Enter your email address below and subscribe to our newsletter

El último intento de no olvidar la vida

Comparte esta noticia

Por Datos Históricos

La Habana.- En la Inglaterra victoriana, la vida tenía un filo demasiado afilado.

La esperanza de vida era breve, frágil, siempre amenazada por enfermedades que hoy consideramos menores, pero que entonces eran sentencias. Y la fotografía —ese instante inmortal atrapado en un papel— era un lujo al que casi nadie podía acceder.

Por eso, cuando un niño moría, algo profundamente humano ocurría en aquellas casas silenciosas.

Las familias los vestían con sus mejores ropas, peinaban su cabello con cuidado absoluto y los acomodaban frente a la cámara, como si simplemente estuvieran dormidos.

Era su primer retrato.

Y también el último.

El fotógrafo trabajaba despacio, con precisión casi ritual.

No era un acto macabro: era el único modo de conservar un rostro que ya se estaba desvaneciendo.

El único recuerdo que los padres podían guardar de una vida demasiado corta para ser narrada.

Hoy, esas imágenes estremecen por su realismo.

Pero para quienes las tomaron, no eran rarezas históricas ni curiosidades morbosas: eran una forma de amor desesperado, de aferrarse a la memoria antes de que el tiempo lo borrara todo.

En un mundo donde la infancia era tan breve como una flor de invierno, la fotografía post mórtem no era una obsesión con la muerte.

Era, en realidad, un último intento de no olvidar la vida.

Deja un comentario