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Por José Manuel González Rubines
Salamanca.- Nicolás Maduro ha sido una de las peores caricaturas de dictador que ha producido Hispanoamérica. Empobreció a un país riquísimo y condenó a millones de venezolanos a la represión, la pobreza y el exilio. Que hoy esté fuera del poder es una buena noticia.
Que su salida se haya producido mediante una operación militar de una potencia extranjera no lo es. Refuerza la lógica de América Latina como patio trasero de Estados Unidos y sostiene una narrativa que, con los matices del caso, se asemeja a lo que China podría hacer en Taiwán o a lo que Rusia hace en Ucrania: potencias que se saltan el derecho internacional para asegurar sus llamados “espacios de influencia”.
Es posible considerar detestable a Maduro y su dictadura, y al mismo tiempo rechazar una intervención militar. Lo primero no te hace de ultraderecha tanto como lo segundo no te hace comunista. La realidad es más rica que eso.
Igualmente grave es el hecho de que el régimen que presidió Maduro hasta hace unas horas siga ahí. Donald Trump ha dejado claro que se siente más cómodo negociando con Delcy Rodríguez, una de las figuras más oscuras de la dictadura, y su pandilla de sátrapas, que con Edmundo González Urrutia, presidente electo de Venezuela, y María Corina Machado, líder de una parte de la oposición.
En este punto está claro que del dicho al hecho hay un largo trecho, y que los exabruptos de Trump, incluida su descalificación de María Corina, no implican necesariamente que la situación no pueda variar. Más con Trump, que acostumbra a decir Diego donde dijo digo.
También resulta evidente al escuchar a Donald Trump que la intervención estadounidense en Venezuela obedece a un solo interés: el petróleo. Si el desenlace conduce a la democracia, bien; si no, también. No se le puede acusar de hipocresía, ha sido explícito tanto en su objetivo como en su desinterés por el resultado de unas elecciones que Maduro robó.
Los próximos días despejarán parte de la bruma. Por ahora, hay algunos hechos claros:
Maduro ya no está en el poder y, con toda probabilidad, será juzgado en Estados Unidos.
Su camarilla de sátrapas lo entregó y, con él, entregó al país a una intervención militar extranjera y a una “transición tutelada” por Washington (curioso final para quienes se proclamaban ferozmente antiimperialistas).
Edmundo González Urrutia y María Corina Machado tienen la legitimidad que les otorgó el pueblo venezolano en las urnas. Esa es su principal carta de negociación.
El sistema internacional, de cuya vulneración se habla ahora con la intervención militar, falló a los venezolanos al ser incapaz de impedir que Maduro se robara las elecciones de la forma chapucera en que lo hizo. Fallaron también los gobiernos de la región. Aquellos polvos han traído estos lodos.
Por último, lo más importante: los pueblos sometidos a dictaduras deben dejar de esperar que las soluciones vengan de fuera. La libertad que alguien te concede no es verdadera libertad; es, en el mejor de los casos, la libertad que otro decide que tengas.