La hipocresía de Granma: resistencia para el Gobierno, sacrificio para el pueblo

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Hoy nos ha dado por leer Granma. No porque esperemos encontrar allí una autocrítica, una duda razonable o una pregunta incómoda. Lo hemos leído para ver por dónde van los comunistas y cómo piensan explicar el desastre cotidiano que vive Cuba.

La respuesta parece clara: resistencia.

Granma habla de una “resistencia heroica”, de un “cerco energético”, del bloqueo y de un pueblo que sigue creando, cantando y trabajando aunque pase veinte horas al día sin electricidad. El problema es que esa resistencia siempre tiene un destinatario muy concreto: el pueblo.

El Gobierno resiste desde oficinas con aire acondicionado, carros, combustible garantizado y acceso preferente a todo lo que escasea. El ciudadano común resiste en una cola, frente a una hornilla apagada, buscando agua, comida o una medicina.

La palabra es la misma. La experiencia, desde luego, no.

El viejo cuento de los pulgares y los índices

Desde los años ochenta circulaba por Cuba un cuento popular sobre Fidel Castro. La escena resumía, con humor, una verdad política que muchos cubanos entendían perfectamente.

Cuando Fidel prometía carros, combustible, viajes y prosperidad, apuntaba hacia atrás con los pulgares: hacia los suyos, hacia los dirigentes, hacia quienes estaban detrás de él.

Pero cuando llegaba el momento de decir que había que sacrificarse, extendía los índices hacia delante, hacia el pueblo.

Esa era la clave del chiste. La abundancia parecía destinada a los de atrás. El sacrificio, en cambio, siempre apuntaba hacia la multitud.

Han pasado décadas y el gesto sigue describiendo bastante bien la relación entre el poder cubano y la ciudadanía. Los dirigentes anuncian resistencia. El pueblo pone la electricidad, la comida, el descanso, la salud y los años de vida.

¿De qué bloqueo hablan?

El embargo estadounidense existe y sus consecuencias deben analizarse con seriedad. Pero Granma lo convierte en una explicación total. Todo termina allí: el apagón, la falta de medicinas, el transporte, los alimentos, la inflación, la baja producción y la incapacidad del Estado para organizar su propia economía.

En un artículo reciente, el periódico reconoce apagones de veinte horas o más y presenta la situación como parte de una “resistencia heroica”. Granma describe aquí esa realidad.

Pero ¿de qué bloqueo hablan cuando un guajiro no puede disponer libremente de una vaca criada en su propia finca? ¿Cuando producir leche, venderla o transformarla en queso y yogur se convierte en un laberinto de permisos, controles y prohibiciones?

No hace falta negar el impacto de las sanciones para señalar la responsabilidad interna. Un país puede sufrir presiones externas y, al mismo tiempo, aplicar políticas absurdas que empeoran su propia situación.

Una cosa no borra la otra.

Los apagones no aparecieron de repente

Granma describe las termoeléctricas como gigantes enfermos sostenidos por trabajadores heroicos. La imagen resulta literaria, pero evita una pregunta fundamental: ¿por qué llegaron a ese estado?

La crisis eléctrica no apareció de la noche a la mañana. Es también el resultado de décadas de falta de inversión, mantenimiento insuficiente, improvisación, dependencia energética, opacidad administrativa y ausencia de reformas profundas.

El propio discurso oficial admite que más de 1.400 megavatios permanecen inactivos y que la falta de combustible afecta el sistema energético. El diario ofrece esos datos en otro artículo.

Por supuesto que la falta de combustible agrava el problema. Pero una infraestructura no se destruye únicamente por una medida externa. También se deteriora cuando un Gobierno administra mal, oculta información y mantiene intactas las estructuras que han demostrado su fracaso.

Después llega el apagón y la explicación ya está preparada: bloqueo, cerco, agresión y resistencia.

