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Si la estabilidad de una monarquía dependiera de la castidad de sus miembros, la británica habría caído varias veces antes de que existiera el té de las cinco. Porque, más allá de guerras, crisis constitucionales o colonias perdidas, pocas cosas han puesto tan en apuros a la Casa Real como lo que pasaba entre sábanas.
Y no hablamos de un desliz moderno. Esto viene de lejos. Muy lejos.
Un clásico. No solo tuvo seis esposas; convirtió su vida matrimonial en un terremoto político europeo. Su obsesión por anular su matrimonio con Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena (que fue lo suficientemente lista como para no acostarse con él hasta tener un anillo en el dedo) no fue solo un asunto sentimental. Fue una cuestión dinástica… y muy física: necesitaba un heredero varón y quería una nueva esposa. El Papa dijo que no. Enrique respondió fundando la Iglesia anglicana y rompiendo con Roma.
Resultado: reforma religiosa, persecuciones, ejecuciones (incluida Ana Bolena) y un país entero cambiando de confesión porque el rey quería rehacer su vida conyugal. No es un escándalo sexual. Es un cisma por motivos matrimoniales.
Su padre, Enrique, usaba el sexo como maza; ella lo usó como escudo. Isabel I, la «Reina Virgen», entendió que su útero era el objeto de deseo de media Europa (Felipe II incluido). ¿Era virgen? Probablemente no. Su relación con Robert Dudley fue el secreto a voces más grande del siglo XVI.
La genialidad: Al negarse a casarse (y por tanto a someterse sexualmente a un hombre), mantuvo su poder absoluto. Vendió la imagen de «madre de la nación» mientras coqueteaba con favoritos en los pasillos de palacio. Un masterclass en control de daños y marca personal.
Con los Estuardo el sexo dejó de ser un problema ocasional para convertirse en un deporte cortesano.
Carlos II, restaurador de la monarquía en 1660, tuvo una colección de amantes oficiales y al menos una docena de hijos ilegítimos reconocidos. No tenía herederos legítimos, pero bastardos… los había a patadas. Algunos recibieron títulos, poder y fortuna. La corte inglesa de la Restauración fue famosa en toda Europa por su ambiente libertino.
El rey era popular, sí, pero también convirtió la moral pública en una especie de teatro donde todos sabían lo que pasaba y nadie fingía demasiado escandalizarse.
La monarquía sobrevivió, pero la reputación… digamos que no se basaba precisamente en la sobriedad victoriana.
El siglo XIX vendió la imagen de una monarquía respetable, familiar y moralmente ejemplar. La reina Victoria y el príncipe Alberto fueron el modelo perfecto… al menos de puertas afuera. Sus diarios revelan una vida sexual muy activa (tuvieron 9 hijos, al fin y al cabo).
Pero el heredero, el futuro Eduardo VII, se encargó de recordar que la genética pesa. Era famoso por sus romances, sus visitas a burdeles parisinos y su agenda amorosa imposible. Su vida privada generó escándalos políticos y sociales constantes.
Uno de los más sonados fue el escándalo del burdel de Cleveland Street (1889), donde aparecieron nombres de la aristocracia y conexiones cercanas al entorno del príncipe. El asunto se tapó como se pudo para evitar que la suciedad salpicara directamente a la Corona.
La moral victoriana era estricta… salvo cuando amenazaba a los de arriba.
En 1936, el sexo y el matrimonio provocaron una crisis constitucional de las de verdad. Eduardo VIII quiso casarse con Wallis Simpson, estadounidense y divorciada dos veces. Para el Gobierno, la Iglesia anglicana y medio Imperio británico, aquello era inaceptable: el rey era jefe de la Iglesia, y la Iglesia no veía con buenos ojos ese matrimonio. Eduardo eligió a Wallis.
Resultado: abdicación, hermano nuevo en el trono (Jorge VI) y un precedente histórico.
No fue un escándalo sexual en sentido morboso, pero sí la prueba de que la vida sentimental de un monarca podía hacer tambalear toda la arquitectura del Estado.-
Con la llegada del siglo XX tardío, el problema ya no era solo el sexo… era la prensa. Carlos y Diana con sus infidelidades públicas, las grabaciones íntimas filtradas, las entrevistas explosivas… todo convirtió la vida sexual de la familia real en un espectáculo global. El famoso “annus horribilis” de 1992 concentró divorcios, escándalos, incendios simbólicos y una sensación general de que la monarquía había perdido el control de su propia narrativa.
Desde entonces, la supervivencia de la Corona depende tanto de la gestión mediática como de la conducta privada.
El episodio más reciente es el del príncipe Andrés y su relación con Jeffrey Epstein. Entrevistas desastrosas, retirada de funciones oficiales, pérdida de títulos militares honoríficos y un acuerdo millonario para cerrar la demanda civil. Sin juicio penal, pero con un daño reputacional enorme.
Aquí el problema ya no es solo moral. Es institucional: en una monarquía que se legitima por imagen, servicio público y ejemplaridad, un escándalo sexual no es un cotilleo… es un riesgo sistémico.
En la monarquía británica, el sexo nunca ha sido algo privado. Ha sido la herramienta para forjar alianzas, el arma para destruir reputaciones y, en última instancia, la prueba de que, por mucha sangre azul que corra por sus venas, el impulso es tan plebeyo como el de cualquiera de nosotros. (Tomado de Historias de la Historia)