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(Tomado de Datos Históricos)
Dicen que incluso el más feroz de los hombres guarda un rincón secreto para la compasión. Gengis Kan, señor de las estepas, lo demostró una vez… y solo una vez.
Börte, su primera esposa, fue arrebatada en la oscuridad, llevada como presa a los dominios de un jefe enemigo. El Kan no esperó. Convocó a sus guerreros, y como una tormenta que desgarra el horizonte, cayó sobre los culpables.
El acero habló por él, y Börte volvió a su lado.
Pero la historia no acabó allí. Tiempo después, la mujer dio a luz a Jochi.
Los murmullos eran dagas invisibles: aquel niño no llevaba la sangre del conquistador, sino la de otro hombre. Gengis lo sabía. Pudo dejar que el destino se encargara de borrarlo… pero lo alzó en sus brazos y lo reclamó como suyo.
El muchacho creció bajo su sombra, protegido por el mismo brazo que había destruido imperios. Hasta que las intrigas de la herencia lo apartaron del trono que nunca llegó a tocar.
En los relatos de los ancianos, se repite la comparación: el león mata a los hijos ajenos para sellar su dominio. Pero Gengis Kan no lo hizo. Tal vez porque en las noches sin luna, mientras escuchaba el viento de la estepa, sabía que un verdadero señor no siempre conquista… a veces, elige proteger.