Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Yoyo Malagón ()
Madrid.- Cuando Uli Hoeness, un tipo que lleva el orden bávaro tatuado en el alma y las cuentas cuadradas hasta en los pijamas, suelta un sermón sobre gestión, uno sabe que el FC Barcelona saldrá por la puerta de atrás, con la cabeza gacha y la cartera vacía.
Su diatriba no es nueva, pero sí especialmente certera: en cualquier país con un mínimo de decencia administrativa, un club con 1.300 millones de deuda no jugaría en Primera, estaría en el juzgado de lo mercantil, con los acreedores haciendo cola en Les Corts.
Nosotros, en cambio, hemos convertido esa miseria en un espectáculo: las ‘palancas’ no fueron ingeniería financiera, fueron el acto de un funambulista que vende el alambre para pagar la hipoteca del circo. Y el mundo nos mira, entre asombrado y escandalizado, preguntándose cómo coño seguimos en pie.
Hoeness, desde su Olimpo de rentabilidad bávara, lo llama «absurdo». Y le sobra razón. Pero se queda corto. Lo que vive el Barça no es solo una crisis, es la crónica de una decadencia anunciada, edulcorada con títulos prestados y sostenida con la fe de unos aficionados a los que ya no les queda ni la camiseta para vender.
El Bayern presume de estabilidad y control; nosotros, de haber descubierto la fórmula mágica para gastar lo que no tenemos y seguir firmando galácticos. El mérito deportivo, del que tanto alardea el alemán, aquí se mide en titulares y en la capacidad de vender el futuro para tapar los agujeros del presente. Un modelo, sí. Pero no el que nadie en su sano juicio quisiera para sí.
Mientras en Múnich las cuentas se revisan con lupa y el presupuesto es una biblia, en el Camp Nou hemos gobernado a base de ocurrencias y cheques al portador. La «buena economía» de la que presume Hoeness es aquí una utopía, un cuento de hadas que les contamos a los socios en las asambleas generales, justo después de anunciar la venta de otro 10% de nuestros ingresos por televisión para poder pagar la luz del estadio.
Es la triste paradoja: somos un gigante comercial que no puede pagar la nómina, una marca global que sobrevive a base de préstamos y de la caridad de los fondos de inversión. Y lo peor es que nos hemos acostumbrado a ello.
La advertencia de Hoeness sobre la Bundesliga es lo único que nos salva: gracias a que nuestro fútbol no es el alemán, seguimos aquí. Las «estrictas regulaciones» que paralizarían al Barça en su país son, precisamente, las que aquí nos tomamos a chirigota.
La Liga se limita a poner parches, a conceder plazos, a mirar para otro lado cuando el juguete es demasiado grande para quebrar. Porque en el fondo, todos saben que la desaparición del Barça sería un terremoto de imprevisibles consecuencias. Nos beneficiamos de una anormalidad sistémica, de un «aquí no pasa nada» que nos permite seguir jugando a ser ricos, aunque sea con dinero prestado.
Al final, el discurso de Hoeness no duele por lo que dice, sino por lo que revela: hemos dejado de ser un modelo a seguir para convertirnos en el ejemplo de lo que no se debe hacer. Donde ellos ven deuda, nosotros vemos oportunidades; donde ellos ven riesgo, nosotros vemos genialidad. Es el triste reflejo de una institución que confundió la grandeza con el despilfarro, y que ahora se aferra a cualquier resquicio legal –o ilegal– para no caer en el abismo. El milagro no es deportivo, es contable. Y el único partido que estamos ganando es al sentido común.
Pero que nadie se lleve a engaño: esta farsa no puede durar eternamente. Las palancas tienen un límite, la paciencia de los bancos también, y la fe de la afición, aunque infinita, no paga facturas.
Hoeness puede sonar prepotente, pero desde su atalaya de eficiencia nos ha soltado una verdad como un templo: o rectificamos, o el día que las cuentas se ajusten a la realidad, no nos salvará ni el mejor triplete. El Barça se juega su futuro en una liga que no es la española, sino la de la credibilidad. Y de momento, vamos perdiendo por goleada.