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Por Joel Fonte
La Habana.- Miles de cubanos han muerto durante décadas, y siguen muriendo, ya no para sostener una ideología enferma, sino para satisfacer la corrupción y los caprichos de unos ególatras…
Era un adolescente. Tenía apenas unos 10 o 12 años -la misma edad que ahora mi hijo más pequeño- y recuerdo los gritos de dolor de una madre, de una esposa, de los familiares de un hombre joven que había sido mi vecino.
Los secuaces de la dictadura habian organizado un funeral en aquella casa rural: en un camión trajeron muebles, una grabadora rusa para reproducir el himno nacional, y la foto en un marco de madera poco lustrada evocaba el cuerpo ausente de ‘un hijo de la revolución caído en Angola, por la gloria del socialismo…’.
¿Qué sabían aquellas mujeres humildes, ajenas a las manipulaciones del Poder, de gloria y de socialismo…?
Nada.
No entendían qué había pasado.
Ellas solo querían de vuelta a aquel muchacho.
No tenían a quien exigir responsabilidades, a quien demandar por aquella muerte.
Cuando aún el eco del himno no se había apagado, todo lo que les quedó fue el olvido, y el rostro del hijo amado en el recuerdo…
A esa ‘revolucion’ dejó de serles útil su drama.
Es aquella, la misma que ahora reclama dólares. Los mismos dólares que Castro maldijo mil veces y que combatió como enemigo.
El mismo régimen que con actos concretos ha impugnado los presupuestos de su cacareado comunismo, de su ideología fosilizada.
Los cubanos que ya no somos niños ingenuos sabemos que historias similares se encuentran en decenas de miles de hogares en este país. Solo cambian los matices de la tragedia.
Pero los responsables, continúan siendo los mismos, es el mismo apellido maldito: Castro.
Ni uno solo de los suyos ha caído defendiendo su furia de Poder, la egolatría enferma primero de Fidel Castro y luego de su hermano heredero.
No son los hijos de los oligarcas del comunismo los que mueren; son nuestros hijos.
Digamos basta. Porque el fin de este largo camino de dolor está en nuestras manos; depende de nuestra voluntad, y nuestro sacrificio.