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Por Anette Espinosa
La Habana.- Después de ver a Nicolás Maduro declararse inocente ante un tribunal de Nueva York —una escena que solo puede provocar risa o indignación pura— es inevitable que a uno se le active la memoria. Inocente, dice, un hombre que tiene más expedientes abiertos que un buró de la Seguridad del Estado y que, muy probablemente, terminará pasando más años tras las rejas que el mismísimo Chapo Guzmán. Ese acto de cinismo judicial trae de vuelta otra mentira, igual de burda y repetida hasta el cansancio: la de los voceros de la dictadura cubana asegurando que Cuba “no tenía militares en Venezuela”.
Ahí están los Miguel Díaz-Canel, Bruno Rodríguez Parrilla y Johana Tablada, con cara de póker y verbo de cartón, negando durante años lo que era un secreto a voces. Que no, que Cuba solo enviaba médicos, asesores técnicos, solidaridad revolucionaria y poesía bolivariana. Nada de botas, nada de galones, nada de inteligencia militar. Lo dijeron una, dos y veinte veces, convencidos de que repetir la mentira la convertiría en verdad, o al menos en una versión tolerable para la comunidad internacional.
La realidad, sin embargo, siempre fue más terca que el discurso oficial. Cuba no solo tuvo militares en Venezuela: tuvo —y tiene— control, asesoría directa y una influencia decisiva en los aparatos de inteligencia y represión del chavismo. Desde el G2 incrustado en los cuarteles hasta los “asesores” que enseñaron cómo vigilar, reprimir y mantenerse en el poder a cualquier precio. Negarlo hoy, con Maduro sentado en un tribunal estadounidense, suena no solo cínico, sino francamente estúpido.
Maduro no se sostuvo solo. Fue sostenido. Por La Habana, principalmente. Cuba exportó a Venezuela su modelo de control social, su manual de persecución política y su experiencia en aplastar cualquier disidencia antes de que creciera. Mientras Bruno Rodríguez hablaba de soberanía y Johana Tablada tuiteaba consignas, los cubanos mandaban cuadros, oficiales y métodos, asegurándose de que el chavismo no se les fuera de las manos.
Por eso, cuando Maduro se declara inocente en Nueva York, no solo se juzga a un hombre, sino a toda una estructura de complicidades. Y entre ellas, la mentira sistemática del régimen cubano ocupa un lugar central.
Negaron la presencia militar como hoy niegan cualquier responsabilidad en el desastre venezolano. Pero la historia, tarde o temprano, pone a cada cual en su sitio. Y cuando ese capítulo se escriba completo, los nombres de Bruno Rodríguez y Johana Tablada quedarán anotados como lo que son: voceros profesionales de una mentira que ya no se sostiene ni con muletas.