
Mohamed VI, el rey que reina desde la distancia
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Marruecos no se gobierna desde el Palacio Real, sino desde los pasillos de un círculo íntimo que convierte la ausencia del monarca en una forma de gobierno. Mohamed VI aparece poco, firma lo justo y deja que otros muevan los hilos. El trono tiene dueño, pero el mando, en la práctica, lo lleva una junta directiva palaciega que decide mientras el rey mira desde lejos.
Ese núcleo duro tiene nombre y apellido: el Majzén. No es una institución, no sale en los manuales de Derecho Constitucional, pero funciona como el verdadero consejo de administración del reino. Familiares, amigos de la infancia, compañeros de universidad y jefes de seguridad controlan los resortes del poder y se aseguran de que nada importante se escape del Palacio. La Constitución le da a Mohamed VI poderes casi absolutos, pero él los delega en unos pocos elegidos que actúan como auténticos virreyes.
Si hay un nombre que define ese poder en la sombra, ese es Fuad Ali El Himma. Compañero de pupitre del rey en el Colegio Real, ha pasado de ayudante a consejero imprescindible y de ahí a algo parecido a un primer ministro sin cartera. Controla quién entra a ver al monarca, coordina los servicios secretos, fundó un partido a su medida para frenar al islamismo y maneja la política exterior como si fuera un asunto privado. El Himma no aparece en las fotos oficiales, pero sin él no se entiende nada.
Mucho control y poca democracia
Su otro yo ejecutivo es Abdelatif Hammouchi, el hombre que controla la policía y la inteligencia interior. Si El Himma diseña la estrategia, Hammouchi se encarga de que se cumpla, con o sin guantes. Juntos forman el dúo dinámico del Estado profundo marroquí: uno piensa, el otro aprieta. Y mientras tanto, el rey descansa en Francia, en Gabón o donde le apetezca, que para eso es el jefe.
El resultado es un sistema cómodo para la estabilidad del régimen, pero tóxico para cualquier idea de democracia real. El poder se concentra en unos pocos, las instituciones formales quedan de adorno y las decisiones importantes se toman sin que nadie las fiscalice. El episodio de Ceuta, con El Himma y Hammouchi señalados como organizadores, solo confirmó lo que muchos sospechaban: en Marruecos, el rey reina, pero quien manda de verdad es su círculo. Y ese círculo no rinde cuentas ante nadie.



















