El drama está a las puertas: ¿hablarán las encuestas o la memoria histórica?

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- A pocas horas de la verdad, el próximo 3 de noviembre, Estados Unidos se enfrenta a una decisión que trasciende el resultado electoral. ¿Hablarán las encuestas o será la memoria histórica la que incline la balanza?

No oculto mi incertidumbre. Conozco los errores cometidos por los republicanos. Los he señalado y reconozco su peso en el voto. No soy un fanático, ni pretendo justificar lo injustificable. Soy un hombre que observa, analiza y procura actuar en correspondencia con sus convicciones.

Pero, precisamente por eso, considero necesario mirar también al otro lado.

¿Acaso hemos olvidado los errores demócratas? ¿Hemos borrado de nuestra memoria sus acercamientos políticos a regímenes autoritarios, sus gestos de benevolencia y las consecuencias que determinadas decisiones tuvieron para pueblos sometidos a dictaduras?

En el caso cubano, la apertura de Obama hacia La Habana despertó esperanzas en muchos, pero también profundas preocupaciones. Para quienes hemos conocido la realidad del castrismo, aquellos gestos no fueron simples movimientos diplomáticos: representaron una legitimación política que, a mi juicio, ignoró demasiado el sufrimiento de los cubanos.

La memoria histórica no puede ser selectiva. No puede condenar los errores de unos y absolver los de otros.

Tampoco podemos reducir esta elección al precio de la gasolina, al costo de la vida o a las dificultades económicas. Son problemas reales, que afectan a millones de ciudadanos. Pero la economía tiene ciclos, y las dificultades materiales pueden cambiar con el tiempo.

Hay decisiones políticas que dejan consecuencias mucho más profundas.

La política migratoria es una de ellas. Barack Obama alcanzó cifras extraordinariamente elevadas de deportaciones durante su presidencia. Lo hizo con menor exposición mediática, pero la magnitud de aquellas expulsiones fue considerable. Hoy, cuando la inmigración ocupa un lugar central en el debate nacional, resulta indispensable recordar que este problema no nació ayer ni pertenece exclusivamente a un partido.

Yo mismo he expresado mi rechazo a los métodos que recurren a la violencia y al trato indigno. La aplicación de la ley no debe despojar al ser humano de su dignidad. Pero tampoco podemos olvidar que una nación tiene derecho a establecer y hacer cumplir sus normas migratorias.

Mi preocupación va más allá.

Me inquieta el desplazamiento de sectores demócratas hacia posiciones que considero excesivamente radicales: la expansión de ideas socialistas, el debilitamiento de principios tradicionales y determinadas corrientes culturales que cuestionan incluso realidades biológicas elementales.

No se trata de negar la libertad de pensamiento ni de desconocer los derechos de las personas. Se trata de preguntarnos hacia dónde conduce un proyecto político cuando abandona el equilibrio, convierte la ideología en dogma y pretende imponer a toda la sociedad una determinada visión del mundo.

Por estas razones, considero que votar demócrata sería un serio error. No porque los republicanos sean infalibles, sino porque juzgo que determinadas orientaciones demócratas representan un riesgo mayor para los principios que considero esenciales: la libertad, la responsabilidad individual, el respeto a la ley y la defensa de las instituciones.

La memoria histórica debe servirnos precisamente para eso: para no confundir una decepción presente con el olvido de errores pasados.

La historia nos enseña que los pueblos no siempre se equivocan por desconocimiento. A veces se equivocan porque olvidan. Porque juzgan el presente sin examinar las consecuencias de decisiones anteriores. Porque permiten que la propaganda, la emoción o el desencanto sustituyan al análisis.

No pretendo decirle a nadie cómo debe votar. Expongo mis razones y asumo la responsabilidad de mi decisión.

Las encuestas pueden anticipar tendencias. Pueden medir intenciones, preferencias y estados de ánimo. Pero no pueden medir con exactitud el peso de la memoria, las convicciones profundas ni las lecciones que cada ciudadano ha extraído de su propia historia.

¿Hablarán las encuestas o hablará la memoria histórica?

Yo ya voté. Y voté con memoria. Voté republicano. Porque la memoria histórica no es una condena al pasado: es una advertencia para el futuro.

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