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Por Redacción Nacional
La Habana.- Manuel Viera, opositor cubano y activista frontal contra el régimen, salió recientemente de Cuba deportado bajo presiones directas de la Seguridad del Estado. No fue una decisión voluntaria ni planificada. Fue una salida forzada, abrupta, marcada por la incertidumbre, el desarraigo y el dolor familiar. Así lo dejó claro en un testimonio crudo, escrito desde la madrugada más difícil de su vida, cuando tuvo que abandonar la isla sin destino definido, apenas con lo puesto y con la única certeza de que quedarse significaba cárcel o algo peor.
En su relato, Viera describe un exilio que no se parece al de las postales ni al de los discursos oficiales. Salió solo, sin dinero, sin un país claro al cual llegar, empujado por un aparato represivo que durante años lo citó, lo amenazó y lo acosó psicológicamente. Su decisión de marcharse estuvo atravesada por una estrategia de supervivencia: ponerse a salvo para poder sacar cuanto antes a su esposa y a su hija de lo que él mismo define como un infierno. El exilio, en su caso, no es huida; es una jugada obligada.
El momento más desgarrador del testimonio ocurre puertas adentro, lejos de consignas y política. Manuel Viera cuenta que pasó cinco horas abrazando a su hija dormida, llorando en silencio, sabiendo que debía irse sin poder despedirse como hubiera querido. Pide a los cubanos de bien que cuiden a su esposa y a su niña, confiado en la fortaleza de una mujer a la que describe como una leona. Ahí, en ese gesto íntimo, queda al desnudo el verdadero costo de la represión: familias rotas, padres ausentes, infancias marcadas.
El texto también es una denuncia directa contra los métodos de la Seguridad del Estado. Viera señala a los interrogadores, a los falsos oficiales, a los hombres que golpean mesas, exhiben armas y amenazan con involucrar a la familia para doblegar voluntades. No hay eufemismos ni medias tintas. Habla de tortura psicológica, de miedo inducido, de un poder que se cree omnipotente pero que, según él, está cometiendo errores, mostrando nerviosismo y perdiendo el control.
Lejos de asumirse como derrotado, Manuel cierra su mensaje con una advertencia y una promesa. Insiste en que no se va porque quiere y que piensa regresar. Asegura que Cuba está a punto de cambiar y que este no es un final, sino apenas el comienzo. Su salida forzada se suma a la larga lista de destierros políticos que ha producido el castrismo durante décadas, confirmando una vez más que el régimen prefiere expulsar a sus críticos antes que permitirles existir dentro del país. El exilio de Viera no es una despedida: es una cuenta regresiva.