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La violencia que aprendimos y la paz que olvidamos

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Reflexiones sobre el hombre, el animal y el límite moral de la guerra

Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Desde los albores de la humanidad, la violencia ha acompañado al ser humano como una sombra persistente. No se trata de un accidente histórico, sino de una constante que atraviesa culturas, épocas y civilizaciones. Heráclito de Éfeso sentenció que “la guerra es el padre de todas las cosas”, sugiriendo que el conflicto no solo destruye, sino que también moldea y transforma. Sin embargo, esta afirmación, tan citada como inquietante, plantea una pregunta esencial: ¿por qué el hombre, a diferencia del animal, no ha logrado someter su agresividad a los límites de la supervivencia?

Las ciencias biológicas y sociales han intentado responder a este dilema. El etólogo Konrad Lorenz, premio Nobel, advirtió que el ser humano carece de frenos instintivos eficaces para contener la violencia. En el mundo animal, la agresión suele detenerse ante la señal de rendición: el lobo vencido expone el cuello y el combate cesa. El hombre, en cambio, puede prolongar la agresión más allá de toda necesidad vital, transformándola en crueldad deliberada, humillación y exterminio.

La psicología evolutiva aporta un matiz inquietante: la violencia humana no solo nació como defensa, sino también como instrumento para conquistar recursos, territorio y poder. Con el desarrollo del pensamiento simbólico y de la organización social, la lucha por la supervivencia se transmutó en luchas por prestigio, ideología y dominación. Steven Pinker, en Los ángeles que llevamos dentro, demuestra que, aunque la violencia ha disminuido estadísticamente en ciertos períodos modernos, su capacidad destructiva ha alcanzado niveles inéditos. Hoy, un solo error humano puede borrar la civilización en cuestión de segundos.

La crueldad es una construcción humana

Y, sin embargo, afirmar que el hombre está condenado a la guerra sería una injusticia histórica y moral. No creo —en lo absoluto— que la destrucción sea nuestro destino natural. En el origen mismo de la conciencia humana habita una fuerza opuesta: el amor. Dios no sembró en nosotros la violencia como premisa, sino la capacidad de compasión, sacrificio y solidaridad. La historia no es solo una crónica de guerras; también es el relato silencioso de quienes curaron heridas, protegieron al débil y se opusieron al odio aun a costa de su propia vida.

El recorrido histórico es elocuente: desde los enfrentamientos primitivos con piedras y lanzas, pasando por las guerras de las grandes civilizaciones antiguas, hasta las conflagraciones mundiales del siglo XX y la amenaza nuclear del XXI. Nunca antes la humanidad había tenido tanto poder para destruirlo todo, ni tan poco control moral sobre ese poder.

Aquí el contraste con el mundo animal resulta revelador. El animal mata por instinto, nunca por placer ni por ideología. El león que caza a la cebra lo hace por hambre; saciado, se detiene. No hay ensañamiento, ni cálculo, ni sadismo. Como señaló Erich Fromm en Anatomía de la destructividad humana, la crueldad no es instintiva, sino una construcción específicamente humana, ligada a la imaginación, al deseo de dominio y a la perversión del poder.

La paz no se puede mantener por la fuerza

Esta es la gran paradoja: el mismo ser que creó la poesía, la música y la ciencia fue capaz de Auschwitz, Hiroshima y el Gulag. Mientras los animales conviven dentro del equilibrio natural, el hombre ha desarrollado sistemas y armas para destruir no solo a su enemigo, sino al planeta que lo sostiene.

El desafío que enfrentamos es, en esencia, civilizatorio. ¿Podrá el ser humano aprender de los animales, no para renunciar a la razón, sino para reintroducir límites morales a su violencia? ¿O seguirá atrapado en la ambición, el odio y la lógica de la fuerza? La paz —siempre frágil y esquiva— no parece depender de la acumulación de poder, sino de la capacidad de comprender y compartir.

Albert Einstein, testigo de los horrores del siglo XX, lo expresó con claridad meridiana: “La paz no se puede mantener por la fuerza; solo puede lograrse mediante la comprensión.”

La paz no es un estado natural del hombre; es una conquista cultural, ética y espiritual que exige aprendizaje constante. Pero aun así, hay esperanza. Si el hombre fue capaz de levantar muros de odio, también puede derribarlos. Si inventó armas, puede inventar gestos de fraternidad. Quizás algún día la humanidad escuche con mayor nitidez la voz de Dios que sembró en nosotros el amor como principio originario, y entonces la paz dejará de ser un misterio para convertirse en herencia.

Tal vez ese sea el día en que aprendamos, por fin, a no ser dueños del mundo, sino hermanos en él.

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