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El oficio del traidor: una sombra que recorre la historia

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Pocas figuras son tan persistentes, tan universales y tan corrosivas como el traidor. Desde los albores de la civilización hasta nuestro presente inmediato, ha caminado entre los suyos con rostro familiar y lealtad vendida.

No es un accidente de la historia: es uno de sus motores más oscuros. No hay conquista, tiranía ni sistema de opresión que no lleve su huella. El traidor no siempre empuña un arma; a veces basta una palabra, una firma, una omisión calculada. Es el eslabón imprescindible entre el poder opresor y la derrota moral de los pueblos.

La traición no es un error ocasional: es una constante estructural. Allí donde una potencia domina, alguien desde dentro abre la puerta. Esa figura recurrente —que vive entre los suyos pero piensa para el enemigo— resulta decisiva para consumar las tragedias colectivas. Entrega información, pacta en la sombra, vigila para otros. Su nombre cambia según la época; su esencia permanece. No es solo un individuo aislado: con frecuencia es una clase, una élite, un aparato entero puesto al servicio de la sumisión.

Durante los siglos iniciales de la expansión europea hacia África, cuando los barcos negreros comenzaron a cruzar el Atlántico, el crimen atroz de la trata humana no fue exclusivamente europeo. Fue un crimen compartido. Jefes tribales, reyes locales y señores de la guerra vendieron a los suyos —o a pueblos rivales— a cambio de armas, poder o mercancías miserables.

En el antiguo Dahomey, en la Costa de Oro, en regiones que hoy pertenecen a Nigeria y Ghana, muchos líderes no solo consintieron, sino que organizaron auténticas cacerías humanas para satisfacer la demanda extranjera. Sin esa complicidad interna, la magnitud del tráfico esclavista habría sido muy distinta. El verdugo venía de Europa; el cazador, muchas veces, era africano.

Historia de traiciones

El mundo antiguo ya conocía bien este patrón. En Grecia, durante las guerras médicas, Efialtes reveló a los persas el sendero que permitió rodear a los espartanos en las Termópilas. En Roma, el imperio no se expandió únicamente por la fuerza de sus legiones: avanzó comprando lealtades, coronando traidores y premiando a quienes entregaban a su propio pueblo. También en Hispania, Judea o el norte de África, siempre hubo un notable dispuesto a cambiar dignidad por una toga, tierras o privilegios.

En Asia la historia se repitió con precisión casi matemática. Las conquistas mongolas en China, Persia o la India se facilitaron gracias a señores locales que abrieron las puertas de sus ciudades. Siglos después, el Imperio británico perfeccionó ese método: su dominio del subcontinente indio fue posible gracias a maharajás, príncipes y comerciantes que vieron en el poder extranjero una vía para enriquecerse o aplastar rivales internos. El imperio descansaba sobre una red de colaboradores locales, muchos de los cuales gobernaron a su propia gente con una crueldad mayor que la del amo distante.

La conquista de América fue también una empresa compartida. Cortés no venció solo: pueblos indígenas sometidos por los mexicas se aliaron con los conquistadores para destruir Tenochtitlan. No siempre fue el oro el motor de la traición; a veces lo fueron la venganza, el miedo o la desesperación. En el Perú, el Imperio inca estaba desgarrado por la guerra civil entre Huáscar y Atahualpa cuando llegó Pizarro. Nobles resentidos o ambiciosos facilitaron la caída. Cambian los escenarios, pero la lógica es la misma: el invasor avanza cuando el traidor le despeja el camino.

Los traidores en la Cuba de hoy

Y así llegamos a nuestro tiempo. Cuba, isla marcada por el dolor de su pueblo y la voracidad de una casta gobernante, no es una excepción. La tiranía no se sostiene sola. Necesita del delator, del informante, del repetidor de consignas que sabe falsas. El poder no podría aplastar tanto sin la cooperación de quienes, por miedo o prebendas, sostienen el andamiaje del terror. Son los comités que vigilan al vecino por pensar distinto; los burócratas que aplican el castigo con celo administrativo; los intelectuales que justifican la represión con tinta cobarde; los que aplauden mientras otros padecen.

Hay traiciones aún más ruines: las organizadas. Las llamadas brigadas o bandas de respuesta rápida, mercenarios de consignas, golpean a mujeres vestidas de blanco y empujan al exilio a todo el que disiente. Son empleados del odio, asalariados de la ignominia. A ellos se suman los agentes de la Seguridad del Estado, que no solo vigilan, sino que destruyen vidas por órdenes infames, conscientes de que no administran justicia, sino represión. Cada uno —del interrogador al escuchador tras la pared— es un traidor investido de obediencia ciega y servilismo brutal.

La historia reciente de Cuba está atravesada por episodios donde la traición fue decisiva. El derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en aguas internacionales, con pilotos asesinados tras ser delatados, no pudo ejecutarse sin cómplices internos. Lo mismo ocurrió con el crimen del remolcador 13 de marzo, donde decenas de cubanos fueron hundidos en el mar por intentar huir: alguien informó, alguien guio, alguien encubrió. Más atrás aún, Fidel Castro engañó a toda una nación cuando afirmó: «No soy comunista», mientras preparaba la entrega del país a Moscú. No fue ignorancia: fue cálculo. No fue un error: fue traición a un pueblo entero.

El juicio de la historia

El traidor rara vez se reconoce como tal. Suele refugiarse en la obediencia, en la idea de causa o en la excusa del deber. Pero sabe. Siempre sabe. Sabe cuando mira a otro lado mientras se golpea al inocente. Sabe cuando firma un documento que condena al justo. Y sabe cuando se enriquece a la sombra del poder mientras el pueblo se hunde. Su complicidad no es neutra: es una elección consciente. Y esa elección ha marcado siglos de sometimiento humano.

No existe historia de opresión sin traidores. No habitan solo los libros: están aquí, ahora, entre nosotros. Tampoco llevan capa ni se ocultan necesariamente en la noche. Son rostros conocidos. A veces visten uniforme; otras, ostentan títulos académicos o sonrisas serviles. Pero siempre, sin excepción, llevan en los ojos el reflejo de su bajeza.

No basta con señalar al tirano. Es imprescindible desnudar a quienes lo sostienen. El oficio del traidor —desde África hasta América, desde Grecia hasta La Habana— es una tradición maldita que la historia tiene el deber de juzgar. Y lo hará.

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