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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Hace apenas unas horas, Donald Trump declaró una emergencia nacional relacionada con Cuba. El gobierno cubano fue calificado como una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos. Esa frase no es retórica: en el lenguaje legal estadounidense es una categoría jurídica concreta, con consecuencias reales.
¿Qué significa realmente una “emergencia nacional” en EE. UU.?
No es una declaración formal de guerra. No es una invasión anunciada. Pero tampoco es un gesto simbólico.
Una emergencia nacional es una herramienta legal que permite al presidente activar poderes económicos, administrativos y de seguridad sin esperar una aprobación inmediata del Congreso. Sirve para presionar, sancionar, bloquear y castigar conductas consideradas graves.
La experiencia reciente demuestra que estas emergencias pueden convivir con acciones militares puntuales, como ocurrió en Irán, Siria y más reciente en Venezuela. No siempre hay guerra declarada, pero sí ha habido ataques directos.
Y por eso la pregunta es válida: si no es guerra ni invasión, ¿por qué hay barcos militares y portaviones cerca de Cuba? ¿Por qué aviones militares han sobrevolado el territorio cubano? ¿Qué han visto esos aviones?
Porque la presencia naval no anuncia un ataque inmediato, pero sí cumple funciones clásicas: disuasión, control del entorno y preparación ante escenarios de colapso o escalada. Eso no es excepcional: es doctrina.
¿Por qué Cuba encaja legalmente en esta figura?
La ley exige que un gobierno extranjero que afecte la seguridad nacional, la política exterior o la economía de EE. UU. de forma persistente, no ordinaria y difícil de manejar con los mecanismos habituales. Desde ese marco; nos guste o no, Cuba encaja: no es un país aliado, no es un país neutral, y mantiene una conducta sistemática que Washington considera hostil, no sólo por sus constantes ataques verbales, también por sus alianzas, su papel regional y su dependencia energética sostenida por vías opacas o contrabando de hidrocarburos.
Esto no es nuevo. Estados Unidos ha usado este mismo razonamiento legal con Irán, Corea del Norte, Siria y Venezuela. En varios de esos casos sí hubo uso de fuerza, aunque no guerras formales. Cuba lleva años en esa categoría; lo que cambia ahora es el momento y la intensidad.
Sí, hay justicia en enfrentar a una tiranía que ha destruido un país. Sí, hay solidaridad con un pueblo empobrecido, reprimido, exhausto y expulsado al exilio.
Pero sería infantil ignorar lo esencial: Estados Unidos prefiere una dictadura debilitada y contenida, antes que una transición caótica que tenga que administrar. Y mientras ese cálculo se impone, el pueblo cubano queda atrapado entre dos realidades: un régimen despiadado que lo exprime, lo reprime y lo usa como escudo, y una presión externa que no sustituye la responsabilidad interna.
Aquí va la frase que duele, pero es verdad: Nadie va a liberar a Cuba desde afuera sin una participación interna. Ninguna flota, ninguna sanción, ninguna emergencia nacional hará el trabajo que los cubanos no estén dispuestos a hacer.
La agonía no termina sola. Y aunque sea injusto, brutal y desigual, es al propio pueblo cubano a quien le corresponde tomar las calles, ponerle rostro a la dictadura y romper el miedo.
Todo lo demás; sanciones, declaraciones, portaviones, solo crea el contexto. La historia la deciden los pueblos.
Pregunta para el debate: ¿Crees que esta presión acorta la agonía…o la prolonga si no hay respuesta interna?