
Mets, el arte de la descomposición en abril
Por Robert Prat ()
Nueva York.- La derrota, esa vieja costumbre neoyorquina, se ha instalado en Queens con la puntualidad de un moroso que no sabe pagar sus deudas. Once seguidas llevan los Mets, una cifra que ya no es un traspié, sino una geografía: la del absurdo, la del desastre meticuloso que devora nóminas de 352 millones y aspiraciones de Serie Mundial.
Francisco Lindor, que ve venir el vendaval con la claridad de quien ya ha estado en el ojo de la tormenta, lo anuncia sin ambages: «Se va a armar un buen lío. Un lío tremendo».
No es una profecía, es una constatación. Porque cuando el cerrador Devin Williams, esa costosa apuesta de 51 millones, desperdicia la ventaja en la novena, y el equipo batea .145 con corredores en posición de anotar, las críticas no se intensifican: se vuelven merecidas.
Es la racha más larga desde 2004, el abril más putrefacto en la historia de la franquicia, y el lunes de descanso no será un respiro, sino la pausa antes del ajuste de cuentas.
Claro… nadie sentirá lástima
«Esta sensación es horrible», admite Lindor, mientras el manager Carlos Mendoza intenta infundir coraje con la frase hecha de que nadie sentirá lástima por ellos. Pero el problema no es la lástima ajena, sino la evidencia propia: 62 carreras en contra, 19 a favor durante la racha; un equipo que se desangra en silencio, con Soto en la enfermería y el espíritu de los años ochenta convertido en un recuerdo lejano.
Michael Conforto, ese fantasma del pasado, apareció para recordarles que el dolor tiene nombre y apellido. Y sin embargo, en medio del lodazal, persiste la obstinación de Lindor: «Mantenemos la frente en alto, luchando el uno por el otro».
Esa es la paradoja de los Mets: una nómina de campeones y un juego de perdedores, una racha que ya roza el récord de 2002 y una posibilidad estadística (solo cuatro equipos han superado una decena de fracasos seguidos para llegar a la postemporada) que brilla más como un espejismo que como un destino. Mendoza, Lindor y los suyos saben que el lío está armado. Ahora solo queda ver si saben desarmarlo.