La resistencia como excusa

La palabra “resistencia” tiene una enorme carga emocional en la propaganda oficial. Permite convertir la precariedad en virtud y la obediencia en patriotismo.

El ciudadano que protesta es presentado como débil, confundido o manipulado. El que emigra es descrito como alguien que abandona. El que pregunta demasiado puede terminar acusado de hacerle el juego al enemigo.

Mientras tanto, quienes gobiernan no tienen que demostrar que sus políticas funcionan. Basta con afirmar que todo sería peor si ellos no estuvieran allí.

Manuel Marrero Cruz lo dijo claramente: el objetivo es preservar “lo esencial del socialismo cubano”. La declaración fue publicada por Granma.

Es decir, pueden cambiar algunas formas, reorganizar ministerios, anunciar transformaciones y hablar de eficiencia, pero la estructura de poder no se discute.

Fidel como estampita de legitimidad

En medio de esta crisis, Granma vuelve a Fidel. Lo presenta como visionario, guía, símbolo y garantía moral de la Revolución. Cada aniversario sirve para desempolvar una frase y convertirla en una especie de certificado de legitimidad.

Pero Fidel ya ocupa un lugar central en la historia de Cuba, y nadie puede quitarle ese lugar. La historia, sin embargo, no convierte a un dictador en héroe ni en fuente eterna de legitimidad.

Franco ocupa un lugar en la historia de España. Hitler ocupa un lugar en la historia de Alemania. Otros dictadores también quedaron registrados por sus gobiernos, sus crímenes y el sufrimiento que provocaron. Estar en la historia no significa tener razón ni merecer obediencia.

Fidel prefirió conservar el poder y su proyecto político antes que poner las necesidades del pueblo por encima de la Revolución. Esa es también una parte de su legado, aunque Granma prefiera esconderla detrás de discursos, homenajes y fotografías.

Por eso resulta hipócrita utilizar su imagen como garantía moral del presente. Una fotografía en una tribuna no responde por las cárceles, el exilio, la censura, la pobreza ni la falta de libertades.

La memoria histórica no puede funcionar como anestesia. Fidel está en la historia de Cuba; lo que debe discutirse es cómo será recordado.

La cultura no tapa el apagón

Granma también intenta utilizar la Feria del Libro, los artistas, los médicos y los deportistas como demostración de que Cuba sigue viva. Es cierto que los cubanos crean, trabajan y se ayudan incluso en condiciones extremas.

Pero esa capacidad pertenece al pueblo. No constituye una prueba de que el sistema funcione.

Que un médico camine kilómetros para llegar a un hospital demuestra su compromiso profesional. No demuestra que el Gobierno haya garantizado medicamentos o transporte.

Que un músico cante a la luz de un candil demuestra talento y dignidad. No demuestra que sea normal vivir sin electricidad.

Que un deportista gane una medalla demuestra esfuerzo. No convierte los apagones en una victoria política.

La palabra que ya no convence

El problema de Granma no es que defienda al Gobierno. Esa es precisamente su función. El problema es que pretende presentar una tragedia social como una epopeya administrativa.

La gente no necesita que le expliquen que es resistente. Lo sabe porque lleva décadas resistiendo. Lo que necesita es electricidad, alimentos, medicinas, transporte, libertad y la posibilidad de reclamar sin miedo.

La resistencia puede servir como consigna. También puede convertirse en una forma elegante de pedirle al pueblo que soporte indefinidamente las consecuencias de decisiones que no tomó.

Por eso el discurso oficial suena cada vez más hipócrita. El Gobierno llama resistencia a lo que el ciudadano llama supervivencia. Llama bloqueo a todo lo que no quiere explicar. Y llama legado a una estructura política que, después de más de seis décadas, sigue pidiendo paciencia mientras la vida cotidiana se desmorona.

La pregunta ya no es cuánto puede resistir el pueblo cubano.

La pregunta es cuánto tiempo más piensa el poder utilizar esa resistencia para no cambiar.

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