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Por Luis Alberto Ramírez
Miami.- La reciente orden del presidente Donald Trump de impedir la entrada y salida de barcos vinculados a países y entidades sancionadas desde y hacia Venezuela ha encendido todas las alarmas en La Habana. La medida no solo apunta al régimen de Nicolás Maduro, sino que golpea directamente a sus socios estratégicos, entre ellos el conglomerado militar cubano GAESA, verdadero pulmón económico del castrismo.
El resultado es evidente: prácticamente todos los buques de bandera cubana y de cabotaje permanecen refugiados en puertos cubanos o dentro de sus aguas territoriales, sin atreverse a poner proa hacia Venezuela por temor a ser detenidos o incautados. El riesgo es demasiado alto. Washington ha dejado claro que cualquier embarcación vinculada a estructuras sancionadas puede convertirse en objetivo inmediato.
Solo dos barcos rompen ese inmovilismo: el Ocean Mariner y el gasero Eugenia Gas, ambos cargando gas licuado de petróleo en el complejo petroquímico de Pajaritos, en México. La razón es simple: pertenecen a la estatal mexicana PEMEX, lo que los coloca fuera del alcance directo de las sanciones estadounidenses.
Desde ese mismo puerto, buques cubanos han estado cargando crudo mexicano con destino a la Isla. Es, hoy por hoy, la única vía que le queda al régimen cubano para sostener mínimamente su colapsado sistema energético, una supervivencia que depende en gran medida de la voluntad política del gobierno mexicano encabezado por Claudia Sheinbaum.
El régimen cubano controla, a través de Cubametales, una flota compuesta por los buques Alicia, Delsa, Esperanza, Gloria C, Lourdes, LPG Emilia, María Cristina, Pastorita, Petion, Sandino y Vilma. Todos ellos deberán abstenerse de entrar en puertos venezolanos si no quieren correr la misma suerte que otros barcos ya marcados por Washington.
Cubametales está bajo sanciones del Departamento del Tesoro de Estados Unidos desde 2019 por su “apoyo al régimen ilegítimo” de Nicolás Maduro. Además, Estados Unidos incluyó en su lista negra a los buques Carlota C, Sandino, Petion y Esperanza, así como al Giralt, un tanquero de crudo que durante años operó entre Venezuela y Cuba.
El mensaje es claro: cualquiera de estas embarcaciones puede ser incautada si viola las restricciones impuestas. La situación para el castrismo se vuelve cada vez más asfixiante. Sin petróleo venezolano, con una flota paralizada por el miedo y dependiendo de rutas indirectas y favores políticos externos, la fragilidad del modelo cubano queda al desnudo.
Como diría el refrán popular, la cosa se les está poniendo de color hormiga: aún el fuego no ha llegado, está a la vuelta de la esquina, pero el castrismo ya está en candela. Y esta vez, no parece haber muchos puertos seguros donde esconderse.