
LA LIBERTAD DE CUBA NO PUEDE DEPENDER DE MARCO RUBIO
Por Oscar Durán
La Habana.- La derrota republicana en las elecciones de medio término ha provocado un terremoto político en Washington. Entre los nombres que empiezan a moverse dentro de la administración de Donald Trump aparece Marco Rubio, secretario de Estado y uno de los políticos estadounidenses que más ha insistido en la necesidad de acabar con la dictadura castrista.
Según informaciones publicadas este jueves, Rubio estaría valorando abandonar su cargo para preparar una eventual candidatura presidencial en 2028. La Casa Blanca y el Departamento de Estado han desmentido esas versiones. Ahora bien, si finalmente decide marcharse, sería un movimiento que merece toda nuestra atención, especialmente cuando hablamos del futuro de Cuba.
En La Habana deben estar siguiendo cada movimiento de Washington con una sonrisa de oreja a oreja. No sería extraño que en los pasillos del Palacio de la Revolución algunos estén celebrando la posibilidad de perder a uno de sus adversarios políticos más incómodos dentro del Gobierno estadounidense.
Para la cúpula castrista, Rubio representa una amenaza política considerable. No solamente por sus declaraciones contra el régimen, sino por su conocimiento de la realidad cubana y sus vínculos con una comunidad del exilio que lleva décadas reclamando libertad para su país. Si desaparece de la primera línea de la política exterior estadounidense, los generales de verde olivo podrían interpretar el escenario a su favor.
Ahora bien, hay algo que debemos tener muy claro. La libertad de Cuba no puede depender de que Marco Rubio conserve una oficina en Washington. Resulta peligroso depositar todas nuestras esperanzas en un funcionario extranjero, por importante que sea su posición. Cuba necesita una política estadounidense coherente, firme y sostenida, independientemente de quién ocupe la Secretaría de Estado. El problema de la isla tiene nombre y apellido: una dictadura que lleva más de seis décadas reprimiendo, encarcelando y empobreciendo a su pueblo. Ningún cambio de gabinete debería convertirse en una excusa para abandonar la presión internacional contra esos sinvergüenzas.
Tampoco podemos olvidar que Rubio tiene sus propias aspiraciones políticas. Si su eventual salida responde a un proyecto presidencial para 2028, estaríamos hablando de una decisión personal y estratégica, no necesariamente de un abandono de la causa cubana.
La política estadounidense funciona a partir de intereses, alianzas y cálculos electorales. Sería ingenuo pensar que todos los movimientos de Washington están diseñados pensando en los millones de cubanos que desean recuperar su libertad. Nosotros debemos apoyar a quienes defienden la democracia y denuncian los atropellos del castrismo, sin convertir a ningún político en salvador de una nación que necesita mucho más que discursos y promesas.
Lo que debe preocuparnos no es solamente la posible salida de Rubio, sino la capacidad que tenga Estados Unidos para mantener una estrategia seria frente a La Habana. Los Castro y sus herederos políticos han sobrevivido demasiado tiempo aprovechándose de las divisiones, las indecisiones y los errores de sus adversarios. No podemos regalarles otra oportunidad.
El día que Cuba sea libre no llegará por la renuncia de un secretario de Estado ni por una victoria electoral republicana. Llegará cuando la dictadura pierda definitivamente el control de un pueblo que merece vivir sin miedo, sin presos políticos y sin tener que abandonar su tierra para alcanzar la dignidad.
Rubio puede marcharse de Washington. La causa cubana no puede marcharse de la agenda internacional.



















