El pez que se comió el lago

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En los años cincuenta, alguien miró el lago Victoria y vio un problema de negocio. Había millones de peces pequeños, sí, pero no valían nada. La solución, pensaron, era meter un monstruo. Un pez capaz de medir dos metros y pesar doscientos kilos. La perca del Nilo llegó como una promesa de filetes y divisas. Y funcionó. Tan bien que el lago nunca volvió a ser el mismo.

El problema es que la naturaleza no entiende de planes de mercado. Esa mole de escamas no era de allí, y las barreras naturales que la mantenían a raya desaparecieron cuando la mano del hombre la soltó en un ecosistema que no estaba preparado. Hubo científicos que levantaron la mano y avisaron: esto va a ser un desastre. Pero el negocio pesaba más que la advertencia. Y en los ochenta, cuando la perca explotó, el lago se convirtió en su despensa personal.

Quinientas especies de cíclidos, muchas de ellas únicas en el mundo, desaparecieron en pocos años. Devoradas por un depredador que no tenía enemigos, intoxicadas por la contaminación y asfixiadas por la falta de oxígeno. El paraíso de la biodiversidad se convirtió en un criadero de carne blanca. Y mientras los científicos contaban las bajas, los pescadores contaban los billetes. La perca se vendía en Europa, las fábricas crecían alrededor del lago y el dinero empezó a fluir como nunca.

La contradicción

Pero hay una vuelta de tuerca que nadie esperaba. Hasta los restos del pez, las cabezas y los esqueletos que sobraban después del fileteado, se convirtieron en comida para los más pobres. En Kenia los llaman mgongo wazi, y para muchas familias son el plato del día. Así que ahora tienes una contradicción imposible: si eliminas la perca, salvas la biodiversidad, pero condenas al hambre a comunidades enteras. Y si la dejas, sigues matando el lago. No hay salida fácil.

Lo curioso es que, desde los noventa, cuando la perca gigante empezó a escasear, algunos cíclidos volvieron a aparecer. El lago se está recomponiendo a su manera, pero ya no es el de antes. La lección es vieja y cruel: los experimentos con la naturaleza se pagan caros, y cuando una economía entera crece alrededor de un error, deshacerlo duele más que mantenerlo. La perca del Nilo es hoy un monstruo de dos caras: el negocio que salvó a unos y el depredador que se comió a los otros.

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