quieren tanto a los pobres que los fabrican.

Y me dirán ustedes: «¿Qué tienen que ver los dirigentes con el arroz que compraste en la calle?» Pues todo. Que Cuba y sus provincias y municipios lleven años trastabillando con políticas económicas, medidas y decisiones fallidas; que el comercio minorista de alimentos esté en manos del sector privado y el Estado incumpla su deber constitucional de regular el mercado; que el pueblo deba pagar un precio cada vez mayor para comer; que luego de tantas promesas, discursos, asambleas y mesas redondas las personas hayan dejado de creer en ese proyecto emancipatorio que fue, y tendría que seguir siendo, la Revolución Cubana; que a los comunistas se nos tache de mentirosos e ignorantes, por la falta de cultura, empatía y honestidad de funcionarios que en realidad no son comunistas ni martianos; que casi todos mis amigos se estén yendo del país o piensen hacerlo a la primera oportunidad; y que sea tan, tan difícil construir un proyecto de vida en tu propio país, sí, es culpa del Bloqueo y de la crisis económica internacional, pero sobre todo es responsabilidad de quienes ocupan cargos políticos y de gobierno a nivel central, provincial y municipal, y no han estado a la altura del momento.

Este no es un pueblo exigente. Prácticamente no se oye a nadie decir que quiere una mansión, un yate y tres carros. Solo queremos comer, tener electricidad, agua, atención médica y calles seguras, sin delincuencia. No es mucho pedir, pero sí es pedirle a algunos mucho más de lo que son capaces de gestionar. Y, mientras tanto, mientras aguardamos a que alguien salga a decirnos que las 176 medidas tampoco dieron resultado, la gente sigue gastando su vida, la única que tiene, en esperar tiempos mejores.

¿Llegarán?

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