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La Letra del Año y las malas profecías para los viejos del castrismo

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Por Bruno McKenzie Alpízar 

La Habana.- Como siempre, los editores me pidieron que escribiera la Letra del Año de El Vigía de Cuba. Una forma de darle una luz diferente, dicen, a lo que hace la Asociación Yoruba de la isla, que la mayoría de las veces, como es normal y comprensible y humano y triste, le pasa la mano al régimen con el coco sagrado y un par de collares de cuentas verdes y blancas.

Dijeron que sí, que escribiera lo que viera, que aquí se publica todo, que no tenemos censura, pero que, oye, no te pases, que esto es periodismo. Y yo les dije: veremos.

Cuando consulté el oráculo, me eché las cartas, leí el tabaco, miré el agua de la jícara, lo que fuera, todo lo que vi fue luz. O claridad. O un apagón que de pronto se va y te deja ciego. Vi que mueren Raúl Castro y todos los viejos seniles que se esconden detrás del poder, los que están y los que creíamos muertos pero no: Raúl, Machado Ventura, Ramiro Valdés, Guillermo García, Esteban Lazo. Y varios generales, incluyendo alguno no tan anciano, como Lázaro Alberto Álvarez Casas, el ministro del Interior, que se muere del susto de ver morir a tanta gente junta. Una primavera funeraria en el Comité Central.y sus alrededores.

Luego el oráculo, que tiene un sentido del humor de camarero de bar a las tres de la mañana, me dijo que el castrismo llegaba a su fin. Pero no con un estallido, sino con un gemido. Y un golpe de Estado. O algo así. Que a Díaz-Canel le fueron a hacer lo mismo que a Nicolás Maduro, un operativo limpio, pero que un guardia de seguridad, un tipo que llevaba veinte años esperando para cobrar una hora extra, se encargó de ultimarlo por su cuenta, con la furia del que ha visto cómo su hijo se iba en una balsa.

Y que Marrero, el premier, murió de diarreas al saber que el portaviones que la marina de EEUU movió al norte de La Habana lo tenía en sus planes. No en los planes del régimen, no: en sus planes personales. Una diarrea fulminante, de las que no aguanta ni el Sistema de Salud gratuito.

La caída de Maduro en Venezuela, me susurraron los caracoles, aceleró el cambio en Cuba de manera fulminante. Como cuando te quitas una tirita de un solo tirón. Desde Washington se dieron cuenta, por fin, de que aquello de la invencibilidad de las tropas cubanas era una falacia total: 32 agentes castristas murieron en Caracas sin lastimar a un solo Delta cuando la captura del ‘hablador’ de Maduro. Y ahí se acabó el mito.

Trump y Marco Rubio, sobre todo este último, que lleva soñando con esto desde que tenía acné, lo vieron claro: a por Cuba, se dijeron, porque sabían que era el momento. Trump porque le gustan los finales de película y Rubio porque al fin podría dejar de hablar de Cuba y hablar de otra cosa, quizá del tiempo en Miami, que siempre es bueno. Todavía hay incertidumbre con lo que pasará en Caracas, pero lo que está claro es que el chavismo va a dejar el poder, so pena de recibir otras bombas sobre sitios importantes para el régimen, como la sede de Telesur o la heladería donde a Chávez le gustaba tomar batido.

Y en Cuba no hay que lanzar tantas. Con muchas menos se resuelve todo. La gente está cansada. Incluso no es fácil detener al Cangrejo, que sabe que no puede ir más a Panamá, ni a México, ni a ningún lado, porque lo tienen en el punto de mira. El Cangrejo corriendo de un lado a otro, lateralmente, como los cangrejos, que es la única forma en que pueden correr.

Nada, que ahora sí soy optimista con el tema Cuba y el fin del castrismo. Lo digo en serio. O lo dice el oráculo, que es lo mismo. Llegó la hora. O al menos, en la niebla de las profecías y el humo del tabaco, he visto la hora. Y no es la hora de la leche, ni la del pan, que nunca llega. Es otra hora. Una hora que no tiene número en el reloj de ningun palza. Una hora en la que, quizá, podamos volver a hablar de todo esto sin que suene a conjuro o a discurso de autocomplacencia. O a broma de mal gusto. O a letra del año.

Llegó la hora, repito, mientras me como un sandwich con un jamón que sabe raro, tal vez a cucarachas, en uno de esos sitios de Centro Habana que ahora llaman mipymes. Acá, por cierto, el oráculo es el wifi y la conexión, que se corta cada dos por tres. Pero llega, para mandar estas líneas al editor.

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