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Madres cubanas: entre el pánico y el derrumbe final

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Cuando una tiranía entra en su fase terminal, ya no gobierna: manotea. Actúa por reflejo, por miedo, por instinto de supervivencia. Y en ese espasmo final, las primeras víctimas no son los discursos ni las consignas: son las madres.

Hoy, en Cuba, las madres viven en estado de angustia permanente. No es una metáfora ni un recurso literario. Es una realidad cotidiana que se respira en los barrios, en las escuelas, en las casas apagadas durante más de veinte horas seguidas.

La dictadura, acorralada y sin legitimidad, ha comenzado a movilizar a jóvenes y a niños casi adolescentes desde las escuelas, arrastrándolos a actos, campañas y concentraciones políticas sin consentimiento de los padres. Ese solo hecho basta para entender la magnitud del derrumbe moral del régimen.

He hablado con madres cubanas en las últimas horas. No hablan de política: lloran. Lloran porque no saben a dónde llevan a sus hijos. Porque no confían. Porque el miedo ya no es abstracto, sino físico, visceral. El terror les recorre el cuerpo como una descarga eléctrica. Se ahogan en preguntas sin respuesta. Se ahogan en un desespero que el poder jamás podrá controlar.
La dictadura ha cruzado una línea peligrosa: ha puesto a las madres contra el sistema. Y cuando una madre pierde la confianza, no hay aparato represivo que la reconquiste.

Una resistencia inútil y agónica

A la angustia por los hijos se suma el abandono total. Apagones interminables, alimentos inexistentes, hospitales colapsados, salarios simbólicos, pensiones humillantes. Todo falla. Nada funciona. Nada se produce. El país entero yace paralizado, inmóvil por el cansancio, no por la obediencia. Lo que queda es una resistencia agónica, inútil, sostenida solo por el miedo y nadie cree ya en ella, nadie la apoya, nadie la defiende desde el alma.

Estamos ante un Estado fallido, sostenido por consignas vacías que intentan invocar un patriotismo que ellos mismos destruyeron. El resultado ha sido el contrario al que soñaron: nunca antes tantos cubanos habían pensado abiertamente en la anexión a Estados Unidos como posible salida. No por romanticismo ni por sumisión, sino por agotamiento histórico. Cuando una ideología destruye no solo la economía de un país, sino su moral, su esperanza y su sentido de pertenencia, empuja a la nación a buscar auxilio fuera de sí misma.

Eso es lo que ha hecho el comunismo en Cuba: no solo arruinó el país materialmente, destruyó la cubanía, quebró el pacto emocional entre la nación y sus hijos. Hoy, muchas madres ya no piensan en consignas ni en soberanías abstractas; piensan en salvar a sus hijos, cueste lo que cueste, incluso renunciando a una independencia vaciada de contenido.

La certeza del final cercano

El pueblo cubano espera. Espera entre el miedo y la esperanza. Espera sin saber el día ni la hora, pero con la certeza íntima de que esto no puede sostenerse más. Espera que alguien diga basta. Espera que la historia haga justicia. Espera, incluso, que Dios intervenga y arranque este cáncer de nuestra patria y de nuestra memoria.

¿Y qué esperan los jerarcas del Partido Comunista? No esperan al pueblo. Esperan salvarse. Esperan negociar su salida, proteger sus privilegios, borrar responsabilidades. Saben que el final se aproxima. Lo sienten. Por eso apresuran movilizaciones, endurecen gestos, fuerzan lealtades infantiles. Es el lenguaje clásico de los regímenes en caída: más control cuando ya no hay control.
Pero hay algo que no pueden apagar ni reprimir: el grito silencioso de las madres. Ese grito es el verdadero termómetro del fin. Y hoy, Cuba está llena de ese grito contenido, tembloroso, decidido.
Ha llegado el fin. No como consigna, sino como realidad histórica.

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