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Maduro vivo y Cabello y Padrino neutralizados: la lógica fría de Washington

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Por Albert Fonse ()

Ottawa.- Estados Unidos quiso capturar a Nicolás Maduro vivo por razones frías y estratégicas. Aunque es un dictador y, por ende, un presidente ilegítimo, su eliminación directa habría sido interpretada internacionalmente como la muerte de un jefe de Estado en funciones, con un costo político, jurídico y mediático elevado. Ese cálculo explica por qué Washington optó por capturarlo y no eliminarlo de inmediato.

Como fuente de información, Maduro resulta clave al ser un narcoterrorista aliado de enemigos de los Estados Unidos como Rusia, China, Irán y Cuba. Esa alianza lo coloca en una categoría distinta a la de un criminal común. Funciona como un nodo geopolítico, un punto de conexión entre el crimen organizado transnacional y potencias que compiten abiertamente con Estados Unidos. Su rol le permitió conocer y coordinar redes de narcotráfico, lavado de dinero y rutas financieras, pero también acuerdos opacos de cooperación militar, presencia de asesores extranjeros, uso de infraestructura estratégica, penetración de servicios de inteligencia y compromisos económicos y tecnológicos que no figuran en ningún documento público. Muerto, toda esa información se pierde. Vivo, puede transformarse en pruebas y golpes directos contra redes criminales y arquitecturas de influencia que van mucho más allá de su figura personal.

También pesó el impacto político interno en Estados Unidos. Provocar la muerte de un presidente en funciones, incluso uno criminal, abre frentes con el Congreso, los medios y los tribunales, además de sentar precedentes peligrosos. Capturarlo vivo permitió controlar el relato, reducir el ruido político y sostener la narrativa de estado de derecho, evitando que la izquierda internacional explotara durante años el discurso de victimización.

Hay, además, un precedente estratégico que Washington cuida con extremo celo. Si hoy se normaliza eliminar físicamente a un presidente enemigo, mañana otros actores usarán la misma lógica. Países como Rusia o China podrían tomarlo como ejemplo para justificar acciones similares contra líderes adversarios o aliados de Estados Unidos. En geopolítica, las reglas que se rompen rara vez se rompen una sola vez. Estados Unidos mide muy bien qué puertas abre, porque luego no siempre puede cerrarlas.

¿Por qué la estrategia cambia para los cómplices de Maduro?

Nada de esa lógica aplica a Vladimir Padrino López ni a Diosdado Cabello. Ellos no representan al Estado ni encarnan una jefatura institucional. Son operadores del crimen y de la represión. Su valor no es simbólico ni político, es puramente operativo. Mantenerlos solo les permite acumular más poder, cerrar salidas y bloquear cualquier transición real.

Además, repetir una operación de extracción sería más costoso y riesgoso. En su caso, la neutralización resulta operativamente más simple y con menor impacto internacional, porque no cargan con el peso simbólico que, para bien o para mal, aún recaía sobre Nicolás Maduro.

La administración Trump no puede demorarse ni alargar las negociaciones. En menos de un mes, estos dos personajes deberían estar fuera del juego político venezolano, ya sea con un retiro dorado o muertos; pero dejarlos vivos sería un grandísimo error, porque solo tomarían más credibilidad dentro de su círculo criminal y, como resultado, más poder, por lo cual el arresto de Maduro no habría logrado ningún cambio y menos una transición hacia la democracia.

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