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El ocaso del Madurismo: Ambiciones internas y un destino sellado

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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)

Houston.- La gran pregunta que hoy agita a especialistas, servicios de inteligencia y analistas políticos es directa y urgente: ¿A dónde irá Nicolás Maduro cuando llegue la hora definitiva? Algunos lo sitúan rumbo a Cuba, otros hacia Nicaragua, y no falta quien mencione Turquía como posible refugio. Sin embargo, las versiones son tan discordantes que más que respuestas, revelan la magnitud del caos que reina dentro del propio chavismo.

Lo cierto es que su avión está listo, la pista despejada… pero todo indica que Maduro no podrá abandonar el poder vivo, al menos no en la forma en que él imagina. Diosdado Cabello, su eterno rival interno, ha dejado claro que lo mantiene bajo un “seguimiento especial”. En otras palabras: lo tiene vigilado, limitado, cercado. Cabello no permitirá que el principal depositario de secretos y responsabilidades criminales huya de la escena dejando tras sí un aparato que podría derrumbarse con una sola filtración.

Mientras Maduro envía cartas a Trump, tratando de tender un puente desesperado, sus secuaces se contradicen: unos niegan esas comunicaciones para cuidar la imagen pública, otros las ocultan para no exponerse, y otros simplemente vigilan, con recelo absoluto, cada gesto del hombre que hasta hace poco llamaban “presidente”.

En la cúspide del poder crecen las asperezas, los roces y la desconfianza. El madurismo está fracturado, y esa fractura anuncia su final.

Divisiones dentro del Chavismo: Ambiciones, antagonismos y un poder sin brújula

El chavismo tardío es hoy un archipiélago de facciones enfrentadas. No queda nada del discurso unificador de Chávez. Lo que existen son clanes: el de Cabello, el de los Rodríguez, el de ciertas élites militares y el clan cubano incrustado en el aparato estatal. Todos buscan sobrevivir; ninguno está dispuesto a hundirse con Maduro.

Las tensiones se palpan:

Cabello maniobra para consolidarse como poder real.

Padrino López observa, mide y calcula dónde quedará mejor.

Los operadores cubanos presionan a Maduro para que no se mueva, temerosos de que su caída abra un vacío que afecte a La Habana.

Los mandos militares quieren negociar su futuro antes de que sea demasiado tarde.

Este es el paisaje de un poder descompuesto: ambiciones cruzadas, traiciones larvadas y una competencia feroz por el control de los últimos espacios de influencia. El madurismo ya no es un régimen cohesionado; es un conjunto de sobrevivientes peleando por la última salida.

Traiciones y temores entre individuos sin ética ni moral

Cuando un régimen se sostiene en la desconfianza, la vigilancia interna y el miedo mutuo, está condenado. Los hombres que lo integran —sin ética, sin principios, sin moral— saben perfectamente de lo que son capaces, porque se conocen entre ellos. Han vivido años entre conspiraciones, purgas silenciosas, ajustes de cuentas internos y pactos oscuros con el crimen organizado.
Por eso todos se temen:

Temen que alguno entregue información.

Temen que alguno huya primero.

Temen que alguno negocie con Estados Unidos.

Temen que alguno rompa el pacto del silencio.

Maduro, cercado, envía cartas a Trump buscando una salida personal. Pero ese gesto —ya conocido por sus rivales— solo aumenta su aislamiento. Nadie quiere caer con él, ni aparecer como cómplice de una negociación desesperada. Nadie quiere compartir el destino de quien ya huele a derrota.

Es la lógica del gangsterismo político: cuando llega la hora final, el que se queda atrás, muere.

Mi tesis: Maduro no saldrá vivo de esta crisis. Con Trump no se juega.

Maduro calcula mal. Siempre calculó mal. Cree que puede ganar tiempo, pero ya no tiene ninguno. Cree que puede escapar, pero lo vigilan demasiado. Cree que puede negociar, pero los antecedentes muestran que quien engaña a Trump paga caro.

Trump escucha. Trump espera. Pero cuando decide, cumple.

Maduro es hoy un obstáculo para todos:

Para Cabello, porque lo opaca y lo debilita.

Para los militares, porque impide una transición que los proteja.

Para Cuba, porque genera un conflicto que La Habana ya no puede sostener.

Para Estados Unidos, porque es el símbolo mismo del fraude y el crimen.

Por eso sostengo que, en esta crisis terminal, Maduro no tiene salida viva. No podrá huir. No podrá negociar. No podrá sobrevivir a la tormenta interna y externa.

Su fuga —si la intenta— será hacia un ataúd, con los pies por delante.

Porque en sistemas criminales como este, los muertos no hablan, y el silencio definitivo suele ser la garantía que buscan aquellos que más temen lo que pueda decir el caído.

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