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Por Jorge L. León

Houston.- Este no es un texto de opinión ni un ejercicio retórico. Es una acusación política y moral. Cuba no padece una crisis coyuntural: Cuba es la evidencia final de un modelo fracasado, sostenido por la represión y blanqueado por la mentira. Defender hoy la llamada “revolución cubana” no es ideología: es complicidad.

No hay épica en el hambre ni heroísmo en los apagones. No existe justicia social donde faltan agua, alimentos, medicamentos, electricidad y libertades básicas. Eso no es resistencia: es degradación administrada. Un poder que no produce bienestar, pero sí miedo, propaganda y exilio, ha perdido toda legitimidad moral.

El desastre cubano no es un accidente ni una fatalidad externa. Es el resultado lógico de un sistema que destruyó la producción, castigó el mérito, persiguió la iniciativa y convirtió la obediencia en virtud cívica. Un régimen que necesita vigilar, encarcelar y callar para sostenerse está políticamente agotado y moralmente muerto.

Este manifiesto señala también a los cómplices: intelectuales complacientes, militantes reciclados, apologistas de consigna y falsos humanistas que, desde el silencio o la justificación, han prolongado la tragedia. Sin ellos, la ruina no habría alcanzado tal profundidad ni tal duración.

Ustedes, canallas, son los cómplices de que hoy Cuba sea una zanja de fango, estiércol y basura, convertida en cenizas y miseria. Ustedes, miserables, han sido partícipes necesarios de esta pesadilla. No por ignorancia, sino por conveniencia; no por error, sino por cobardía moral. Defender esta calamidad es participar de su putrefacción.

Rechazamos la coartada permanente del fracaso. Rechazamos la propaganda que convierte la miseria en virtud y la represión en sacrificio. Rechazamos la criminalización de la disidencia y el secuestro de la verdad. No hay soberanía con el plato vacío ni dignidad bajo el terror.

Afirmamos principios irrenunciables:

— La dignidad humana está por encima de cualquier ideología.

— La libertad no se pospone ni se negocia.

— No existe justicia social sin legalidad, pluralismo y alternancia.

Cuba necesita una ruptura definitiva con este modelo y una reconstrucción económica, institucional y moral. Necesita ciudadanía en lugar de sumisión, trabajo en lugar de propaganda, verdad en lugar de consignas.

La historia no absolverá a quienes defendieron lo indefendible cuando ya no quedaban dudas. No absolverá a quienes callaron mientras un país entero era empujado al abismo.

Porque llegará el día —siempre llega— en que las banderas no tapen el hambre, los discursos no oculten la miseria y la pregunta final caiga como una sentencia moral:

¿Cómo se atrevieron a defender lo indefendible?

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