Enter your email address below and subscribe to our newsletter

El precio de la duda o cuando el discurso oficial entrena para no pensar

Comparte esta noticia

Por Eduardo Díaz Delgado ()

Madrid.- El martes, en el noticiero, en el segmento de Comentario Internacional de Canal Caribe, volvió a aparecer el ya tristemente célebre Jorge Legañoa hablando sobre Venezuela. A primera vista, uno pensaría que no vale la pena perder tiempo: propaganda gastada, frases huecas, ruido. Error.

Porque hay discursos que no buscan convencer, sino entrenar. No dicen nada nuevo, pero enseñan cómo pensar. Y cuando se emiten desde un noticiero, con gesto solemne y tono de verdad oficial, no son opinión: son instrucciones.

Hace pocos días estaba viendo un documental sobre el final de la Unión Soviética. No sobre tanques ni sobre colas, sino sobre el momento exacto en que el sistema empezó a resquebrajarse. Y no fue una reforma económica. No fue el precio del petróleo. Fue algo mucho más simple y, para los sistemas cerrados, mucho más peligroso: la glasnost.

La gente empezó a hablar. A pensar en voz alta. A criticar sin que eso implicara cárcel o desaparición. Y en ese instante, el edificio entero empezó a crujir. No porque la crítica lo destruyera, sino porque reveló que la base ya estaba podrida.

Da igual cuántos ajustes se intenten después. Si un sistema no permite la crítica, no puede corregirse. No puede mutar. No puede adaptarse a la realidad ni a las necesidades de la gente. Y cuando la realidad cambia —siempre cambia—, el sistema no se reforma: implosiona.

Por eso, cuando Legañoa habla, no hay que escuchar solo lo que dice, sino lo que prohíbe.

La trinchera en el pensamiento

El comentario arranca con una premisa cómoda: Estados Unidos miente, manipula, fabrica narrativas. Cierto. Pero acto seguido da el salto tramposo: si EE. UU. miente, entonces el relato del Estado cubano queda validado por descarte. Pensamiento binario de trinchera. Como si el mundo solo ofreciera dos opciones: creerle al imperio o creerle al noticiero. Dos aparatos de poder pueden mentir al mismo tiempo. Uno con portaaviones. El otro con cámaras… y apagones.

Cuando se burla del llamado “cártel de los soles” porque “no es un grupo real”, no desmonta nada: juega con el lenguaje. Nadie serio habla de estatutos y logotipos; se habla de connivencia estructural del poder político-militar con el narcotráfico. Negarlo por falta de membrete es como negar la corrupción porque no tiene oficina.

Luego aparece el pánico con la etiqueta “Estado fallido”. No se discuten indicadores, no se miran hospitales, inflación, apagones ni aeropuertos llenos de despedidas. “Estado fallido” se traduce automáticamente como invasión, bombas, anexionismo. Terror. Pero “Estado fallido” no es una amenaza bélica: es un diagnóstico técnico. Un Estado que no garantiza servicios básicos, seguridad jurídica ni expectativas de vida dignas no necesita marines para quedar en evidencia. Se delata solo.

La propaganda convierte ese diagnóstico en miedo porque, si no lo hiciera, tendría que explicar por qué el país está así después de 65 años de control absoluto.

Para sostener el miedo, aparece el fantasma de la “intervención humanitaria”. Nadie está hablando de bombardear Cuba, pero el guion necesita ese espantajo para cancelar el debate: si criticas, empujas a la guerra; si dudas, ayudas al exterminio. La crítica se convierte en pecado capital.

Y entonces, como siempre, sacan a José Martí del estante. La unidad “en cuadro apretado” no para defender la dignidad del ciudadano, sino para exigir silencio. Martí ya no como conciencia, sino como mordaza patriótica.

El miedo para disuadir

Aquí el relato vuelve a cruzarse con la historia que vi en aquel documental. La URSS no cayó porque la gente hablara. Cayó porque solo podía sobrevivir si la gente no hablaba. Cuando hablar dejó de ser delito, quedó claro que el sistema no tenía cómo corregirse sin desaparecer. Un sistema que necesita apagar la crítica para vivir ya está muerto; solo no lo sabe.

Por eso el miedo se vuelve central. “Las bombas no tienen nombres ni apellidos”, repiten. La idea de que cualquier confrontación mataría indiscriminadamente sirve para inmovilizar. Pero la realidad vuelve a estropear el guion.

El ataque fue quirúrgico. Las cifras iniciales hablan de unos 40 muertos, cifra que el chavismo intenta estirar con ansiedad. ¿La razón? No hay civiles muertos. Todos son militares. Y entre ellos, mercenarios cubanos.

No hay barrios arrasados. No hay niños bajo escombros. Ni hay el apocalipsis que el noticiero necesita.

Aun así, insisten en hablar de guerra total. Porque aceptar la precisión del golpe desmonta la pedagogía del terror. El miedo no se usa para proteger vidas, sino para disuadir la duda. Calla. No compares. No pienses. Podría ser peor.

¿Dudar?

Y ahí llegamos al núcleo del acertijo.

Todo desemboca en la frase final: “dudar es traición”.

Esa frase no es un exceso. Es una confesión. Donde dudar es traicionar, pensar es delito y criticar es sabotaje. Eso no es defensa de la patria; es conducta fascista. Toda ideología que criminaliza la duda necesita súbditos, no ciudadanos. La duda es una conquista humana: separa al creyente del fanático, al ciudadano del rehén. Por eso los sistemas cerrados la odian.

Hoy te piden no dudar por la patria. Mañana, no dudar por la estabilidad. Después, no dudar porque “no es el momento”.

Y cuando quieras darte cuenta, ya no sabes qué principio defiendes, solo a quién obedeces.

El comentario del noticiero no desmonta a Estados Unidos. Evita desmontar al Estado cubano. No defiende la paz; administra el miedo. No protege al pueblo; lo convoca a resistir para que otros sigan mandando sin rendir cuentas.

La URSS no cayó cuando la gente dudó. Cayó cuando ya no pudieron impedirle dudar.

Ese es el acertijo. Y esa es la razón por la que la duda sigue siendo, hoy como ayer, lo único verdaderamente peligroso. Para ellos.

Deja un comentario